SIGNIFICADO Y ACTUALIDAD DEL I CENTENARIO COMO ORDEN RELIGIOSA DE LOS AGUSTINOS RECOLETOS

Escrito en 08/11/2012 por Rita de Casia en ORDEN DE AGUSTINOS RECOLETOS

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Comencemos por agradecer a Dios los dones que ha derramado durante este siglo sobre la orden, sobre sus religiosos y sobre sus obras; reconocer la labor de los cientos de religiosos que desde el gobierno, la formación, las misiones, la docencia o el ministerio parroquial han hecho posible el desarrollo experimentado durante gran parte de él, así como la de quienes tenemos que convivir con la penosa salida de estos últimos decenios. La Recolección desde sus orígenes, ha querido ser desde la fe una respuesta ante el deterioro de los valores religiosos y sociales.

Si grande es nuestra alegría al conmemorar los 100 años del breve religiosas familias, por el que fuimos reconocidos como Orden Religiosa, cuánta tendrían nuestros hermanos  cuando les reconociera como Congregación y tres siglos después,  como Orden.

Los Agustinos Recoletos somos hijos de la restauración católica de la segunda mitad del siglo XVI. Nacimos el cinco de Diciembre de 1588 del seno de la provincia agustiniana de Castilla. Nuestros hermanos mayores buscaron un modo de vida que, siguiendo a San Agustín, satisficiera sus inquietudes. No buscaron inicialmente salir de la Orden Agustiniana, sino dentro de ella, conseguir una mejor unión con Dios y los hermanos. Fray Luis de León se encargó en 1589 de redactar la “Forma de vivir de los frailes recoletos de España” (porque hay entre nosotros, o al menos puede haber, algunos tan amantes de la perfección monástica que desean seguir un plan de vida más austero, cuyo legítimo deseo debemos favorecer para no poner obstáculos a la obra del Espíritu Santo). En catorce capítulos recoge el deseo de mayor perfección en una intensificación de la vida contemplativa y comunitaria.  Pocos años después, en una decisión del segundo capítulo provincial,  queriendo escuchar la voz de Dios,  salieron  a ultramar para misionar. El año 1621 ya son cinco las provincias y la Iglesia los reconoce como Congregación. El Paulo V encomendó su gobierno a un Vicario General dotado de amplias facultades, pero bajo la tutela  de los Agustinos. El Prior  General será para ambas instituciones y tenía el derecho de confirmar la Actas delos Capítulos generales y la elección del Vicario General, de visitar los conventos y el derecho a aceptar profesiones.

Ideales de nuestros padres

La Forma de vivir que redactó Fr. Luis de León perduró hasta el año 1912. Al ser ya Orden religiosa se redacta constituciones propias, aunque en ellas no se insiste propiamente en el Carisma. La legislación era muy similar para todas las Órdenes Religiosas. Cambian radicalmente, a impulsos del Vat.II, a partir del año 1980.

Por propia experiencia, después de vivir medio siglo como religioso, puedo afirmar que la ascesis, la oración y el silencio, y muchas otras prácticas eran la base de nuestra formación y de nuestra espiritualidad. Su vivencia era signo vocacional. Tal vez se extremaba mucho la idea. Ahora los criterios han cambiado tanto, que apenas se escuchan, salvo el término oración.

 La ascesis

La sobriedad y recogimiento son dos actitudes que impregnan las leyes y la vida de nuestras comunidades primitivas, que son profundamente agustinianas. La sobriedad podría el nombre actual de la penitencia y un antídoto actual contra el consumismo. Es la sobriedad la que templa  el carácter y dispone el alma a la oración y a la lucha. Nuestro Padre decía que quien nos se abstiene de las cosas lícitas está cerca de caer en las ilícitas. Estas ideas están concordes con las enseñanzas de San Agustín en la carta a Proba: “Los ayunos, las vigilias, y todo tipo de mortificaciones ayudan sobremanera a la oración.”

Se daba mucha importancia al Capítulo “de culpis”. Mensualmente la comunidad se reunía y había una plática, y después de la misma el religioso públicamente confesaba en que había fallado ofendiendo a la comunidad. Posteriormente el superior corregía a quienes  hubieran confesado su culpa y se le aplicaba un sufragio correspondiente.

Eran  estrictos los días de ayuno y abstinencia.  Y no es tú los quisieras cumplir, no te quedaba otra alternativa. Todos habían de realizar esa penitencia, salvo que se estuviera enfermo.

Los viernes de Cuaresma y en Semana Santa existía, como forma de dominar tus pasiones, la disciplina física, consistente en que tú mismo te golpeabas el cuerpo y mientras tanto se cantaba el Miserere.

Silencio y soledad

. Más agustiniano, y diría también que más necesario para nuestro mundo, es todavía el silencio, el recogimiento. Aquí importa el silencio interior, el silencio elogiado en los libros sapienciales (Pr 10,19; 17,27; Qo 3,7; Job 40,4), un silencio misterioso, que incluye el silencio de Cristo en Nazaret y en la Cruz, y el de María, que conservaba y rumiaba todas las cosas del hijo (Lc 2,19.51. Era el silencio del que hablan los maestros espirituales cuando ven en él la fuente de la que brota la oración, la liberación de la cautividad, el custodio de los pensamientos, el guardián del fuego sagrado y el vigía que descubre a los enemigos. «Agustín ama la soledad, porque esa soledad es la espléndida morada de Dios, cuyos pasos se perciben, cuya vida se siente, cuya inmensidad se eleva; para nuestros recoletos la soledad es refugio, es nido de castos amores. Nuestras comidas se realizaban en el silencio más absoluto, permitiendo tan solo hablar los días de fiesta y así el silencio era vital para guardar la disciplina dentro de los actos comunitarios. Tan solo en los recreos era permitido romperlo

. El silencio es uno de los presupuestos esenciales de la interioridad agustiniana. Sin ese silencio no hay posibilidad de reflexión, de contemplación, de inquisición, ni de búsqueda incesante y otras actitudes afines que forman el haz de hábitos que mejor definen su vida y su pensamiento. Las constituciones preconciliares lo tenían por el adorno más hermoso de las órdenes regulares. Noli foras iré, in te ipsum redi, in interiore homine habitat ueritas […] transcende teipsum.  Es necesario, por tanto, pararse a pensar, distanciarse de lo que nos rodea y nos aturde, si queremos rencontrarnos con nosotros mismos y encontrar al Dios que habita en nosotros: «Regresa primero a tu corazón, tú que andas desterrado y errante. ¿A dónde? Al Señor. […] Vuelve al corazón y contempla allí lo que quizás sientas de Dios. Allí está la imagen de Dios. En el interior del hombre habita Cristo

Aspiración a la santidad

. Otra nota de nuestros padres es la aspiración a la santidad, con el consiguiente rechazo frontal de la mediocridad. La vida religiosa surgió en la Iglesia como una denuncia de la tibieza y del compromiso, como una repulsa de la creciente infiltración de los criterios humanos en la vida cristiana, como un «género de vida austero, simple, recogido». San  Agustín se mantuvo siempre fiel a la sentencia que él mismo estampó en el opúsculo “La verdadera religión”(41,78) —«Nadie está bien, si puede ser mejor»—, y también la de nuestros primeros recoletos, gente radical e insatisfecha a quienes en su acta de nacimiento se les califica de más amantes de la perfección monástica. Los mejores de sus hijos han comprendido esa exigencia de la vocación recoleta. Ezequiel no deseaba otra cosa que ser santo, vivió siempre «en tensión hacia laSantidad”

Identificación carismática

Hasta no hace mucho tiempo entre nosotros hablar de carisma suscitaba recelos y hasta sonrisas. Se creía que la espiritualidad cristiana es única, y única es también su fuente: Cristo y su evangelio. No se consideraba necesaria una espiritualidad propia: fines, aspiraciones y medios, el aire de familia. Para algunos, todo eso entrañaba peligro del particularismo, en que cada comunidad constituía una capilla aparte. La imitación de Cristo, la conformación con Cristo es ciertamente el camino y la meta de toda espiritualidad.

Nos ha costado mucho encontrar nuestra propia identidad. Las comunidades religiosas, al igual que las personas físicas y las comunidades políticas, necesitan estar fuertemente ancladas en su propia personalidad e incluso sentirse orgullosas de ella. Sólo así pueden contribuir al bien de la colectividad. Una persona insegura y acomplejada o una región amorfa, sin un patrimonio propio bien definido y celosamente protegido, poco o nada puede aportar al bien común.

En estos últimos años la Iglesia ha tomado clara con-ciencia de esta ley de vida. Repetidas veces se ha declarado interesada en que cada comunidad se sienta plenamente consciente de su propia individualidad, de su carisma, y en que lo proteja y construya su proyecto comunitario de acuerdo con él. El Concilio Vaticano II lo proclamó solemnemente y en más de una ocasión. En el decreto Perfectae Caritatis ordenó que todos los institutos lo tuvieran muy presente a la hora de renovarse y acomodarse a los tiempos presentes: «Cede en bien mismo de la Iglesia que los institutos tengan su carácter y función particular. Por lo tanto, reconózcanse y manténganse fielmente el espíritu y propósitos propios de los fundadores, así como las sanas tradiciones, todo lo cual constituye el patrimonio de cada instituto».

En el decreto Christus Dominus anima a los religiosos a colaborar en la edificación y crecimiento del cuerpo místico de Cristo, pero ateniéndose siempre a la índole propia de su instituto, que incluso los obispos deben respetar: «Atendiendo señaladamente a las urgentes necesidades de las almas y a la escasez de clero diocesano, los institutos religiosos que no se consagran a la vida puramente contemplativa pueden ser llamados por los obispos para que presten su ayuda en los varios ministerios pastorales, teniendo, sin embargo, en cuenta la índole de cada instituto».

Pablo VI reiteró varias veces estas ideas y les dio  nuevo realce tanto en documentos generales como en discursos de alcance más particular. En el motu proprio Ecdesiae  Sanctae, del 6 de agosto de 1966, animaba a los institutos religiosos a ahondar en el conocimiento del carisma primitivo —primigenii spiritus— y expresaba su confianza en que ese conocimiento les ayudaría a liberarse de la esa acumulada a lo largo de los siglos:

«Procuren los institutos religiosos un conocimiento  genuino de su espíritu originario, de suerte que, conservándolo fielmente al decidir las adaptaciones, la vida religiosa se vea purificada de elementos extraños y libre de lo anticuado».

En la exhortación evangélica Testificatio, del 29 de Junio de 1971, afirmaba que el carisma primitivo de cada religión no es un simple impulso proveniente de la carne y la sangre, sino auténtico fruto del Espíritu; veía en él elemento dinámico de la vida religiosa, el único capaz de deliberarla de las insidias del formalismo y de la arteriosclerosis, y ligaba la posibilidad de una auténtica renovación a la fidelidad a sus exigencias.

La Iglesia no sólo no desconfía del carisma propio cada comunidad, sino que lo protege y promueve: «La Iglesia protege y favorece la índole propia de los diversos institutos religiosos». La variedad de religiones, además manifestar la multiforme sabiduría de Dios, hermosea rostro de esposa, contribuye a capacitar la para toda obra buena y facilita su misión de edifica cuerpo de Cristo.

La repulsa o el simple recelo ante la diversidad de carismas en la vida religiosa puede denotar falta de sensibilidad hacia la libérrima actuación del Espíritu e incomprensión del sano pluralismo eclesial. Esto último lo ha expresado muy bien el padre L. Gutiérrez:

«En la visión [particularista] antigua faltaba muchas veces eclesialidad, por ausencia de una visión auténtica dela Iglesia. En las posiciones nuevas falta eclesialidad por no entender la Iglesia desde su multiforme manifestación del Espíritu, irreprimible y creador en sus dones diferentes. Antiguamente se era —o se pretendía ser— Iglesia siendo acaso solamente instituto; después se ha querido ser Iglesia dejando de ser instituto. Urge llegar a ser Iglesia siendo precisamente instituto en la Iglesia, como don diferente, pero como don para la edificación de la misma Iglesia».

Identificación del carisma

Desgraciadamente, no se tenía conciencia de la importancia del Carisma. Era más fácil sentirlo y palparlo que definirlo.

NUESTRO PRIMER SIGLO DE VIDA AUTÓNOMA

Los aspectos positivos:

Cambios en el gobierno y administración. Se trasladó la sede general a Roma, primeramente, en 1930 y definitivamente a fines del 1949. El traslado era fuertemente deseado por quienes aspiraban a conectar más fácilmente con las directrices romanas, a superar el aislacionismo español o simplemente creían que Roma era la sede central propia de una orden religiosa.

•  Se normalizó la vida de las provincias y se crearon cinco nuevas. Se suprimieron la alternativa, el capítulo general intermedio (1926) y el juramento de pasar a Filipinas (1920); se dotó económicamente a la curia general (1932); se redactaron textos constitucionales más atentos a la inspiración carismática de la orden y a su realidad actual, se reformaron profundamente libros de uso diario en las comunidades como el Ceremonial y el Ritual; y se fueron fortaleciendo las relaciones con las diversas ramas de la Recolección femenina.

El aumento espectacular del número de religiosos; la superación de los confines españoles, aunque no en medida suficiente; la creación de cinco nuevas provincias y la diversificación de su apostolado. En 60 años, entre 1908 y 1967, los religiosos de la orden se multiplicaron por cinco, subiendo de 314 a 1.500, y se instalaron en 14 naciones nuevas, algunas, como Estados Unidos, China e Inglaterra, de cultura muy alejada de la suya. Hubo también intentos —quizá sólo veleidades- de instalarse en Italia, Portugal e incluso en Alemania, pero se desistió apenas se topó con obstáculos desconocidos en el mundo hispánico.

• La orden potenció notablemente su presencia en las misiones con la apertura de ocho nuevos territorios misionales: Brasil (2), Colombia, Panamá, Perú, Sierra Leona y China.

Diversificó su actividad con el ingreso en el campo de la educación formal (1941). Es otro hito importante en la historia de la orden del siglo xx. En los decenios anteriores nunca habían faltado religiosos conscientes de la utilidad apostólica y social de la educación. A principios del siglo xx algunos religiosos dieron vida a escuelas elementales en Bogotá, Maracaibo, Ribeiráo Preto, Uberaba, Belem y otras ciudades. Los religiosos destinados a Trinidad, Argentina y Estados Unidos abrieron otras en sus parroquias. Varios motivos impulsaron a la orden a ingresar en este ministerio: Los la creciente demanda educativa de la sociedad; la creencia de que favorecería la vida común de los religiosos; el prestigio de la orden y la fortificación de su frágil estructura económica.

Casi todas las fundaciones exigieron grandes sacrificios a los religiosos. A Perú se presentaron con lo puesto, confiados en una protección que nunca llegó, y durante algunos años vivieron de precario, sin destino fijo, diseminados por las fragosidades de los Andes y sirviendo parroquias marginales, solitarias y emplazadas, al menos algunas, en climas extremos.

A México llegaron sin programa y sin apoyos locales de ninguna clase. Los primeros religiosos tuvieron que vagar de unas regiones a otras, sin ni siquiera la posibilidad de comunicarse con sus superiores. Los religiosos de la segunda hora tampoco tuvieron vida fácil. En 1948, a los pocos meses de su llegada, ya pudieron poner pie en la capital

Aspectos negativos:

• En la década de los años 20 los conventos de San Millán y Marcilla padecieron momentos de inobservancia e indisciplina, que tardaron en ser afrontados por las autoridades. La salida de cerca de cien religiosos profesos durante este sexenio, muchos de ellos profesos solemnes, de los cuales algunos no sólo han abandonado el hábito religioso, sino hasta la santa religión católica, de la que han apostatado haciéndose protestantes

Excesivo parroquialismo. Provinciales, generales y estudiosos coincidían en creerlo nocivo para los intereses de la orden, sobre todo cuando las parroquias eran unipersonales y se habían convertido en la ocupación casi exclusiva de los frailes. «Nuestra misión en América no debe tener por objeto administrar parroquias, sino que su primer y principal objeto deben ser las misiones propiamente dichas y ayudar a los señores obispos y a los demás eclesiásticos en la predicación de la palabra divina, en la administración de los sacramentos, asistencia a los enfermos y demás funciones del culto divino». Cerraron  las casas que no pudieran sostener tres religiosos, imponía la oración en común y recomendaba la substitución de las parroquias por residencias propias. Ninguno veía con buenos ojos las parroquias, porque la experiencia filipina había demostrado que favorecían el individualismo de los religiosos y debilitaban sus lazos con la comunidad.

Entre 1950 y 1987 los recoletos se despojan de su divisa de misioneros o párrocos de zonas marginales para enfundarse la del fraile plenamente urbano. Durante la primera mitad del siglo casi todas sus parroquias eran de carácter misionero o, al menos, tenían dilatados apéndices misioneros. En Venezuela no había parroquia o residencia que no tuviera por contrato fundacional o por acuerdos posteriores con los obispos responsabilidades pastorales fuera de los límites urbanos.

A lo largo del siglo la orden ha experimentado también tensiones internas, deserciones masivas, indisciplina en los colegios, deficiencias en los estudios y en la labor misional, penurias económicas y dificultades de orden político; ha adoptado decisiones improvisadas o al menos precipitadas o ha dejado de adoptarlas a su debido tiempo; y no han faltado tampoco descuidos y retrasos que revelan falta de clarividencia o de liderazgo. En los últimos decenios ha cundido cierta inseguridad y en ciertos ambientes se ha caído en el desánimo e incluso en la desesperanza

• La formación carismática dejaba mucho  que desear.  Crecían en un ambiente conventual aislado del mundo circunstante, poco relacionado con religiosos de otras órdenes y saturado de objetos, recuerdos, llamadas y ejemplos de nuestra historia y de nuestros mayores, el carisma se trasmitía por contagio.

A partir de los años cincuenta se ha dado un salto de cualidad en la comprensión del carisma. El progreso comenzó con los estudios del padre Jenaro y la elevación al generalato del padre Eugenio Ayape. Los primeros arrojaron potentes haces de luz sobre los orígenes de la orden y su orientación carismática, y el segundo rescató del olvido la Forma de vivir, dio vida a organismos, como el Instituto Histórico, la agencia Misional AMAR y la revista Augustinus, que han promovido la investigación y difusión de nuestra historia y de las actividades de nuestros religiosos.

• La República española, la Guerra civil y la Guerra mundial, 1931-1945. Con la proclamación de República española en abril de 1931 la Orden entró en un periodo de angustias económicas y administrativas que duró hasta 1946 y en algunas partes se prolongó durante algunos años más. En él murieron violentamente 16 religiosos y otros muchos padecieron la cárcel o se vieron obligados a buscar refugios improvisados o incluso a huir a los montes, ganándose la vida en los más diversos menesteres; otros se alistaron como capellanes o como soldados en el ejército de Franco, en el que algunos encontraron la muerte y otros perdieron la vocación; los capítulos provinciales fueron suprimidos o intervenidos; los jóvenes profesos fueron dispersados entre Colombia, Brasil, Filipinas, Estados Unidos, Inglaterra y Trinidad y luego también por Perú, con consecuencias negativas en la calidad de los estudios y de la formación religiosa, aunque en este último aspecto el fervor religioso que envolvía la situación suplía las deficiencias estructurales.

•Otro problema  en la actualidad es que casi todos nuestros profesos estudien la teología en centros extraños, mientras se ha abandonado la idea, ya presente en los capítulos generales de 1932, 1938 y 1944, de abrir un colegio interprovincial, el cual, además de asegurar la formación carismática de nuestros jóvenes, favorecería la preparación constante de religiosos especializados en las diversas disciplinas eclesiásticas. Las provincias de Colombia y Filipinas todavía mantienen su teologado. Ambos han adolecido con frecuencia de una escasa presencia de sus profesores, que alternan su labor académica con otras ocupaciones que les privan del tiempo y serenidad que requiere el cultivo de las ciencias.

Otras acciones

• Se consolidó y adquirió una consistencia doctrinal más sólida y una mayor proyección práctica tras las enseñanzas del concilio Vaticano II, recogidas en la orden en el capítulo general de 1968 y en las constituciones de 1969. Entre 1981 y 1987 se elaboró el Studium Sapientiae, un texto que propone un Plan de Formación de profundo sabor agustiniano, el primero en la plurisecular historia de la familia agustiniana.

• En estos últimos años la orden tercera o Fraternidad Seglar se ha establecido en casi todos nuestros ministerios y en muchos de ellos colabora activamente con nuestros religiosos. Pero todavía se echa de menos un plan de formación integral, que ponga más de relieve su carácter secular y su vinculación a la espiritualidad y vida de la orden, y, con las debidas acomodaciones, pueda aplicarse en las diversas partes del mundo. Asimismo lentamente se  van integrando jóvenes OAR (JAR).

• Entre 1975 y 1999 han sido elevados a santos y beatos  diez religiosos recoletos, una religiosa de clausura, otra de vida activa y una terciaria. La canonización de san Ezequiel Moreno en Santo Domingo, durante la solemne celebración del Quinto Centenario de la Evangelización de América, revistió una solemnidad especial y nos deparó una ocasión que quizá no hemos sabido aprovechar suficientemente.

•  La orden respondió con inusitada rapidez al mandato del concilio sobre la acomodación de las constituciones. El mismo día de su clausura, el 8 de diciembre de 1965, el prior general dirigió a todos los religiosos una circular. En ella comentaba los frutos ya cosechados por el concilio, expresaba su esperanza en que en el futuro habrían de ser todavía más copiosos y más granados, y anunciaba la puesta al día de nuestra legislación101. El consejo general no perdió el tiempo. El 6 de agosto de 1966, el día en que Pablo VI hizo público el motu proprio Ecclesise Sanctae con las normas concretas sobre la aplicación de las directrices conciliares, ya estaba en grado de dar el visto bueno al cuestionario que había de servir de base al próximo capítulo para la revisión de las constituciones.

Conclusión

Aquel espíritu inconformista que a partir de 1588 movió a los primeros recoletos, que querían vivir con radicalidad el Evangelio y el carisma agustiniano e iniciaron todo un proceso de reforma, deseamos que nos alcance a nosotros. Benedicto XVI señala  que  la persona, la espiritualidad y el carisma de san Agustín, junto a la tradición recoleta constituyen nuestra propia identidad, y propone a los seguidores de san Agustín un nuevo nombre: “discípulos del amor. El estilo de Agustín: siempre aprendiendo, siempre creciendo en el amor. Seremos apóstoles del Señor cuando seamos discípulos en la intimidad de la oración, en la profundización del estudio y en el compartir con los hermanos,  y siendo apóstoles en el anuncio de la palabra, en el testimonio de una vida coherente y en el servicio desinteresado.

Tenemos puesta nuestra esperanza en el Dios vivo: “La esperanza nos amamanta, nos nutre, nos robustece, y en esta vida trabajosa nos consuela; esa misma esperanza nos hace cantar el aleluya. Cuánto gozo nos da”. El Espíritu anima el Cuerpo; no a los miembros separados del Cuerpo sino a los que permanecen unidos y comparten una misma vida. Tenemos una sola alma y un solo corazón en Dios. No somos solitarios ni individualistas.

Queremos proclamar con María las grandezas del Señor realizadas en medio de nosotros,  de las hermanas que, ofreciendo su fecundidad a Dios, transmiten vida en cada acto de servicio. La numerosa presencia de nuestros seglares (Fraternidad Seglar Agustino-Recoleta) que, en medio de los quehaceres diarios, contagian de compromiso a cuantos encuentran en sus vidas. La oración perseverante y las lágrimas de tantas madres que se afanan por la transmisión de la fe a las nuevas generaciones. Las utopías de tantos jóvenes que, peregrinos a nuestro lado, beben con ansiedad en las fuentes de nuestro carisma, ilusionando sus vidas con la amistad e interioridad agustinianas (JAR).

¡Cantemos a Dios con la vida! La esperanza nos incita a lanzarnos a un compromiso. Hagamos de nuestro servicio el mejor canto

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