II Domingo de Pascua, Ciclo “B”, Fiesta del Señor de la Misericordia,  8 de abril del 2016             

Escrito en 07/04/2018 por Rita de Casia en Reflexiones Dominicales

Necesitamos transformarnos

LaDivinaMisericordiaDía a día es necesaria la transformación, porque si no se cumple el dicho: el que no avanza, retrocede. Un campesino hace décadas, ¿cuánto añoro lo tiempos en los Andes!, me decía: He vivido en la oscuridad sin tener en cuenta a nadie, no solo tenía a Dios olvidado, sino también a mi esposa y a mis hijos. Y añadía: Cuando fue aprendiendo el menaje de Jesús en los evangelios, empecé a ser otro, llegando a descubrir gozosamente qué es tener una esposa y unos hijos.  Otro testimonio que, además, nos muestra cómo la buena práctica de la religión humaniza a las personas. Es el testimonio de una mujer campesina. Le pregunté cómo le afectaba que su esposo estuviese una semana entera en un curso de catequistas y, por tanto, fuera de casa. Mas o menos me respondió: Antes de que se convirtiese sí sufría, pues desaparecía dos o tres días sin saber dónde se encontraba. Ahora no solo sé dónde se encuentra, sino que espero que regrese porque ponemos en común bastante de lo que él ha aprendido y nuestras relaciones se mejoran. El hecho de que él no esté, sé que cuento con los hermanos de la comunidad, me siento protegida.

Este testimonio tiene su base en la muerte y resurrección de Cristo Jesús, porque nos ilumina para ver la vida y las relaciones con la familia y con los demás con una nueva perspectiva.  El pecado es el peor mal que puede suceder y causa de los problemas de la comunidad nuestra y mundial. De los primeros cristianos, por su cambio de vida, decían los de fuera: Mirad cómo se aman.

Textos bíblicos

  • Hechos 4,32-35: Los apóstoles daban testimonio de la resurrección de Jesús con mucho valor.

  • Salmo 117, 2-4.16b-18.22-24: Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia.

  • 1Juan 5,1-6: ¿Quién es el que vence al mundo, sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?

  • Juan 20, 19-31: Recibid el Espíritu Santo, a quienes perdonéis los pecados, perdonados los tienen.

El mensaje de cada una de las lecturas

  1. Jesús resucitado llega al Cenáculo sonde están los apóstoles encerrados por el miedo. El miedo da paso a la paz y a la alegría, pues lo que había dicho Jesús se está cumpliendo. Y esto, ¿a qué los lleva? Una misma fe a una misma vida, a hacer comunidad, un solo sentir, un solo amor, los bienes en común, aunque los especialistas afirmen que estos textos del libro de los Hechos muestran más la utopía a la que quieren llegar. Ya hemos dicho qué cómo vivían, llamó la atención de tal manera que llegaron a decir de ellos: Mirad cómo se aman.

  2. A ti, lector, lectora, queridos lectores y yo mismo os pongo en consideración que somos hijos de Dios. Somos todos hermanos, aunque suene un poco raro en la sociedad discriminadora en al que vivimos; porque en ella cuenta el ser mujer o varón, ser blanco o negro, ser emigrante, de tal raza, de tal religión… ¡Qué anticristianismo! Es en Cristo resucitado en el que se fundamenta el reino del amor. ¿Cómo amas? Respóndete con sinceridad y descubrirás cómo es tu ser hijo de Dios.

  • La vida de Jesús para sus discípulos termina el día de su muerte, de andar con él encantados, les queda solamente el miedo. La consecuencia es pánico y dispersión. Se habían ido juntando para unirse en el miedo en el Cenáculo, con puertas y ventanas cerradas, aparece el Resucitado. Él les dice: no tengáis, miedo, mi paz os dejo… Lo más importante es el perdón, porque donde lo hay, se superan los odios, las venganzas, las guerras… Recibid el Espíritu Santo, a quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos. Hay un dato en el evangelio que me importa gratamente no pasar por alto: la incredulidad de Tomás. Un comentario que hace san Agustín y que cito más o menos de memoria: Gracias, Tomás, porque por ti escuchamos de Jesús estas palabras para nosotros: “Dichosos los que creen sin haber visto”.

La fe

Es un don gratuito de la bondad de Dios.

Nosotros solo podemos pedir que nos la conceda y ser fieles a ella, consecuente con los que creemos. En el mundo que nos rodea encontramos como moda o por intereses especiales el afirmar no tengo fe o perseguir o ridiculizar a los que afirman que la tienen.  En el fondo son ciegos que quieren guiar a otros ciesgos, como dice el Maestro. La actitud que debemos tomar es quitar el miedo, como al ciego del camino que le pedían los que iban con Jesús que no molestase al Maestro y él dice con voz más fuerte: Hijo de David, ten compasión de mí (cf. 10, 46-52).

Insistir en tener y permanecer en la fe es un compromiso con el amor de Dios, descubriendo su presencia en mí y en los demás; porque es vivir la fe de Cristo contemplando desde el amor del Padre en la Creación a la Redención del Hijo y la actual santificación por obra del Espíritu Santo. La fe quita el miedo, porque la luz de Cristo Jesús nos ilumina.

Oración en el día del “Señor de la Misericordia”

Tú, buen Jesús, aceptaste el camino, marcado por el Padre para ser rico en misericordia llegando al sacrificio por nosotros en la cruz. Bienaventurados los misericordiosos, dice el Maestro. Quiero ser bienaventurado siendo misericordioso, llevando amor a todos los que me rodean.

¡Que me mantenga fiel en tu fe! ¡Gracias, Señor Jesús!

Fray José Jimenes de Jubera oar.

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