XXIV Tiempo Ordinaraio (11 de setiembre )Mt 18,21-35

Escrito en 11/09/2011 por Rita de Casia en Reflexiones Dominicales

Si decimos que no cometemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos VIDEO

Lecturas: Eclo 27, 33-28,9; Sal 102,1-4. 9-12 ; Rom 14, 7-9 ; Mt 18,21-35

Si decimos que no cometemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no habita en nosotros (1Jn 1,8).

Hay muchas clases y especies de pecados y entre ellos sobresale el odio, de tal manera que podemos parodiar el texto bíblico citado afirmando que el que dice que no tiene rencor o algo parecido en su corazón, se engaña. Hay que trabajar mucho si queremos ser discípulos de Jesús para perdonar y permitir ser perdonados. Nos acercamos al tema del odio y del rencor con el diccionario en la mano y encontramos: recelos, rencores, antipatías, aborrecimientos, desprecios, reprobaciones, repugnancias, sospechas, suspicacias, hostilidades, manías, repulsiones, desdenes, menosprecios, condenas…  Podríamos seguir, pero basta para indicarnos cuanta necesidad tenemos de sanarnos espiritualmente, cuantos aspectos de nuestra vida alcanzan. Hay que trabajar para que desaparezca todo   y caminemos en la verdad del amor.

¿Cuánto debemos a Dios? ¿De qué tiene Él que perdonarnos?

En la comparación  de Jesús sobre la  deuda del criado a su señor se usa una cifra astronómica para hablar de la deuda. Diez mis talentos es hablar del pago de cien millones de jornadas de trabajo; mientras que el compañero le debía lo equivalente a cien jornales, cien denarios. El rey tiene compasión y le perdona todo y totalmente. Y nos dice que así son las relaciones del hombre con Dios y con el hermano respeto al perdón. Dios el infinito, nosotros lo finito; nosotros con limites, Él sin límites. Solamente desde la misericordia divina y del don de la gracia de Dios se puede comprender el camino del perdón que nos abre camino a la vida, al amor.

Si Dios nos perdona así…

¿Cómo perdonamos nosotros? ¿Cómo respondemos, cómo correspondemos al amor de Dios manifestado en su perdón? He aquí la enseñanza del diálogo de Pedro con Jesús de perdonar siempre: Señor, ¿cuántas veces he de perdonar a mi hermano cuando me ofenda? ¿Siete veces? Jesús le respondió: No te digo siete veces, sino setenta veces siete.   

La lectura del libro del Eclesiástico:

Hemos escuchado: acuérdate de tu fin y deja de odiar… En nuestro vivir tenemos que tener muy presente el sembrar, no podemos vivir sin sembrar, todo lo que hacemos se convierte en buena o mala semilla. Cabe preguntarnos: ¿Cuál es la cosecha que debemos alcanzar? ¿Qué hacemos hoy?  Al final de la vida está la plenitud del Reino de Dios y me pregunto y pregunto a ustedes: ¿Qué semillas del Reino de Dios sembramos hoy si vivimos con recelos, miedos, antipatías y hasta rencores y odios? Si un autor, expresándose lejos del amor de Dios, dijo: El infierno son los “otros”, nosotros debemos  ir ya creando aquí en la tierra la convivencia de vivir reconciliados y reconciliadores. Se trata de ir abriendo puertas de nuestro corazón al amor – más precisamente, a la misericordia de Dios – y permitirle que vivifique lo que el pecado mata. Se puede decir que la fuerza del perdón es la paciencia, entendida como esperanza, oración, empeño por vivir reconciliados y reconciliadores. Aprendiendo a perdonar nos unimos y participamos de la paciencia divina. Nuestro Dios es el paciente, el clemente, el compasivo, el misericordioso y el fiel (cf. Ex 34,6). Desde la acogida sincera, desde la donación de uno mismo, a ejemplo de Cristo, se vive el perdón.

Oración del san Francisco de Asís:

¡Santísimo Padre nuestro: creador, redentor, consolador y salvador nuestro!

Perdónanos nuestras deudas: por tu inefable misericordia, por la virtud de la pasión de tu amado Hijo y por los méritos y la intercesión de la beatísima Virgen y de todos tus elegidos.

Así como nosotros perdonamos a nuestros deudores:  y lo que no perdonamos plenamente, haz tú, Señor, que plenamente lo perdonemos, para que por ti amemos de verdad a los enemigos y en favor de ellos intercedamos devotamente ante ti, no devolviendo a nadie mal por mal (cf. 1Tes 5,15), y para que procuremos ser en ti útiles en todo.  

Y no dejes caer en tentación: oculta o manifiesta, imprevista o insistente.

Mas líbranos del mal: pasado, presente y futuro. Gloria al Padre…

Loado seas, mi Señor, por aquellos que perdonan por tu amor y soportan enfermedad y tribulación. 

Bienaventurados aquellos que las sufren en paz, pues por ti, Altísimo, coronados serán.                                                      

 P. José Jiménez de Jubera

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