EL ESPÍRITU DE SEÑOR ESTÁ SOBRE MÍ (Domingo III del Tiempo Ordinario)

Escrito en 30/01/2013 por Rita de Casia en Reflexiones Dominicales

 

 Libro de Nehemías 8,2-4a.5-6.8-10.

El sacerdote Esdras trajo la Ley ante la Asamblea, compuesta por los hombres, las mujeres y por todos los que podían entender lo que se leía. Era el primer día del séptimo mes.
Luego, desde el alba hasta promediar el día, leyó el libro en la plaza que está ante la puerta del Agua, en presencia de los hombres, de las mujeres y de todos los que podían entender. Y todo el pueblo seguía con atención la lectura del libro de la Ley.
Esdras, el escriba, estaba de pie sobre una tarima de madera que habían hecho para esa ocasión. Junto a él, a su derecha, estaban Matitías, Semá, Anaías, Urías, Jilquías y Maaseías, y a su izquierda Pedaías, Misael, Malquías, Jasúm, Jasbadaná, Zacarías y Mesulám.
Esdras abrió el libro a la vista de todo el pueblo – porque estaba más alto que todos – y cuando lo abrió, todo el pueblo se puso de pie.
Esdras bendijo al Señor, el Dios grande y todo el pueblo, levantando las manos, respondió: “¡Amén! ¡Amén!”. Luego se inclinaron y se postraron delante del Señor con el rostro en tierra.
Ellos leían el libro de la Ley de Dios, con claridad, e interpretando el sentido, de manera que se comprendió la lectura.
Entonces Nehemías, el gobernador, Esdras, el sacerdote escriba, y los levitas que instruían al pueblo, dijeron a todo el pueblo: “Este es un día consagrado al Señor, su Dios: no estén tristes ni lloren”. Porque todo el pueblo lloraba al oír las palabras de la Ley.
Después añadió: “Ya pueden retirarse; coman bien, beban un buen vino y manden una porción al que no tiene nada preparado, porque este es un día consagrado a nuestro Señor. No estén tristes, porque la alegría en el Señor es la fortaleza de ustedes”. 


Salmo 19(18),8.9.10.15.

La ley del Señor es perfecta,
reconforta el alma;
el testimonio del Señor es verdadero,
da sabiduría al simple.

Los preceptos del Señor son rectos,
alegran el corazón;
los mandamientos del Señor son claros,
iluminan los ojos.

La palabra del Señor es pura,
permanece para siempre;
los juicios del Señor son la verdad,
enteramente justos.

¡Ojalá sean de tu agrado
las palabras de mi boca,
y lleguen hasta ti mis pensamientos,
Señor, mi Roca y mi redentor!

Þ  

Carta I de San Pablo a los Corintios 12,12-30.

Þ   Así como el cuerpo tiene muchos miembros, y sin embargo, es uno, y estos miembros, a pesar de ser muchos, no forman sino un solo cuerpo, así también sucede con Cristo.
Porque todos hemos sido bautizados en un solo Espíritu para formar un solo Cuerpo -judíos y griegos, esclavos y hombres libres- y todos hemos bebido de un mismo Espíritu.
El cuerpo no se compone de un solo miembro sino de muchos.
Si el pie dijera: “Como no soy mano, no formo parte del cuerpo”, ¿acaso por eso no seguiría siendo parte de él?
Y si el oído dijera: “Ya que no soy ojo, no formo parte del cuerpo”, ¿acaso dejaría de ser parte de él?
Si todo el cuerpo fuera ojo, ¿dónde estaría el oído? Y si todo fuera oído, ¿dónde estaría el olfato?
Pero Dios ha dispuesto a cada uno de los miembros en el cuerpo, según un plan establecido.
Porque si todos fueran un solo miembro, ¿dónde estaría el cuerpo?
De hecho, hay muchos miembros, pero el cuerpo es uno solo.
El ojo no puede decir a la mano: “No te necesito”, ni la cabeza, a los pies: “No tengo necesidad de ustedes”.
Más aún, los miembros del cuerpo que consideramos más débiles también son necesarios,
y los que consideramos menos decorosos son los que tratamos más decorosamente. Así nuestros miembros menos dignos son tratados con mayor respeto,
ya que los otros no necesitan ser tratados de esa manera. Pero Dios dispuso el cuerpo, dando mayor honor a los miembros que más lo necesitan,
a fin de que no haya divisiones en el cuerpo, sino que todos los miembros sean mutuamente solidarios.
¿Un miembro sufre? Todos los demás sufren con él. ¿Un miembro es enaltecido? Todos los demás participan de su alegría.
Ustedes son el Cuerpo de Cristo, y cada uno en particular, miembros de ese Cuerpo.
En la Iglesia, hay algunos que han sido establecidos por Dios, en primer lugar, como apóstoles; en segundo lugar, como profetas; en tercer lugar, como doctores. Después vienen los que han recibido el don de hacer milagros, el don de curar, el don de socorrer a los necesitados, el don de gobernar y el don de lenguas.
¿Acaso todos son apóstoles? ¿Todos profetas? ¿Todos doctores? ¿Todos hacen milagros?
¿Todos tienen el don de curar? ¿Todos tienen el don de lenguas o el don de interpretarlas? 


Evangelio según San Lucas 1,1-4.4,14-21.

Muchos han tratado de relatar ordenadamente los acontecimientos que se cumplieron entre nosotros,
tal como nos fueron transmitidos por aquellos que han sido desde el comienzo testigos oculares y servidores de la Palabra.
Por eso, después de informarme cuidadosamente de todo desde los orígenes, yo también he decidido escribir para ti, excelentísimo Teófilo, un relato ordenado,
a fin de que conozcas bien la solidez de las enseñanzas que has recibido.
Jesús volvió a Galilea con del poder el Espíritu y su fama se extendió en toda la región.
Enseñaba en las sinagogas y todos lo alababan.
Jesús fue a Nazaret, donde se había criado; el sábado entró como de costumbre en la sinagoga y se levantó para hacer la lectura.
Le presentaron el libro del profeta Isaías y, abriéndolo, encontró el pasaje donde estaba escrito:
El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado por la unción. El me envió a llevar la Buena Noticia a los pobres, a anunciar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, a dar la libertad a los oprimidos
y proclamar un año de gracia del Señor.
Jesús cerró el Libro, lo devolvió al ayudante y se sentó. Todos en la sinagoga tenían los ojos fijos en él.
Entonces comenzó a decirles: “Hoy se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír”.

 

¿Para qué se escribieron los evangelios?

Nace esta pregunta porque sabemos que Jesús no mandó escribir nada, sí mandó anunciar, predicar, que si lo tenemos como mandato del Señor: Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación (Mc 16,15); entonces, ¿de dónde nace la inquietud por escribir? San Lucas nos lo dice en ese hermoso prólogo de su evangelio y se lo dice a Teófilo, personaje que no conocemos, y que puede representar a cada uno de nosotros: para que conozcas la solidez de las enseñanzas que has recibido (Lc 1,4). Las primeras comunidades cristinas no fiándose demasiado de su memoria, buscaron poner por escrito lo que los apóstoles enseñaban sobre Jesús. Ahora nosotros, al leer la Palabra, debemos dejarnos interpelar por esos mismos autores sagrados que escucharon a Jesús, que les inspiró el Espíritu Santo y que, esa misma Palabra y su contenido que proclamamos, llegue hoy a nuestros oídos con eficacia.

Debemos leer la Sagrada Escritura como Palabra divina dirigida a mí y en la situación concreta en que me encuentro:

Cuando Jesús proclama al profeta Isaías en un texto tenido por todos por mesiánico, dice: Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír (Lc 4,21). Jesús es claro en afirmar que en él se cumple lo que dice el profeta sobre el Mesías, pero, podemos preguntarnos, a nosotros ¿en qué nos afecta?

El salmo nos dice: Ojalá escuchéis hoy su voz (Sal 94,7). Hay que  escuchar la Palabra de Dios y  proyectarla para el mañana, porque es como una siembra que no se hace o se hace mal. Porque sucede que, cuando leemos la Palabra de Dios, la pensamos para ponerla en práctica más adelante, el día de mañana, o que refleja la mala vida de los demás y queremos que ellos cambien; yo no. Pensando en el mañana se nos escapa el hoy, no sembramos nunca o lo hacemos mal y luego nos lamentamos de nuestras nulas o pobres cosechas.

Tomando conciencia de la necesidad de la Palabra en nuestras vidas:

La Palabra de Dios adquiere su valor propio cuando, en el camino de la fe, percibimos la conexión existente entre lo que vivió y dijo Jesús y nuestra realidad y experiencia religiosa. No buscamos en la Palabra de Dios saber más, sino saber vivir mejor en relación conmigo mismo y con los demás.

Para ello necesitamos:

Þ   Descubrir la fuerza de la Palabra que trasciende su momento histórico y, por eso,  necesita ser aplicada en cada vida, en mi vida y en todo momento.

Þ   Debemos hacer de la Palabra de Dios nuestro alimento espiritual permanente, de ahí que Jesús dice, refiriéndose a la Eucaristía: Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él (Jn 6, 55-56) y la Iglesia lo ha entendido siempre hablando de que en la misa se da una doble mesa: la Mesa de la Palabra y Mesa la de la Eucaristía. Y hace esto fundamentándose en el libro de los Hechos de los Apóstoles sobre el modo de actuar de los primeros cristianos: Y perseveraban en la enseñanza de los apóstoles (= la Palabra de Dios), en la comunión, en la fracción del pan (= la Eucaristía) y en la oraciones (Hech 2, 42).  

Þ   Acercarnos a la Palabra de Dios con humildad, porque es acoger, meditar, actuar…

Þ   Avanzar poco a poco… El que vive unido a la Palabra de Dios pasa de verla como educación en la fe o formación moral a intentar conformar su vida a la de Cristo para llegar a lo que sentía san Pablo: No soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí. Es llegar a la plenitud de ser hijos y así construir la fraternidad  en el mundo, porque todos somos hijos de Dios.

Todo esto exige un compromiso:

  • A leer la Palabra de Dios, el Antiguo y Nuevo Testamento,  pensando en que el buen Dios se dirige a mí en mi situación concreta.
  • Ir leyendo y meditando la Palabra de Dios con los ojos, los oídos y la mente de Jesús.

¿Dudo? En la perseverancia de la lectura orante de la Sagrada Escritura porque el buen Padre se nos manifiesta cada vez más en Cristo Jesús. Pedir contantemente la fuerza del Espíritu Santo para ello. Ese espíritu Santo que nos promete Jesús: Si vosotros, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan? (Lc 11, 11).

 

Fray José Jiménez de Jubera Rubio

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