SOLEMNIDAD DEL CUERPO Y LA SANGRE DE CRISTO Ciclo B

Escrito en 07/06/2012 por Rita de Casia en Reflexiones Dominicales

ESTO ES MI CUERPO… VIDEO

Lectura del libro del Éxodo 24, 3-8

En aquellos días, Moisés bajó y contó al pueblo todo lo que había dicho el Señor y todos sus mandatos; y el pueblo contestó a una: – «Haremos todo lo que dice el Señor.»

Moisés puso por escrito todas las palabras del Señor. Se levantó temprano y edificó un altar en la falda del monte, y doce estelas, por las doce tribus de Israel. Y mandó a algunos jóvenes israelitas ofrecer al Señor holocaustos, y vacas como sacrificio de comunión. Tomó la mitad de la sangre, y la puso en vasijas, y la otra mitad la derramó sobre el altar. Después, tomó el documento de la alianza y se lo leyó en alta voz al pueblo, el cual respondió:

– «Haremos todo lo que manda el Señor y lo obedeceremos.»
Tomó Moisés la sangre y roció al pueblo, diciendo:
– «Ésta es la sangre de la alianza que hace el Señor con vosotros, sobre todos estos mandatos.»

Palabra de Dios

Salmo Responsorial
Sal 115, 12-13. 15 y 16bc. 17-18 (W.: 13)
Alzaré la copa de la salvación, invocando el nombre del Señor.

¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho? Alzaré la copa de la salvación, invocando su nombre.

Mucho le cuesta al Señor la muerte de sus fieles. Señor, yo soy tu siervo, hijo de tu esclava; rompiste mis cadenas.

Te ofreceré un sacrificio de alabanza, invocando tu nombre, Señor. Cumpliré al Señor mis votos en presencia de todo el pueblo

Lectura de la carta a los Hebreos 91 11-15

Hermanos:
Cristo ha venido como sumo sacerdote de los bienes definitivos. Su tabernáculo es más grande y más perfecto: no hecho por manos de hombre, es decir, no de este mundo creado.

No usa sangre de machos cabríos ni de becerros, sino la suya propia; y así ha entrado en el santuario una vez para siempre, consiguiendo la liberación eterna.

Si la sangre de machos cabríos y de toros y el rociar con las cenizas de una becerra tienen el poder de consagrar a los profanos, devolviéndoles la pureza externa, cuánto más la sangre de Cristo, que, en virtud del Espíritu eterno, se ha ofrecido a Dios como sacrificio sin mancha, podrá purificar nuestra conciencia de las obras muertas, llevándonos al culto del Dios vivo.

Por esa razón, es mediador de una alianza nueva: en ella ha habido una muerte que ha redimido de los pecados cometidos durante la primera alianza; y así los llamados pueden recibir la promesa de la herencia eterna.

Palabra de Dios

EVANGELIO
Esto es mi cuerpo. Ésta es mi sangre

Lectura del santo evangelio según san Marcos 14-12-16. 22-26

El primer día de los Ázimos, cuando se sacrificaba el cordero pascual, le dijeron a Jesús sus discípulos:
– «¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la cena de Pascua?»
Él envió a dos discípulos, diciéndoles:
– «ld a la ciudad, encontraréis un hombre que lleva un cántaro de agua; seguidlo y, en la casa en que entre, decidle al dueño: “El Maestro pregunta: ¿Dónde está la habitación en que voy a comer la Pascua con mis discípulos?”
Os enseñará una sala grande en el piso de arriba, arreglada con divanes. Preparadnos allí la cena.»
Los discípulos se marcharon, llegaron a la ciudad, encontraron lo que les había dicho y prepararon la cena de Pascua.
Mientras comían, Jesús tomó un pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio, diciendo:
– «Tomad, esto es mi cuerpo.»
Cogiendo una copa, pronunció la acción de gracias, se la dio, y todos bebieron.
Y les dijo:
– «Esta es mi sangre, sangre de la alianza, derramada por todos. Os aseguro que no volveré a beber del fruto de la vid hasta el día que beba el vino nuevo en el reino de Dios.»
Después de cantar el salmo, salieron para el monte de los Olivos.

Palabra de Dios.

HOMILIA

¿Qué celebramos? ¿Qué es la Eucaristía? Sencillamente recurrimos al evangelio escuchado: Mientras comían, Jesús tomó un pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio diciendo: “Tomen, esto es mi cuerpo”. Y, tomando una copa, pronunció la acción de gracias, se la dio, y todos bebieron. Y les dijo: “Ésta es mi sangre, sangre de la alianza, derramada por todos” (Mc 14, 22-24). Y Jesús pide que esta acción la sigan realizando aunque él ya no se encuentre entre ellos: Hagan esto en memoria mía (Lc 22,19). Era una realidad que la había prometido en el conocido discurso de Cafarnaúm, al día siguiente de la multiplicación de los panes y los peces, discurso del pan de vida en el que Jesús hace referencia a Dios que, como lo alimentó en el desierto con el maná (cf. Jn 6, 30-34), ahora y en los nuevos tiempos alimenta al hombre nuevo con el pan de la Alianza Nueva: el mismo Cristo Jesús. Es el alimento de la tierra para la vida eterna, porque es la voluntad del Padre que todo el que ve al Hijo y cree en él, tenga vida eterna (Jn 6,40). Por eso Jesús dice de sí mismo: Yo soy el pan de la vida. Los padres de ustedes comieron  en el desierto el maná y murieron: este es el pan que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo (Jn 6, 48-51). No hay que buscar explicaciones ni doble sentido, pues el mismo Jesús  es quien lo explica: Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él (Jn 6,55-56).

Así la misa no la podemos tomar ni vivir de cualquier manera ya que indica san Pablo: Por eso, cada vez que comen de este pan y beben del cáliz prolongan la muerte del Señor hasta que vuelva (1Cor 11,26). Y hacerlo con humildad y dignidad: Porque quien come y bebe sin discernir el cuerpo y la carne del Señor come y bebe su propia condenación (1Cor 11,29).

Realidad nueva: Al ser alimentados así con esta realidad totalmente nueva y única del Cuerpo y de la Sangre de Cristo llegamos a la realidad  de hombres nuevos, mujeres nuevas. San Agustín nos explica muy bien esta transformación: con el alimento material lo que sucede que lo que comemos, lo asimilamos y convertimos en nuestra carne; sin embargo, en la Comunión al recibir el Cuerpo y la Sangre de Jesús nosotros nos trasformamos en ese alimento del que participamos, en Cristo. Se realiza plenamente lo que san Pablo dice que nos trasformamos en otros “cristos”, criaturas nuevas.

En al Eucaristía nace y crece la comunidad: La Iglesia, la diócesis, la parroquia, mi familia, mi grupo… Estoy parodiando un poco a san Agustín que afirma que la Eucaristía crea y alimenta a la comunidad. Justamente para denominar este sacramento se han usado y se usan tanto en el lenguaje común como en el teológico distintos términos y muy bonitos y precisos, y entre todos ellos el que más fuerza tiene y se usa es comunión.

Comunión = desde fácil percepción de su raíz lingüística latina de unión común. El recibir a Cristo como alimento nos une a Él y en Él y a través de Él a todos los miembros de la comunidad. Es un sacramento que nos obliga a estar siempre unidos a Cristo  y nos obliga a alejarnos constantemente del pecado y en fraternidad pues es el sacramento de los hermanos. Para vivir constantemente por Cristo y con Él podríamos preguntarnos y respondernos: ¿Qué haría Jesús en esta situación concreta? ¿Qué diría al hermano, a la hermana? ¿Con qué palabras corregiría al que yerra y al que tengo la obligación fraterna de llamarle la atención? Aún más: unidos a Cristo en la alegría y el dolor en lo favorable y en lo penoso… y eso con el que me trata bien o con el que no me trata tan bien… Es “cristianizar” todo. Cristo en todo y yo con todos los hermanos en Cristo Jesús, Señor y Salvador nuestro.

La Eucaristía y la fraternidad: San Justino es un filósofo  convertido al cristianismo en el siglo II, escribió textos importantes como sobre la Eucaristía que trascribimos, uno de los primeros testimonios que disponemos:

Terminadas las oraciones, nos damos el ósculo de la paz. Luego, se ofrece pan… y vino a quien hace cabeza, que los toma, y da alabanza y gloria al Padre del universo, en nombre de su Hijo y por el Espíritu Santo. […] Y cuando ha terminado las oraciones y la acción de gracias, todo el pueblo presente aclama diciendo: Amén […] Cuando el primero ha dado gracias y todo el pueblo ha aclamado, los que llamamos diáconos dan a cada asistente parte del pan y del vino con agua sobre los que se pronunció la acción de gracias, y también lo llevan a los ausentes. A este alimento lo llamamos Eucaristía. A nadie le es lícito participar si no cree que nuestras enseñanzas sean verdaderas, ha sido lavado en el baño de la remisión de los pecados y la regeneración (Bautismo), y vive conforme a lo que Cristo nos enseñó. Porque no los tomamos como pan o bebida comunes, sino que, así como Jesucristo, Nuestro Salvador, se encarnó por virtud del Verbo de Dios para nuestra salvación, del mismo modo nos han enseñado que esta comida—de la cual se alimentan nuestra carne y nuestra sangre—es la Carne y la Sangre del mismo Jesús encarnado, pues en esos alimentos se ha realizado el prodigio mediante la oración que contiene las palabras del mismo Cristo. […]

El día que se llama del sol [el domingo], se celebra una reunión de todos los que viven en las ciudades o en los campos, y se leen los recuerdos de los Apóstoles o los escritos de los profetas, mientras hay tiempo. […] Entonces viene la distribución y participación de los alimentos consagrados por la acción de gracias y su envío a los ausentes por medio de los diáconos. Los que tienen y quieren, dan libremente lo que les parece bien; lo que se recoge se entrega al que hace cabeza para que socorra con ello a huérfanos y viudas, a los que están necesitados por enfermedad u otra causa, a los encarcelados, a los forasteros que están de paso: en resumen, se le constituye en proveedor para quien se halle en la necesidad. Celebramos esta reunión general el día del sol, por ser el primero, en que Dios, transformándolas tinieblas y la materia, hizo el mundo; y también porque es el día en que Jesucristo, Nuestro Salvador, resucitó de entre los muertos.

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