Domingo XXIV del tiempo ordinario Ciclo “B”

Escrito en 18/09/2012 por Rita de Casia en Reflexiones Dominicales

¿Quién dice la gente que soy yo?”  VIDEO

Libro de Isaías 50,5-9a.

El Señor abrió mi oído y yo no me resistí ni me volví atrás.
Ofrecí mi espalda a los que me golpeaban y mis mejillas, a los que me arrancaban la barba; no retiré mi rostro cuando me ultrajaban y escupían.
Pero el Señor viene en mi ayuda: por eso, no quedé confundido; por eso, endurecí mi rostro como el pedernal, y sé muy bien que no seré defraudado.
Está cerca el que me hace justicia: ¿quién me va a procesar? ¡Comparezcamos todos juntos! ¿Quién será mi adversario en el juicio? ¡Que se acerque hasta mí!
Sí, el Señor viene en mi ayuda: ¿quién me va a condenar? Todos ellos se gastarán como un vestido, se los comerá la polilla.

Salmo 116(114),1-2.3-4.5-6.8-9.

Amo al Señor, porque él escucha
el clamor de mi súplica,
porque inclina su oído hacia mí,
cuando yo lo invoco.
Los lazos de la muerte me envolvieron,
me alcanzaron las redes del Abismo,
caí en la angustia y la tristeza;

entonces invoqué al Señor:
” ¡Por favor, sálvame la vida!”.
El Señor es justo y bondadoso,
nuestro Dios es compasivo;
el Señor protege a los sencillos:
yo estaba en la miseria y me salvó.

El libró mi vida de la muerte,
mis ojos de las lágrimas
y mis pies de la caída.
Yo caminaré en la presencia del Señor,
en la tierra de los vivientes.

Epístola de Santiago 2,14-18.

¿De qué le sirve a uno, hermanos míos, decir que tiene fe, si no tiene obras? ¿Acaso esa fe puede salvarlo?
¿De qué sirve si uno de ustedes, al ver a un hermano o una hermana desnudos o sin el alimento necesario,
les dice: “Vayan en paz, caliéntense y coman”, y no les da lo que necesitan para su cuerpo?
Lo mismo pasa con la fe: si no va acompañada de las obras, está completamente muerta.
Sin embargo, alguien puede objetar: “Uno tiene la fe y otro, las obras”. A ese habría que responderle: “Muéstrame, si puedes, tu fe sin las obras. Yo, en cambio, por medio de las obras, te demostraré mi fe”

Evangelio según San Marcos 8,27-35.

Jesús salió con sus discípulos hacia los poblados de Cesarea de Filipo, y en el camino les preguntó: “¿Quién dice la gente que soy yo?”.
Ellos le respondieron: “Algunos dicen que eres Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, alguno de los profetas”.
“Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?”. Pedro respondió: “Tú eres el Mesías”.
Jesús les ordenó terminantemente que no dijeran nada acerca de él.
Y comenzó a enseñarles que el Hijo del hombre debía sufrir mucho y ser rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas; que debía ser condenado a muerte y resucitar después de tres días;
y les hablaba de esto con toda claridad. Pedro, llevándolo aparte, comenzó a reprenderlo.
Pero Jesús, dándose vuelta y mirando a sus discípulos, lo reprendió, diciendo: “¡Retírate, ve detrás de mí, Satanás! Porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres”.
Entonces Jesús, llamando a la multitud, junto con sus discípulos, les dijo: “El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga.
Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí y por la Buena Noticia, la salvará

REFLEXIÓN:

Fijémonos en las lecturas:

 

En la lectura del profeta Isaías encontramos el texto que se conoce como Tercer canto del Siervo del Señor. Se trata de un personaje, no muy bien definido, que debe enfrentarse a sus enemigos  pues, siendo inocente de todo, ellos lo desprecian y quieren llevarlo hasta la muerte. Él solo pone su confianza en Dios: Miren, el Señor Dios me ayuda (Is 50, 9. En la relectura del texto por los primeros cristianos y a la luz del Nuevo Testamento el siervo es Cristo Jesús, el justo e inocente llevado a la muerte.

 

Para el autor de la carta llamada de Santiago la fe es obrar, actuar de acuerdo a lo que se cree. No es acto de fe  quedarse contemplando las maravillas de Dios o meditando en Él, si no hay trabajo por integrar la fe con la vida donde la fe en Dios nos lleve a realizar obras de misericordia y de bondad para los demás, sobre todo para los más necesitados.

 

En el Evangelio encontramos la confesión de Pedro,  que manifiesta su fe en Jesús al que reconoce como Mesías  (Mc 8,29)   En esta confesión está indicando Pedro que reconoce en Jesús al Hijo de Dios, que une en su naturaleza humana su naturaleza divina. Es Dios y hombre conjuntamente. La afirmación de Pedro no es para ser tomada tan fácilmente, pues el mismo Pedro la parcializa al no querer aceptar lo que Jesús le dice sobre su destino: el sufrimiento y la muerte en cruz. Jesús le dice que debe aceptar todo lo que Él significa al ser Mesías: es el mismo en los milagros, el de las bonitas enseñazas, el que habla tan bonito del “Taitita” Dios. También lo es cuando acepta sufrir por cumplir la voluntad del Padre, llegando a morir para salvar a la humanidad.

 

Nuestro compromiso:

 

Es bonito fijarnos en el Jesús que recorre Palestina, que reúne multitudes de gente y a los que encandila con sus palabras. Es atrayente en sus milagros, sobre todo porque lo hace ayudando a pobres y marginados.  Debemos ir más allá, pues al creer en Él como Hijo de Dios, que por eso hace milagros, cuando habla tan bonito del Padre… es trascender a vivir su amor, manifestado en al cruz.

 

Nosotros – otros Pedro – nos encandilamos con ese Jesús triunfador a quien las mismas multitudes quieren proclamarlo rey, pero cuando  habla de que el Hijo del hombre tiene que padecer mucho… ser ejecutado (Mc 8,31), nos acercamos como Pedro  a Jesús para increparlo: ¡Cómo va a poder ser así!

 

No  es fácil seguir a Jesús en el mismo camino del Calvario – lo digo personalmente ahora con al enfermedad, como no lo hubiera dicho antes -. Cuando a tantos y a tantos nos toca  sufrir, cuando nuestros proyectos se van al agua, cuando parece que  va  a desaparecer la fe y parece asimismo que la esperanza se va perder, es entonces cuando brota – lo estoy experimentando – el ser discípulo de Cristo descubres la mano providente de Dios. En medio de una sociedad hedonista, que busca el placer como fin último de su existencia, nuestra mirada debe dirigirse a Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, Dios de todo consuelo, pues eso es tomar la cruz y seguir a Cristo Jesús (Cf. Mc 8,34)

 

Nos ponemos en manos de Dios:

 

Es lo importante. Puede fallar todo, pero Dios permanece. En el templo magnífico de la parroquia san Antonio Abad de Arequipa, en el que  tantos años trabajé, en el arco central del interior se lee con letras bien grandes: Los hombres mueren, las generaciones pasan, solo Dios permanece.

 

Ponemos nuestra confianza en ese Dios inmutable en lo favorable o desfavorable para nuestro parecer, pues todo, dice  san Pablo, redunda en alabanza suya, Pues solamente Él y al únicamente la gloria por los siglos. Él es lo único esencial y necesario.

 

Y todo esto desde el amor, que recibimos y debemos compartir como vasos comunicantes. El que ama sabe de gozos y alegrías, de penas y dolores… son inseparables al amor.

 

Nadie nos ama y nos cuidad más que nuestro buen Padre Dios.

Fray José Jiménez de Jubera Rubio

 

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