Solemnidad de Pentecostés “Reciban el Espíritu Santo”

Escrito en 03/06/2012 por Rita de Casia en Reflexiones Dominicales

VEN ESPÍRITU (VÍDEO)

Hech 2,1-11

Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en un mismo lugar.
De repente vino del cielo un ruido como el de una ráfaga de viento impetuoso, que llenó toda la casa en la que se encontraban.
Se les aparecieron unas lenguas como de fuego que se repartieron y se posaron sobre cada uno de ellos;
quedaron todos llenos del Espíritu Santo y se pusieron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse.
Había en Jerusalén hombres piadosos, que allí residían, venidos de todas las naciones que hay bajo el cielo.
Al producirse aquel ruido la gente se congregó y se llenó de estupor al oírles hablar cada uno en su propia lengua.
Estupefactos y admirados decían: «¿Es que no son galileos todos estos que están hablando?
Pues ¿cómo cada uno de nosotros les oímos en nuestra propia lengua nativa?
Partos, medos y elamitas; habitantes de Mesopotamia, Judea, Capadocia, el Ponto, Asia,
Frigia, Panfilia, Egipto, la parte de Libia fronteriza con Cirene, forasteros romanos,
judíos y prosélitos, cretenses y árabes, todos les oímos hablar en nuestra lengua las maravillas de Dios.»

Sal 103,1.24. 29 – 31

R. Envía tu Espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra.

Bendice al Señor, alma mía:
¡Señor, Dios mío, qué grande eres!
Estás vestido de esplendor y majestad
¡Qué variadas son tus obras, Señor!
¡Todo lo hiciste con sabiduría,
la tierra está llena de tus criaturas!

Si escondes tu rostro, se espantan;
si les quitas el aliento, expiran y vuelven al polvo.
Si envías tu aliento, son creados,
y renuevas la superficie de la tierra.

¡Gloria al Señor para siempre,
alégrese el Señor por sus obras!
que mi canto le sea agradable,
y yo me alegraré en el Señor.

Carta de San Pablo a los Gálatas 5,16-25.

Yo los exhorto a que se dejen conducir por el Espíritu de Dios, y así no serán arrastrados por los deseos de la carne.
Porque la carne desea contra el espíritu y el espíritu contra la carne. Ambos luchan entre sí, y por eso, ustedes no pueden hacer todo el bien que quieren.
Pero si están animados por el Espíritu, ya no están sometidos a la Ley.
Se sabe muy bien cuáles son las obras de la carne: fornicación, impureza y libertinaje,
idolatría y superstición, enemistades y peleas, rivalidades y violencias, ambiciones y discordias, sectarismos, disensiones
y envidias, ebriedades y orgías, y todos los excesos de esta naturaleza. Les vuelvo a repetir que los que hacen estas cosas no poseerán el Reino de Dios.
Por el contrario, el fruto del Espíritu es: amor, alegría y paz, magnanimidad, afabilidad, bondad y confianza,
mansedumbre y temperancia. Frente a estas cosas, la Ley está de más,
porque los que pertenecen a Cristo Jesús han crucificado la carne con sus pasiones y sus malos deseos.
Si vivimos animados por el Espíritu, dejémonos conducir también por él.

Evangelio según San Juan 15,26-27.16,12-15.

Cuando venga el Paráclito que yo les enviaré desde el Padre, el Espíritu de la Verdad que proviene del Padre, él dará testimonio de mí.
Y ustedes también dan testimonio, porque están conmigo desde el principio.
Todavía tengo muchas cosas que decirles, pero ustedes no las pueden comprender ahora.
Cuando venga el Espíritu de la Verdad, él los introducirá en toda la verdad, porque no hablará por sí mismo, sino que dirá lo que ha oído y les anunciará lo que irá sucediendo.
El me glorificará, porque recibirá de lo mío y se lo anunciará a ustedes.
Todo lo que es del Padre es mío. Por eso les digo: ‘Recibirá de lo mío y se lo anunciará a ustedes’

Homilía:

Llegamos al final de la celebración litúrgica del tiempo de Pascua. Es un tiempo en que celebramos para vivir la Resurrección de Cristo, pues Él ha pasado  – Pascua – de la vida terrena a la Vida eterna. Mostrando lo que Él había dicho: He venido para que tengan vida y la tengan en abundancia. El que cree en mí no morirá para siempre. Y la fiesta de Pentecostés es la plenitud de la manifestación  de esa vida, pues  nos lleva a vivir esta fiesta de hoy en esta doble realidad:

Þ  Por la acción del Espíritu Santo, promotor de todo, nos proveemos de todo don y gracia para poder hacer el bien.

Þ   Por la acción del Espíritu Santo  se constituye la Iglesia, comunidad de salvación, donde nos ayudamos y nos fortalecemos tanto para gozar de los dones del Espíritu y ayudarnos mutuamente con ellos. No es lo mismo ir solo en el camino de al santidad que acompañados por otros hermanos.

Desde esta perspectiva vamos a desgranar algunos puntos concretos de las lecturas bíblicas escuchadas:

Del libro de los Hechos de los Apóstoles: hemos escuchado el acontecimiento de Pentecostés, donde los discípulos de Jesús en el Cenáculo  estaban reunidos en un mismo lugar y no estaban reunidos de cualquier manera, pues leemos: Todos ellos perseveraban unánimes en la oración, junto con algunas mujeres y María, la Madre de Jesús y sus parientes (Hech 1,14). Dos cosas para recalcar: perseverancia y unidad de aquella comunidad en la oración y la aparición de la Madre, Interesante. Llega Pentecostés y el relato nos da la característica principal de la unidad, pues el que lee el relato, ve el substrato de la torre de Babel. En este acontecimiento la multitud se divide y no llegan a entenderse en multitud de lenguas. Es la fuerza del Espíritu Santo que abre la mente y el corazón: cada uno de nosotros los oímos hablar de las maravillas de Dios en nuestra propia lengua (Hech 2,11).

San Pablo en la carta a los Gálatas nos habla del antagonismo que sufrimos cada uno de nosotros. Lo expresaba el poeta latino: Veo lo mejor y lo apruebo; sigo lo peor. Necesitamos la fuerza del Espíritu Santo para la caer en esa división, sino vivir el bien, vivir, como nos ha dicho san Pablo, amor, alegría, paz, comprensión, servicio, bondad, lealtad, amabilidad, dominio de sí…

En el Evangelio de san Juan se nos dice que al enviarnos el Padre al Espíritu Santo  de la verdad nos capacita para distinguir las incoativas del diablo y fortalecernos en el camino del bien. Es poder vivir lo que hemos mencionado anteriormente de la carta a los gálatas.

PARA LA ORACION

Padre nuestro, nuestra comunidad a veces se parece al valle lleno de huesos calcinados del que habla el profeta Ezequiel. Tu Espíritu les hizo revivir por la fuerza del Espíritu que les fue infundido. Infunde también en nuestros corazones tu aliento de vida, para que el Espíritu que recibimos en nuestros corazones pueda reanimarnos de nuevo. Así, llenos de sus dones, podremos ser testigos de Jesús en nuestro mundo.

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Padre, te vamos a presentar el pan y el vino y ponerlos sobre el altar para que baje tu Espíritu sobre ellos y les transforme en Pan de vida y bebida de salvación. Con ellos presentamos también nuestra pobreza y tantos problemas que nos afligen. Que este mismo Espíritu, Padre, se pose sobre nosotros para que podamos colaborar con esperanza en la transformación de nuestra sociedad.

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Gracias, Padre, por el don de tu Hijo Jesús, nuestro Salvador. Él nos ha mostrado tu rostro de amor y nos ha presentado el proyecto de tu Reinado. Con su predicación y su fidelidad puso el fundamento de tu Reinado entre nosotros. Con su muerte y su resurrección nos ha salvado y nos ha introducida en tu casa como hijos. Su Espíritu se derramó sobre el mundo desde su costado abierto en la cruz.

Después de subir a tu derecha nos regala los dones del mismo Espíritu, cumpliendo así su promesa.

Hoy toda tu familia, reunida  con gozo para darte gracias,  te alaba con los ángeles y santos.

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En esta celebración, te damos gracias, Padre, por el don de tu Espíritu que has derramado en nuestros corazones. Que la  eucaristía alimente nuestra hambre y sed de amor y de vida.

Ayúdanos con tu gracia para ser testigos de Jesús en nuestros ambientes de cada día.  Amén.

Fray José Jimenez de Jubera Rubio OAR

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