Domingo XXIII del tiempo ordinario Ciclo ´B´

Escrito en 10/09/2012 por Rita de Casia en Reflexiones Dominicales


Libro de Isaías 35,4-7a.

Digan a los que están desalentados: “¡Sean fuertes, no teman: ahí está su Dios! Llega la venganza, la represalia de Dios: él mismo viene a salvarlos!”.
Entonces se abrirán los ojos de los ciegos y se destaparán los oídos de los sordos;
entonces el tullido saltará como un ciervo y la lengua de los mudos gritará de júbilo. Porque brotarán aguas en el desierto y torrentes en la estepa;
el páramo se convertirá en un estanque y la tierra sedienta en manantiales; la morada donde se recostaban los chacales será un paraje de caña y papiros.
Salmo 146(145),7.8-9a.9bc-10.

Hace justicia a los oprimidos
y da pan a los hambrientos.
El Señor libera a los cautivos,

abre los ojos de los ciegos
y endereza a los que están encorvados.
El Señor protege a los extranjeros
y sustenta al huérfano y a la viuda;
el Señor ama a los justos
y entorpece el camino de los malvados.

El Señor reina eternamente,
reina tu Dios, Sión,
a lo largo de las generaciones.
¡Aleluya!
Epístola de Santiago 2,1-5.

Hermanos, ustedes que creen en nuestro Señor Jesucristo glorificado, no hagan acepción de personas.
Supongamos que cuando están reunidos, entra un hombre con un anillo de oro y vestido elegantemente, y al mismo tiempo, entra otro pobremente vestido.
Si ustedes se fijan en el que está muy bien vestido y le dicen: “Siéntate aquí, en el lugar de honor”, y al pobre le dicen: “Quédate allí, de pie”, o bien: “Siéntate a mis pies”,
¿no están haciendo acaso distinciones entre ustedes y actuando como jueces malintencionados?
Escuchen, hermanos muy queridos: ¿Acaso Dios no ha elegido a los pobres de este mundo para enriquecerlos en la fe y hacerlos herederos del Reino que ha prometido a los que lo aman?
Evangelio según San Marcos 7,31-37.

Cuando Jesús volvía de la región de Tiro, pasó por Sidón y fue hacia el mar de Galilea, atravesando el territorio de la Decápolis.
Entonces le presentaron a un sordomudo y le pidieron que le impusiera las manos.
Jesús lo separó de la multitud y, llevándolo aparte, le puso los dedos en las orejas y con su saliva le tocó la lengua.
Después, levantando los ojos al cielo, suspiró y le dijo: “Efatá”, que significa: “Abrete”.
Y enseguida se abrieron sus oídos, se le soltó la lengua y comenzó a hablar normalmente.
Jesús les mandó insistentemente que no dijeran nada a nadie, pero cuanto más insistía, ellos más lo proclamaban
y, en el colmo de la admiración, decían: “Todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos”

REFLEXIÓN:

Situación lamentable:

Sordos y mudos se encuentran actualmente muchos cristianos y no cristianos; son muchos más de los que se perciben. Esto fijándonos en lo exterior, porque en el psicológico y espiritual los hay muchísimos más. Sordos que no quieren oír, mudos que callan por vergüenza o porque por egoísmo no quieren hacerlo. Silencios culpables, silencios vergonzantes, empujando a situaciones de injusticia.

Que nos toque el buen Dios:

He escuchado a más de un hermano  y hermana en la fe decir: Dios me tocó el corazón. Y expresa de esa forma que ha recibido un toque interior de Dios, que ha sido una gracia especial que le ha abierto a vivir realidades nuevas.

El profeta Isaías nos invita a dejarnos tocar por Dios, sobre todo a abrirnos a su gracia y no ponernos en actitud de soberbia: Fortalezcan las manos débiles, afiancen las rodillas vacilantes; digan a los inquietos: Sean fuertes, no teman. ¡He aquí a su Dios! (Is 35,4.

Dejemos actuar a Cristo

En el  evangelio hemos escuchado cómo Jesús palpa materialmente  hablando los oídos del sordo, que, además, era medio mudo. Es lógico que no hable bien el que no escucha bien. Por encima de la actitud física de, está el tocarle Jesús hasta lo más profundo de su ser con su amor. Y es ahí donde se muestra poderosa la Palabra del Señor: Effetá, esto es, ábrete. Porque lo que a aquel hombre con las palabras de Jesús es  el amor todopoderoso de Dios.

Ahora bien, ¿permitimos que Dios llegue a hasta lo más profundo de nosotros mismos? Nos acercamos a los sacramentos, así al de la Reconciliación y al de la Eucaristía y ¿dejamos que la gracia recibida en el sacramento llegue hasta lo más profundo de nosotros? ¿Dejamos que la gracia de Dios actúe en nosotros o  enseguida de recibir el sacramento volvemos a nuestros afanes sin tener ya en cuenta la gracia recibida?  La gracia recibida está muy  por encima de cualquier otra fuerza que busquemos o necesitemos para superar nuestras dificultades.

Oremos:

Señor Jesús:

Llega a mí y tócame con tu amor misericordioso. Imponme tus manos. Consuélame, sana mis miedos y cobardías; líbrame de toda angustia.

Así. Además, podré ser instrumento de tu amor de forma bien valiente con mis palabras y mis obras. Recibir tu amor para darlo y entregarlo

Fray José Jiménez de Jubera OAR

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