Solemnidad de la Santísima Trinidad “Bautizados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo

Escrito en 03/06/2012 por Rita de Casia en Reflexiones Dominicales

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Santísima Trinidad

Desorientados ante la fiesta de la Santísima Trinidad:

Podemos pensar, y acertaremos seguramente, que son muchos los cristianos que tienen una idea triste y aburrida de Dios. Para ellos Dios es como un ser sin rostro, frío e impersonal, lejano y ausente… Y si a esas personas les expresamos nuestra fe en un Dios único en tres personas distintas  no se inmutarán, seguirán más o menos igual… buenas personas, rectos a su modo, seguirán sintiéndose buenos, quizás de Misa diaria o al menos dominical, piadosos, etc., etc. O seguirán su lejanía de la Iglesia. Se acostumbran a no preguntarse sobre su fe y a no vivirla como debe ser.

Desde la fe:

No estamos para exigir decir hay que hacer un acto de fe, y  aceptarlo.  Fue valido. Años atrás estabas en la catequesis y preguntabas sobre cómo era eso del Misterio de la Santísima Trinidad y te hacía callar la catequista o el mismo sacerdote y te decían: es un misterio y chau. Quizás te contasen alguna leyenda bonita como la de san Agustín y el niño, que quería vaciar el mar en un pocito. El santo de Hipona se extraña y le dice: Eso es imposible. Y el niño le responde: más difícil es lo que intentas tú y que es lo que estas pensando: meter en tu mente el misterio de la Santísima Trinidad.

Así que  buscaré pistas que me ayuden a llevar a mi vida  la idea de un Dios que es Dios Padre, y es Hijo, y no se concibe sin el Espíritu Santo. Espero, asimismo, que mi reflexión les ayude a acercarse con más gusto al Dios Trino. Conocemos la historia del amor de Padre que nos envía a su Hijo a contarnos lo que podríamos ser si apostáramos por su proyecto. Y celebrando la Trinidad nos asomamos a la influencia del soplo que nos acompaña desde cuando no éramos nada,  convirtiéndonos en alguien. Y es el mismo Espíritu al que  Isaías aludía para contar que era el enviado para anunciar la liberación a los cautivos y a los humildes  la salvación. El del camino de Emaús, y el de Pentecostés,  el que llena a las personas de valor para hacer lo que nunca pensaron que se atreverían. Nuestro  Dios es el Dios uno y trino, el que es todo en su esencia, Padre, Hijo y Espíritu Santo, que nos lleva a sentirnos hijos amados, nos enseña a comportarnos como padres amorosos con nuestros semejantes, y nos da la fuerza del  Espíritu en toda situación. Recibimos el Bautismo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Aprendemos de nuestros padres la señal de la Cruz, también en nombre de los tres. Cada Eucaristía, cada sacramento, cada viaje y cada día  los consagramos con este gesto. Al encarnar a su hijo  haciendo que naciera de mujer, Dios nos dio la cercanía definitiva, la prueba de querer ser uno entre nosotros. También nos dio la posibilidad de sentirnos representados, comprendidos en nuestras penas por Aquel que  vino a ser como nosotros. La fiesta de la Trinidad, representando al mayor misterio de la fe, nos trae al momento de mayor identificación entre  Dios y los hombres. Y nos llega el momento de decidir qué vamos a hacer con éste regalo. Podemos dejar a Dios en sus tres figuras allá arriba, en un sitio en el que poder adorarle, pero lejano y poco influyente. Es cómodo. Podemos recibir su amor de Padre como hijos, para ayudarnos a vivir lo más cerca posible de su Hijo. Y al Espíritu podemos incorporarlo a nuestra vida como la influencia primordial, o disfrutarlo como a un vientecillo agradable que nos refresca y se va sin dejar mayor huella. El misterio de la Trinidad, aún siendo indescifrable, no tiene por qué ser algo fuera de nuestra vida cotidiana. Porque lleva en sí lo más entrañable de nuestra historia con Dios Padre, y puede, si le dejamos, ocupar el lugar preferente de nuestro ser cristianos.

PARA LA ORACION

Dios Trinidad que nos has creado, nos salvas y nos empujas a vivir favoreciendo la fraternidad humana; mira a tu Iglesia aquí reunida y haz que al escuchar tu Palabra y llenarse de tu fuerza sea capaz de buscar en todo la relación, el entendimiento y la paz entre las personas y los pueblos.

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De verdad es necesario para nuestra vida, Señor, reconocerte como el Dios Bueno, presente en todo momento en la vida humana, capaz de acoger, de levantar y de salvar. Si Dios significa tres Personas divinas en eterna comunión, entonces tenemos que saber que también nosotros, sus hijos e hijas, estamos llamados a la comunión, pues somos imagen y semejanza de la Trinidad. La soledad es el infierno. Nadie es una isla; estamos rodeados de personas, dando y recibiendo, construyendo juntos una convivencia rica, abierta, que respete la diferencia y beneficie a todos.

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Te damos gracias, Dios Trinidad, porque nos has unido en esta fiesta de la Hermandad, anticipo y presencia de lo que entre todos, con la fuerza de tu espíritu, estamos llamados a crear a realidades nuevas. Que sepamos hacer nuestra la llamada de Jesús para que, llenado a todos y todo del Evangelio podamos descubrir la grandeza y la dignidad de ser tus hijos y vivir en comunidad de hermanos.

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Nos prostramos, Señor, en tu presencia. Te reconocemos como nuestro verdadero camino, la única verdad y la única meta. Sin ti, ¿a dónde iríamos? Tú tienes palabras de vida eterna.

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Hoy más que nunca te alabamos y proclamamos con la doxología que tantas veces rezamos: Gloria al Padre, y al Hijo y al Espíritu Santo, como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

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