DOMINGO XXX DEL TIEMPO ORDINARIO : Si el afligido invoca al Señor, él lo escucha

Escrito en 27/10/2013 por Rita de Casia en Reflexiones Dominicales

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Lecturas

v Eclesiástico 35,12-14.16-18: Los gritos del pobre atraviesan las nubes.

v Salmo 33,2-3.17-19.23: Si el afligido invoca al Señor, él lo escucha.  

v 2Timoteo 4,6-8.16-18: He corrido hacia la meta, he mantenido la fe.

v Lucas 18,9-14: Todo el que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido.

 

Si el afligido invoca al Señor, él lo escucha:

Esta expresión del salmo nos acerca a una de las características de la oración: Dios escucha a los corazones humildes, no deshecha las súplicas del oprimido; no desoye los gritos del huérfano o de la viuda, hemos escuchado en el libro del Eclesiástico. En la homilía del domingo pasado recalcaba la perseverancia en la oración. Lo recuerdo: En la oración no pedimos para que Dios cambie la historia,   muchos nos lo critican: no se pueden cambiar los planes de Dios. ¿Qué responderles? La fe que mueve a los creyentes es para vivir  los planes de Dios y así cumplir su voluntad. No es apoyarnos en él para que rompa las leyes de la naturaleza ni que haga milagros (aunque los ha hecho y los hace), pedimos para meternos en los planes de Dios y así cumplir su voluntad, para que la historia del hombre y del mundo estén en concordia con la construcción de su Reino: Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo… Dios desea siempre el bien para mí y para todos, por eso rezo asimismo por los enemigos, y para que venzamos en la lucha que nos dan los enemigos del hombre.  Si esto es orar, pregunto: ¿ora el fariseo?, ¿siente alguna necesidad por la que pedir?, ¿se interesa por los demás o más bien, llega a despreciar al publicano que ve detrás de él?

 

Las actitudes del fariseo y del publicano:

v Encontramos en el fariseo:

  • No sólo no da gracias a Dios, da la impresión de que no necesita de Dios. No reconoce que todo lo que tiene y él mismo en persona viene de Dios.
  • Por eso su yo es su vida. Yo soy todo, viene a decir, yo hago todo, yo merezco todo, fuera de mí nada.
  • Por supuesto que él no conocería la oración del Padrenuestro, propuesta por Jesús a sus discípulos, no la rezaría, cualquier fariseo actual – que los hay muchos – tampoco puede rezarla (aunque a veces intente hacerlo, como la oración de la parábola).
  • Por eso mismo tampoco acepta a los demás, llegando al desaprecio al otro, en este caso: ni como ese publicano, cayendo en hacer un juicio temerario.

v El publicano:

  • Con frecuencia Jesús insiste de una forma y otra  en la necesidad de la humildad y reúne en la síntesis que el mismo Jesús ha hecho en esta parábola.
  • Es el camino  que lleca al publicano llega la oración sincera. 

 

Deducciones:

  • Ø Jesús exige en su seguimiento la humildad: porque todo el que se enaltece será humillado y el que se humilla será ensalzado.
  • Ø El publicano bajó del templo a su casa purificado y el fariseo salió del templo con una situación mayor de pecado, porque la oración – que le hubiera acercado a Dios – él la convirtió en soberbia, le apartó de Dios.

 

Conclusiones prácticas:

¿Tenemos tendencia a sentirnos por encima del que no va  a misa, del que no vive según nuestro criterio: conviviente, etc., o está en la cárcel (lo justificamos diciendo por algo será)? Sólo Dios tiene derecho a juzgar las conciencias.

El fariseo cae en la murmuración y en la calumnia al juzgar al publicano, ¿somos conscientes de que en nuestros pensamientos y palabras caemos también a veces  en la murmuración y hasta en la calumnia?

Una buena oración nos debe lleva hasta más allá de la tolerancia, porque no es sólo soportar al otro, es más, es ayudar… es, en una palabra, amar…

Siempre insisto en el agradecimiento. Agradecido es que  sabe que todo lo recibe directa o indirectamente de Dios. Da gracias y acoge a todos con la bendición del buen Dios.

 

Oración:

Señor, tuyo es todo lo bueno que hay en mí; lo malo es totalmente mío. No hago nada extraordinario haciendo mía la oración del publicano: Oh Dios ten compasión de mí, soy un pecador.

Fray José Jiménez OAR.

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