XXXI del Tiempo ordinario(30 de octubre) Mt 23,1 – 12

Escrito en 30/10/2011 por Rita de Casia en Reflexiones Dominicales

El que se engrandece será humillado, y el que se humilla será engrandecido. Video

Lecturas: Mal 1,14b-2,2b.8-9, Sal130,1-3 , Tes.2,7-13 , Mt,23,1-12

No todo es saber:

No se trata de tener muchos conocimientos sobre todo lo conocible, pues de nada sirve la abundancia de ciencia si no se sabe aplicarla a la vida. Cuando falta esta aplicación  de conocimientos – que la Sagrada Escritura llama sabiduría -, es cuando se cae en la hipocresía, la falsedad, la doctrina denunciada por muchos dichos populares; he aquí dos: consejos vendo que para mí no tengo y este otro: Lo que escribo con la mano, lo borro con el codo.  Es lo que quiere advertir Jesús a sus discípulos de los escribas y fariseos. Es la acusación del profeta Malaquías a los sacerdotes y levitas de  su tiempo que se han apartado del camino… han hecho tropezar a muchos con la ley (Ml 1,9). Y Jesús a los escribas y fariseos muy cuidadosos en imponer leyes y leyes pero incapaces de ayudar lo mínimo, ni siquiera  con un dedo (Mt 23,4).

No debemos quedarnos en el simple hecho histórico bien sea el de Malaquías cuando no se acababa la reconstrucción del templo y los sacerdotes y levitas encargados de ello andaban en otras cosas; o cinco siglos después cuando Cristo hace algo parecido con los doctores de la  ley y los fariseos; y hoy, dos mil años después, deben seguir resonando estas o parecidas acusaciones, porque el mal sigue existiendo hecho pecado y dominando al pecador y atrapando a muchos.

Según el proyecto divino:

Todo ministerio de la Iglesia debe buscar la realización de una vida eclesial según  el proyecto divino, que quiere que formemos una comunidad fraterna, que se caracterice por el servicio en el amor. Lo contrario de lo que vemos en la política… en los negocios… donde dominan el poder, el buscar la gloria humana, el aparentar…

Oración:

Sí, hagamos oración explicando y  meditando en la Palabra de Dios. Pidamos al buen Dios que nos ilumine y usamos una hermosa oración de san Agustín:

Has impreso tu rostro en nosotros, Señor, nos hiciste a imagen y semejanza tuya; nos has acuñado como moneda tuya; y esta imagen tuya no debe permanecer en la oscuridad. Envíanos, Señor, el rayo de tu sabiduría que disipe nuestras  tinieblas y brille tu imagen en nosotros: que seamos así una imagen tuya (Carta 66,4).

Y añado por mi parte: Purifícanos de la lógica mundana, capacítanos para dejar de lado todo amor desordenado, que es la raíz de la incoherencia entre palabras y obras. Danos, Señor, la bondad y delicadeza para amar al prójimo con tus mismos ojos, con tu misma mirada, con tu misma ternura…servirlo con  todo el corazón.   

Un solo Padre, un solo Maestro: No nos vamos a detener en cuestiones lingüísticas de cómo debemos usar las palaras “padre” o “maestro”.  Sí, y hay que recalcarlo con fuerza: Dios es Padre, del cual reciben nuestros padres la paternidad y maternidad; también que Jesús es el único Maestro, Palabra del Padre, la única verdad, lo demás es participar de esa única verdad.

Trabajando por una comunidad fraterna:

El servicio, la humildad y la gratitud nacen de la conciencia de haber sido engendrados a una nueva vida  por el amor único del Padre. Esto es y exige ser bautizados. Y lo hacemos fijándonos en el amor paternal de Dios, que es amor único para  todos: mi amigo – mi enemigo – el conocido – el extraño… pidiéndonos que evitemos actitudes arrogantes, teatrales, falsarias, hipócritas… que nos oscurecen el corazón y la mente  para impedirnos que veamos que todos tenemos un mismo y único origen en Dios, que da una misma dignidad a todos los hombres. Si conseguimos vivir en humildad y sencillez mostraremos al mundo lo más importante: somos hijos de un mismo Padre, del buen Dios.

Quizás este sentido fraterno me parezca pequeño ante tanto que hay que hacer por la hermandad y el bien entre hermanos, pero, como dice una canción, tú vas haciendo camino otros lo seguirán. No vas solo, son muchos los que hacemos fuerza común desde nuestras oraciones, nuestros sacrificios, nuestros trabajos y fatigas. Mucho puede que oremos uno9s por otros, y rezan muchos hermanos por nosotros sin siquiera conocerlos. 

P. José Jiménez de Jubera

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