Domingo VI del Tiempo Ordinario, Mc 1,40-45 ¡Quiero: queda limpio !

Escrito en 13/02/2012 por Rita de Casia en Reflexiones Dominicales

 

 

Lectura del Libro del Levítico 13,1-2. 44-46

El Señor dijo a Moisés y a Aarón:

Cuando alguno tenga una inflamación; una erupción o una mancha en la piel, y se le produzca la lepra, será llevado ante Aarón, el sacerdote, o cualquiera de sus hijos sacerdotes. Se trata de un hombre con lepra: es impuro. El sacerdote lo declarará impuro, porque tiene lepra en la cabeza.

El que haya sido declarado enfermo de lepra andará harapiento y despeinado, con la barba tapada y gritando: ¡impuro, impuro! Mientras le dure la afectación, seguirá impuro; vivirá solo y tendrá su morada fuera del campamento.

Palabra de Dios.

Salmo responsorial:

R. Tú eres mi refugio, me rodeas de cantos de liberación

 Dichoso el que está absuelto de su culpa, a quien le han sepultado su pecado; dichoso el hombre a quien el Señor no le apunta el delito. R

 Había pecado, lo reconocí, no te encubrí mi delito; propuse: “Confesaré al Señor mi culpa “ , y tú perdonaste mi culpa y mi pecado.

 Alégrense, justos y, y gocen con el Señor; aclámenle, los de corazón sincero. R

 Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 10, 31-11,1

Hermanos:

Cuando ustedes coman o beban o hagan cualquier otra cosa, háganlo todo para gloria de Dios.

No den motivo de escándalo a los judíos, ni a los griegos, ni a la Iglesia de Dios.

Por mi parte, yo procuro contentar en todo a todos, no buscando mi propio bien, sino el de la mayoría, para que se salven.

Sigan ustedes mi ejemplo, como yo sigo el ejemplo de Cristo.

Palabra de Dios.

 Aleluya:

Un gran profeta ha surgido entre nosotros. Dios ha visitado a  su pueblo.

 Evangelio

 Lectura del Santo Evangelio según san Marcos 1,40-45

 Gloria a ti, Señor.

En aquel tiempo, se acercó a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas:

“Si quieres, puedes limpiarme “

Jesús sintió compasión, extendió la mano y lo tocó, diciendo:

“Quiero: quedo limpio”

La lepra se le quitó inmediatamente, y quedó limpio.

Él lo despidió, encargándole severamente:

“No se lo digas a nadie; pero, para que conste, ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés”.

Pero él salió y se puso a pregonarlo y a divulgar el hecho, de modo que Jesús ya no podía entrar abiertamente en ningún pueblo; se quedaba afuera, en descampado; y aun así acudían a él de todas partes.

Palabra del Señor

 

R. Gloria a ti, Señor Jesús.

Homilía, Cristo liberador:

Cristo se presenta en los evangelios  como alguien que rompe barreras y obstáculos, esas realidades  que han ido poniendo los hombres en la historia apartándose del plan de Dios y nos muestra el camino para que vivamos el amor en una plenitud. Por eso el evangelio de hoy nos muestra a Jesús compadecido del leproso, quien es figura de toda la humanidad prostrada y abandonada sin salvación cuando está fuera de Dios.

El Cristo compasivo:

Dicen los escrituritas que el término griego por compadecido, usado por Marcos, es de una ternura y compasión únicas. Lo comparan con la madre que siente una ternura total por su hijo enfermo, desvalido… Un autor escribe: Ninguna madre ha sufrido y se ha dejado tanto implicar por el sufrimiento humano más profundamente que Jesús.

Al hablar de la compasión creo conveniente recurrir al capítulo 53 del profeta Isaías: es el llamado cuarto canto del siervo de Yavé. El profeta nos muestra al siervo que está abrumado  de dolores y familiarizado con el sufrimiento; que verdaderamente lleva nuestros dolores, soporta nuestros sufrimientos  y nuestras angustias. En sus heridas somos  curados.

Cuando hay un sentido auténticamente creyente el dolor, las enfermedades, los problemas y contrariedades de la vida no nos apartan de Dios, al contrario, nos acercan más a Él. En el evangelio, el leproso es un marginado de la sociedad, tenido como abominable según hemos escuchado en la lectura del libro del Levítico: Vivirá aislado y tendrá su morada fuera del campamento. Esa postración y marginación no son obstáculos para el enfermo, que busca la sanación, seguramente había oídio que el nuevo Maestro acogía a todos, y por eso, rompe con todo, no teme a las reacciones humanas, rompe la maldición  de estar apartado de los demás  y de acerca a Jesús con total confianza: Si quieres, puedes limpiarme. ¿La actitud de Jesús?  La hemos explicado: compadecido, extendió la mano, lo tocó y le dijo: Quiero, queda limpio.   

Detengámonos en el hecho de la curación, narrada de una forma sencilla: el evangelista presenta el caso, acercamiento del leproso a Jesús que suplica la curación. Si algo aparece de principio a fin en el relato es que la curación va ligada siempre a la fe de la persona enferma. ¿Cómo el leproso llega a la fe? Aquí hacemos nuestras conjeturas. Primero el enfermo tiene conciencia de su propia situación, de su marginación… que le lleva a no confiar ya en los hombres sino en Dios. Así la curación aparece como un don de Dios que es el que actúa y salva según la fe del enfermo.

Romper con una sociedad marginadora:

Leemos, escuchamos o vemos reportajes de épocas pasadas que tratan múltiples marginaciones: de clanes, de pueblos, de razas, de estratos sociales… de desprecio a derechos y a la misma vida. Estamos fuertemente marcados para señalar cualquier actitud discriminatoria… Pero… seguimos marginando, discriminando… con muchos gestos y palabras. En medio de todo, damos gracias a Dios que nos va dando medios, y no debemos dejar de luchar para que desaparezca todo eso.

La lepra era un mal incurable en los tiempos de Jesús, lo ha  sido hasta hace un siglo atrás… En tiempos de Jesús había también otras enfermedades a la piel que se tenían como lepra y marginaba a la gente de  la vida comunitaria. Era cumplir el mandato que hemos escuchado en la primera lectura de hoy, del libro del Levítico, que trata de las purificaciones sagradas: Mientras dure la lepra, serás impuro (Lv 13,46). Una de las expectativas mesiánicas era que desapareciera la lepra.

La presencia del Mesías:

Cuando a Jesús se le acercan unos discípulos de Juan el Bautista a preguntarle: ¿Eres tú quien tenía que venir, o debemos esperar a otro? ¿Cuál es la respuesta de Jesús? Vayan y cuenten a Juan lo que están oyendo y observando: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia la buena noticia (Mt 11,3-4). En esta respuesta de Jesús aparece claramente que había llegado el tiempo mesiánico para restituir al ser humano a su dignidad completa, de cuerpo y de alma. Recalcamos la acogida que tiene Jesús al enfermo que le llega a tocar -¡algo inaudito! – y lo sana. Enseñanza clara de Jesús en favor de la vida en dignidad que está por encima de todo lo demás. Rompiendo barreras que separan es la única manera de llegar a vivir en plenitud el ser hermano, nutridos en un mismo amor.

Seguiremos teniendo marginaciones a causa de los pecados y caprichos de los hombres, las enfermedades y otros muchos males seguirán existiendo en contra del proyecto de Dios, pero la voluntad salvífica de Dios seguirá con su proyecto adelante; claudicarán muchos hombres y mujeres, pero siempre habrán otros muchos que enarbolen la  bandera del amor, que crea solidaridad y rompe todo tipo de separación.

Un testimonio:

Es de una niña que había sufrido más de siete operaciones y había sufrido toda clase de dolores y también marginaciones hasta de sus mismas compañeras a causa de su salud. El día de su primera comunión, con diez añitos, escribía: Jesús, te doy gracias porque hoy te recibo con alegría… Te doy gracias porque, cada día y cada minuto, me ayudas a vencer mi tristeza y me la cambias en alegría; te doy gracias porque, en cada momento  de melancolía, me ayudas a ser feliz y a sonreír y, en las dificultades, me haces comprender todo lo que debo hacer. Soy una niña, pero siento que me das la fuerza para cargar mi cruz y me ayudas a que sea feliz en medio del sufrimiento. Porque me has hecho comprender que en cada experiencia bella o fea de mi vida hay siempre muchos motivos para ser feliz. Yo soy feliz, aunque a veces mi cruz, mis cruces me perezcan demasiado pesadas. Y te agradezco, Señor, de todo corazón esta cruz que me has dado. Amén.

 P. José Jiménez de Jubera OAR

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