I Domingo de Cuaresma: JESÚS TENTADO EN EL DESIERTO (Lc. 4, 1 – 13)

Escrito en 18/02/2013 por Rita de Casia en Reflexiones Dominicales

 

Deuteronomio 26,4-10.

El sacerdote tomará la canasta que tú le entregues, la depositará ante el altar,
y tú pronunciarás estas palabras en presencia del Señor, tu Dios: “Mi padre era un arameo errante que bajó a Egipto y se refugió allí con unos pocos hombres, pero luego se convirtió en una nación grande, fuerte y numerosa.
Los egipcios nos maltrataron, nos oprimieron y nos impusieron una dura servidumbre.
Entonces pedimos auxilio al Señor, el Dios de nuestros padres, y él escuchó nuestra voz. El vio nuestra miseria, nuestro cansancio y nuestra opresión,
y nos hizo salir de Egipto con el poder de su mano y la fuerza de su brazo, en medio de un gran terror, de signos y prodigios.
El nos trajo a este lugar y nos dio esta tierra que mana leche y miel.
Por eso ofrezco ahora las primicias de los frutos del suelo que tú, Señor, me diste”. Tu depositarás las primicias ante el Señor, tu Dios, y te postrarás delante de él.
Salmo 91(90),1-2.10-11.12-13.14-15.

Tú que vives al amparo del Altísimo
y resides a la sombra del Todopoderoso,
di al Señor: “Mi refugio y mi baluarte,
mi Dios, en quien confío”.
No te alcanzará ningún mal,
ninguna plaga se acercará a tu carpa,

porque hiciste del Señor tu refugio
y pusiste como defensa al Altísimo
Ellos te llevarán en sus manos
para que no tropieces contra ninguna piedra;
caminarás sobre leones y víboras,
pisotearás cachorros de león y serpientes.

“El se entregó a mí,
por eso, yo lo glorificaré;
lo protegeré, porque conoce mi Nombre;
me invocará, y yo le responderé.
Estaré con él en el peligro,
lo defenderé y lo glorificaré.

Carta de San Pablo a los Romanos 10,8-13.

¿Pero qué es lo que dice la justicia?: La palabra está cerca de ti, en tu boca y en tu corazón, es decir la palabra de la fe que nosotros predicamos.
Porque si confiesas con tu boca que Jesús es el Señor y crees en tu corazón que Dios lo resucitó de entre los muertos, serás salvado.
Con el corazón se cree para alcanzar la justicia, y con la boca se confiesa para obtener la salvación.
Así lo afirma la Escritura: El que cree en él, no quedará confundido.
Porque no hay distinción entre judíos y los que no lo son: todos tienen el mismo Señor, que colma de bienes a quienes lo invocan.
Ya que todo el que invoque el nombre del Señor se salvará.
Evangelio según San Lucas 4,1-13.

Jesús, lleno del Espíritu Santo, regresó de las orillas del Jordán y fue conducido por el Espíritu al desierto,
donde fue tentado por el demonio durante cuarenta días. No comió nada durante esos días, y al cabo de ellos tuvo hambre.
El demonio le dijo entonces: “Si tú eres Hijo de Dios, manda a esta piedra que se convierta en pan”.
Pero Jesús le respondió: “Dice la Escritura: El hombre no vive solamente de pan”.
Luego el demonio lo llevó a un lugar más alto, le mostró en un instante todos los reinos de la tierra
y le dijo: “Te daré todo este poder y el esplendor de estos reinos, porque me han sido entregados, y yo los doy a quien quiero.
Si tú te postras delante de mí, todo eso te pertenecerá”.
Pero Jesús le respondió: “Está escrito: Adorarás al Señor, tu Dios, y a él solo rendirás culto”.
Después el demonio lo condujo a Jerusalén, lo puso en la parte más alta del Templo y le dijo: “Si tú eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo,
porque está escrito: El dará órdenes a sus ángeles para que ellos te cuiden.
Y también: Ellos te llevarán en sus manos para que tu pie no tropiece con ninguna piedra”.
Pero Jesús le respondió: “Está escrito: No tentarás al Señor, tu Dios”.
Una vez agotadas todas las formas de tentación, el demonio se alejó de él, hasta el momento oportuno.

 

 

Soberbia:

Es la idea saltante que ha brotado en mí leyendo y meditando las lecturas bíblicas de hoy y me ha llevado a buscar el significado preciso de esta palabra en el diccionario. Este es el significado principal que el diccionario pone de Soberbia: Altivez y apetito desordenado de ser preferido a otros. Altivez y apetito desordenado es la base de la soberbia y es lo que vemos en la realidad que vive la mayor parte de los que nos rodean. En los tiempos que corren en que tanto se habla de corrupción, es importante fijarnos en Cristo Jesús en el ejemplo que nos da en las tentaciones con el rechazo a toda esta realidad de hipocresía y falsedad y a poner nuestra fuerza en Dios. El apetito desordenado se va apoderando de las personas hasta llegar a olvidar los principios de ética y de moral en que fueron formados acompañaban. Dice un autor que encontramos a muchos dispuestos a decirnos cómo consiguieron los cien primeros euros en sus economías, pero no encontraremos tan fácilmente a  quien nos diga cómo consiguió su último millón de euros. En las tentaciones del diablo a Jesús aparecen la altivez y el intentar mover el apetito desordenado en Jesús para la realización de su misión de  Mesías, para que use los caminos que le propone el diablo, para conseguir frutos más rápidos y llamativos en su misión, para que llegue a tener todo el poder y la gloria si se arrodilla ante él, si sigue el camino que le muestra.

La picardía en la tentación:

El diablo representa el lado seductor de las tentaciones. Es su picardía, su experiencia de siglos de conocer el barro del ser humano, la debilidad, que conlleva.  Si la tentación se presentase descaradamente como  ambición en  el poder, en el tener y en el placer… no atraería a tantos y caerían menos en sus redes. “Pero toda esa actitud que lleva a la soberbia el diablo la presenta mediante razones espirituales, para dar gloria a Dios”, para que Jesús, el Mesías, se ilusione de tener más eficacia en la misión encomendada por su Padre. Máscaras y caretas de un mundo hipócrita. Nos ha sucedido más de una vez a nosotros mismos que, reflexionado después de haber caído en un pecado, brota en nuestro interior el reconocimiento de ese poder seductor que nos ha hecho caer bobamente, pues decimos interiormente: ¡Que tonto he sido, cómo me he dejado engañar!

¿Cómo descubrir esta malicia en nuestras vidas?

El pueblo de Israel descubrió en la historia de sus miembros  y de forma colectiva en todo el pueblo  a dónde había llegado por actuar a su aire, según sus instintos, al margen de Dios. Le llevó a sufrir multitud de desgracias personales y colectivas. Por eso, el libro del Deuteronomio busca mantener vivas las acciones de Dios en su pueblo para que este no caiga en las mismas miserias que sus antepasados. Hay que reconocer los orígenes humildes de ese pueblo, las vicisitudes de su historia en Egipto, de donde, el Dios solícito, los sacó con mano fuerte y brazo extendido. Y entonces manda hacer a todo israelita la ofrenda anual de las primicias de los frutos del campo y que lo haga con una hermosa oración de humildad y de agradecimiento: Por eso, ahora traigo aquí las primicias de los frutos del  campo que tú, Señor, me has dado (Dt 26,10).

En Cristo Jesús está la verdadera salvación:

Nos lo ha dicho san Pablo, que no la busquemos en las  cosas y potencias humanas, sino en Cristo Jesús: porque nadie que crea en él, quedará confundido (Rm 10,11).

Al iniciar la santa Cuaresma:

Iniciamos la Cuaresma y propongo que nos comprometamos a seguir en ella el camino de la humildad y el agradecimiento, porque en donde hay un corazón agradecido, hay un corazón humilde y al revés: la humildad lleva necesariamente al agradecimiento y este a Dios y a los hermanos, a todo el que encuentre en mi camino.

No voy a hablar de la humildad, pues creo que basta con que recemos con devoción la hermosa oración de san Francisco de Asís:

Oh, Señor, hazme un instrumento de tu paz;
d
onde hay odio, que lleve yo  el amor;
donde haya ofensa, que lleve yo  el perdón;
donde haya discordia, que lleve yo  la unión;
donde haya duda, que lleve yo la fe;
donde haya error, que lleve yo la verdad;
d
onde haya desesperación, que lleve yo la alegría;

donde haya tinieblas, que lleve yo la luz.

Oh, Maestro, haced que yo no busque tanto ser consolado, sino consolar;
ser comprendido, sino comprender;
ser amado, sino amar.

Porque es:
dando, que se recibe;
perdonando, que se es perdonado;
muriendo, que se resucita a la
Vida eterna.

Fray José Jiménez de Jubera Rubio OAR

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