V Domingo de Pascua:EL MANDAMIENTO DEL AMOR

Escrito en 28/04/2013 por Rita de Casia en Reflexiones Dominicales

                                                          

v Hechos 14,20b-26: Regresaron a Antioquia de Asia, donde habían sido encomendados a la protección de Dios para la misión que acababan de realizar.

v Salmo 144,8-13: Bendeciré tu nombre por siempre jamás.  

v Apocalipsis 21,1-5a: He aquí que hago nuevas todas las cosas.

v Juan 13,31-30ª.34-35: En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os amáis los unos a los otros.  

SERVIR

Cielos nuevos y tierra nueva.

Hemos leído en el libro del Apocalipsis: Hago nuevas todas las cosas (Apc 21,5) y podemos preguntarnos ¿dónde está la novedad en este mundo que arrastra a lo largo de la historia y sin interrupción infinitud de injusticias y maldades?  ¿Qué decir de un mundo que es incapaz de conseguir que se detengan las guerras fratricidas, que haces incapaz a la humanidad de gozar de paz? ¿Podremos ser la tierra nueva, de que se nos habla? ¿Vamos hacia esa realidad nueva que con fuerza la expresa el Apocalipsis  en las palabras que citamos a continuación? El primer cielo y la primera tierra han desaparecido y el mar (= el mal en todo su poder) ya no existe (Apc 21,1).

Lo nuevo:

El conocido y antiguo dicho afirma: Nada nuevo bajo el sol. ¿Será esto cierto? Y cabe, entonces, preguntarnos: ¿Es que la realidad personal, familiar, comunitaria, nacional… no puede cambiar? Que piense así un seguidor de Cristo es desdecir de su fe. Si decimos que nada puede cambiar, contradecimos al Maestro Jesús quien invita siempre al cambio, a la conversión, a la novedad. En el evangelio hemos escuchado os doy un mandamiento nuevo… ¿dónde se encuentra la novedad?

Es un mandamiento nuevo el mandamiento de amar al prójimo no en cuanto Jesús le dé un sentido nuevo, distinto al existente, sino en cuanto es Revelación del Amor de Dios en su Hijo Jesús y es ese don – amar como Cristo nos amó (que es fundamentalmente “lo nuevo”) – es don del Espíritu Santo a los bautizados en Cristo Jesús y que son discípulos perseverantes en la fe.

La forma de amar de los primeros cristianos, según se refleja en el Nuevo Testamento, es romper barreras entre judíos y paganos, entre esclavos y libres, entre hombres y mujeres, entre ricos y pobres… pues todos, todos, somos hijos de un mismo Dios. La señal de la verdadera fe en Cristo es el sacramento de la Eucaristía muy bien llamado Comunión. Cristo se entregó totalmente por nosotros hasta hacerse alimento de vida = Comunión con Él y los hermanos. Por eso, se llama también a la Eucaristía “Sacramento de fe”.

Transformándome yo para transformar a los otros:

Se lee en la abadía de Westminster – Londres – esta reflexión escrita como epígrafe en el sepulcro de un obispo el año 1100: Cuando era joven y libre y mi imaginación no tenía límites soñaba con cambiar el mundo entero. Al pasar los años descubrí que el mundo no cambiaría y reduje mis objetivos  pensando en cambiar mi país. Pero resultó imposible. Llegó el ocaso de mi vida y busqué en un intento desesperado cambiar a mi familia. Ahora, cercano a la muerte, he descubierto el gran error de mi vida: Si me hubiera cambiado a mí mismo primero, con el ejemplo, habría trabajado por cambiar a mi familia, a su entorno, a mi nación…  es conocida la frase del presidente F. Kennedy: No te preguntes qué puede hacer la patria por ti; pregúntate qué puedes hacer tú por la patria.

Transformándome en el amor:

Recalco la añoranza del obispo en su epígrafe: Si me hubiera cambiado a mí mismo… y ese obispo se lamenta de haberse dado cuenta tarde de ello. Viene a bien recordar el dicho: No esperes para mañana lo que puedas hacer hoy, porque del hoy dispones en parte de él, pero del mañana no dispones de él nada. Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado… (Jn 13,34). Lo nuevo, ¿dónde está y qué es? No es amar por amar como esas canciones románticas que tanto usan la palabra “amor” sin sentido, es hacerlo con el matiz que pone Jesús: como yo os he amado. Es romper el egoísmo tan arraigado en los seres humanos que corrompe el amor. Esto lo expresa muy bien el dicho peruano: no es amor al chancho, sino a los chicharrones. Cristo nos muestra el amor auténtico, porque en al darnos amor a cada uno de nosotros no busca nada para sí mismo. El santo, inocente, sin mancha, separado de los pecadores y encumbrado sobre el cielo (Hebr 7,26)  se entregó totalmente por nosotros y llevó ese amor hasta el extremo, hasta  morir por nosotros. Es amar al máximo. Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos, y pensemos, además, como dice san Pablo siendo sus enemigos murió por nosotros, para salvarnos. ¡Siendo sus enemigos nos amó muriendo por nosotros para hacernos sus amigos! Podríamos ir enumerando las múltiples maneras de manifestarse el amor de Dios en Cristo Jesús. No nos detenemos, pero no podemos terminar sin agradecer.

Gracias, buen Dios, Padre nuestro, Padre de todos, toda la naturaleza responde a tu amor y mueve al que la observa al agradecimiento y a manifestarlo especialmente en una adoración profunda a tu Hijo Jesús, el Gran Amor. En Él te damos gracias, Padre, uniéndonos a Él en el amor que te tiene.

Gracias, Señor, que manifieste yo  el agradecimiento en el amor a los hermanos. Ser todo amor, sin limitaciones ni condiciones debe ser la esencia que dé sentido a mi vida.

Te bendecimos, te adoramos, te damos gracias; a ti la gloria y el honor y el poder por los siglos de los siglos. Amén.

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