DOMINGO XXVIII DEL TIEMPO ORDINARIO, 12 de octubre del 2014

Escrito en 12/10/2014 por Rita de Casia en Reflexiones Dominicales

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v Isaías 25, 6-10a: Aniquilará la muerte para siempre.  

v Salmo: Habitaré en la casa del Señor por años sin término. 

v Filipenses 4,12-14.19-20: Conforme a la espléndida riqueza de Cristo Jesús.  

v Mateo 22,1-14: Venid a mi viña…  

Banquete del Reino

La Creación:

La creación es un libro abierto siempre y el que más nos puede enseñar. En el domingo pasado la parábola de la viña sugería forjarnos en la magnífica obra creadora de Dios y la capacidad de los hombres – que no la tiene ningún otro elemento en el mundo – de admirarla y, por ende, alabarla, glorificarla y agradecerla.

Hoy se nos abre otra ventana de la misma Creación al mostrarla como un gran banquete al que el Señor del Cielo y de la Tierra nos invita a celebrar las Bodas del Cordero, su Hijo, Triunfador del pecado y de la muerte. El banquete de la Vida (con mayúscula). Vida que la anuncia el profeta: Aniquilaré la muerte para siempre (Is 25,8).

Cuando reflexiono sobre la relación de Dios con los hombres viene a mi memoria el conocido texto evangélico: Tanto amó Dios al mundo que envió a su Hijo Único para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna (Jn 3,16). Es el banquete eterno de la Vida que el bue Dios nos da.

La unión de Dios y el hombre:

Dios se preparó un pueblo, Israel, y en la plenitud de los tiempos llegó hasta unirse a nosotros. Es el mensaje central y esencial que pone el evangelista Juan en el Prólogo de su Evangelio: La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros y hemos contemplado su gloria, gloria como del Unigénito del Padre, llena de gracia y de verdad (Jn 1,14).

El Hijo de Dios viene a unirse a nosotros, ¿cómo lo recibimos? Aceptar a Jesús es vivir como él, realizando la voluntad de Padre como buenos hijos: Vino a los suyos, pero los suyos no lo recibieron; pero a cuantos lo recibieron les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre (Jn 1,11-12). Y ser hijos de Dios es un hecho tan real como Dios mismo, pues él mismo se ha comprometido; Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos! (1Jn 3,1). El discípulo amado escribe con la alegría de lo que ha experimentado: ¡lo somos! Somos hijos de Dios.

El banquete de los hijos de Dios:

El banquete de Dios a los hombres es llegar a participar de su misma Vida. Por eso, el mismo Hijo de Dios, Jesús, se nos hace alimento en el sacramento de la Eucaristía – comulgamos, nos unimos a él en una misma cosa.

¿Quién puede estar preparado para un banquete así? Él nos prepara. Por eso, ¡cuidado! El pueblo de Israel fue invitado a vivir la Alianza con Dios, pero no supo o no quiso hacerlo.

Dios nunca nos va a excluir, nunca nos va a rechazar  pero podemos llegar a ser auto-excluidos

Auto-excluidos:

La mayor muestra del amor de Dios es que busca a todos los hombres, aparatados  por el pecado, para hacerles participar del banquete. Es participación en su misma naturaleza divina. Hay que participara en el banquete y hacerlo dignamente; como somos incapaces de prepararnos por nosotros mismos, hay    que ser lo suficientemente humildes para que el buen Dios nos prepare, nos dé el vestido de fiesta. Porque si no tenemos la sentencia de Jesús que leíamos el domingo pasado: Por eso os digo que se os quitará a vosotros el reino de Dios y se os dará a un pueblo que produzca frutos (Mt 21,43). No puedo celebrar el banquete si no es en solidaridad, con el mismo vestido de fiesta, no el que a mí me dé la gana.

Requisitos para participar en el banquete:

Nos basta apuntarse en la lista del banquete. La preparación es el vestido de fiesta que nos proporciona el buen Dios, dada nuestra incapacidad de prepararnos por nosotros mismos.  Siempre – desde muy niño leyendo esta parábola –  me impresionó esta parábola en lo que respecta al invitado que no tenía vestido de fiesta. Porque, me decía, si han ido a buscar gente al borde de los caminos y por las calles, es lógico que  encuentren gente – casi toda – con ropa no digna de tal fiesta.  Pero ese pensar de niño lo fui supliendo con  mi formación de adulto, cuando leí que en aquellas fiestas reales – que duraban días y días – el que invitaba proporcionaba vestidos para ella y para todos los días. Encontrar a uno en la sala del banquearte sin vestido apropiado, no es encontrarlo solamente despistado, es que ha despreciado al invitador y a los que están con él.

Aplicando esto a nuestra vida:

El buen Dios quiere que nos revistamos de Cristo (cf. Rm 13,14), para ello él libera de todo pecado al que se acerca con un corazón contrito y humillado y le da la gracia, que es participación en su misma naturaleza divina. De ahí la llamada del Apóstol: Nada de comilonas y banquetes, nada de lujuria y de desenfreno, nada de riñas y envidias (Rm 13,13).

Aplicando todo esto a nuestra vida:

Las lecturas y las parábolas de estos domingos  no son para fijarnos en el pasado, sino para proyectarnos al futuro. Hay que hacer real nuestra unión con Dios.

¿Con qué sensibilidad leo la Palabra de Dios?

¿Cómo aplico hoy y a mi vida concreta lo que leo, medito y oro?

El futuro está en el hoy que construimos.

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