XXX del tiempo ordinario (23 de octubre) Mt 22, 34 -40

Escrito en 19/10/2011 por Rita de Casia en Reflexiones Dominicales

Amar a Dios es decir que Él es el autor de todo lo creado, que mi vida tiene sentido en cuanto cuento con Él en la Creación VIDEO

LECTURAS: Ex22,21-27; Sal 17,2-4.47.51; 1Tes 1,5c-10; Mt 22,34-40

Buscando prioridades los fariseos y Jesús uniéndolas:

No vamos a creer que el maestro de la ley se acerca a Jesús de mala fe preguntando sobre cuál es el mandamiento principal de la Ley. Y, aunque sí buscase un poco probar la capacidad del conocimiento de la ley que tenía Jesús, no lo es menos que estaban confundidos en aquel entonces por la abundancia de mandamientos en la ley, que los doctores de ella habían catalogado en 613 preceptos.  Hoy muchos siguen sin encontrar el centro principal de su actuar, caminan con corazones partidos… El domingo pasado comentando la frase: Denle al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios (Mt 22,21) me preguntaba y preguntaba si nuestra vida no está llena de comportamientos estancos: por un lado mi vida; por otro, la de los demás;  por aquí mi vida familiar, por allá mi vida profesional o de trabajo; así camina mi vida religiosa, y por allá mi vida moral y religiosa… Es estar creando y viviendo dicotomías  que me llevan a llevar vidas separadas, siendo llamado a vivir una sola vida.  

Desde una perspectiva diferente:

San Agustín dice: Ama y haz lo que quieras, porque, añade: lo esencial en el hombre es amar y ser amado. Amar es lo que busca, hasta cuando peca, no sabe amar, se equivoca, no quiere amar bien… llega al pecado embaucado por la felicidad que aparentan las criaturas. Por eso hay que buscar lo que verdaderamente lo que merece ser amado y purificarnos para amar bien. Por eso dice asimismo muy bien nuestro santo: Dime lo que amas y te diré lo que eres; si amas cielo, serás cielo; si amas tierra, serás tierra. Y para terminar, última cita  del Obispo de Hipona: El amor es tu peso; irás llevado por él.  Si nosotros amamos como lo hacen la mayoría de los hombres y mujeres de nuestro tiempo, movidos por el poder, el tener o el placer, o todo junto, con todas esas cosas perecederas y caducas es morir con ellas.

Amar desde Dios:

En el Antiguo Testamento amar a Dios es escucharlo, confiar en su Palabra, comprometerse con ella… Amar a Dios es decir que Él es el autor de todo lo creado, que mi vida tiene sentido en cuanto cuento con Él en la Creación. Vivimos en un mundo de dudas y muchos cristianos que quieren vivir su compromiso bautismal  vacilan y se preguntan qué hacer en situaciones tan difíciles. Dudan, vacilan porque no han decidido con firmeza cual es el centro de su vida. No han descubierto todavía que Dios es la causa por la cual vale la pena invertir todo. No más riquezas humanas, que solamente Dios sea tu riqueza.

Amar a Dios para descubrir cómo se ama a Dios:

La verdad del primer mandamiento depende de cómo se viva el segundo. De cómo se ama al otro, a los otros. En la parábola del buen samaritano Jesús introduce una concepción que cambia la idea del que pregunta quién es mi prójimo, pues le pregunta a él quien fue prójimo para el herido y que haga él lo mismo. Prójimo debe ser el amigo o del enemigo, el conocido o el extraño, el familiar…mi centro de amor debe ser aquel que necesita que yo le sirva, le dé, le acompañe…

Quién es mi prójimo y de quien soy yo prójimo  no debe estar marcado por un listado de principios generales; sino donde puedas dar amor.  Y es aquí donde quiero citar este texto de santa Teresa de Jesús: ¡Qué pensáis hijas qué es la voluntad de Dios! Que seamos del todo perfectas; que para ser unos con Él y con el Padre, como su Majestad le pidió, mirad qué nos falta para llegar a eso. Acá solas estas dos cosas que nos pide el Señor: amor a su Majestad Dios y del prójimo; en esto es en lo que hemos de trabajar; guardándolas con perfección, hacemos su voluntad y estaremos unidos con Él… la más cierta señal  que  – a mi parecer – hay de si guardamos estas dos cosas. Y la señal es que amemos muy bien al prójimo; porque si amamos a Dios no se puede saber (aunque hay algunos indicios grandes para entender que lo amamos), más el amor al prójimo sí (Moradas del castillo interior, V, 3, 7-8).

Reflexión final:

El amor a Dios y al prójimo son como el anverso y reverso de una misma moneda. Con una sola cara no hay moneda posible, sin amor a Dios y al prójimo unidos, no hay amor cristiano 

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