Domingo III del Tiempo Ordinario” Vengan conmigo y los haré pescadores de hombres” Mc 1,14-20

Escrito en 23/01/2012 por Rita de Casia en Reflexiones Dominicales

 

 

 

 

Lecturas: Jonás 3,1 -5. 10;  Sal 24 ,4-9 ; Cor 7, 29 – 31; Mc 1,14 – 20

Suenan y resuenan  en mis oídos las palabras de Jesús que hemos escuchado del evangelio de Marcos y que son las primeras que este evangelista pone en boca de Jesús: Se ha cumplido el plazo: está cerca el reino de Dios; conviértanse y crean en el evangelio (Mc 1,14). Me golpea tremendamente en la mente y me inquieta con una serie de preguntas, ¿qué quiere decir Jesús al afirmar: Se ha cumplido el plazo?  Y me pregunto, ¿a qué plazo se refiere? Sigue diciendo: está cerca el reino de Dios, ¿qué se entiende por reino de Dios? Y termina con un mandato categórico: conviértanse, ¿de qué y cómo? Y para terminar: y crean en el evangelio.

Cada día, cada minuto que vivimos es quemar una etapa, es cumplir un plazo. Lo vivido ya no vuelve, como dice hermosamente el poeta: Y al volver la vista atrás, se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar. Frecuentemente nos lamentamos sobre el pasado y, ¿qué merece recordarse? Prácticamente todo el pasado que no aceptamos hay que olvidarlo, pasarlo por la filosofía del conocido dicho popular: No merece la pena llorar sobre la leche derramada. Jesús nos enseña a mirar el pasado no con añoranzas o temores, nos habla de la llegada del reino de Dios – que llega al poner en práctica lo que rezamos, el Padre nuestro –  y creer en el Evangelio. Es la nueva realidad Evangelio = Buena Nueva.   Es en expresión de san Pablo dejar el hombre viejo y abrirnos al hombre nuevo. Es la necesidad de formar una sociedad más fraterna, más solidaria y más pacifica que la que vivimos, pues “llamados cristianos”, ¿mostramos en nuestras obras muy poco de los sentimientos de Cristo?

Si hoy nos estás contento de tu vida, cambia ahora mismo, pues, de otro modo, pasarán unos meses, un año… y estarás más descontento. Aquí podemos ver la urgencia de la conversión que Jesús nos pide.  No es el cambio mañana ni pasado mañana, es hoy y ahora es el momento propicio para hacerlo, quizás busque otras oportunidades y no las tenga. Por eso es bien expresivo el salmo 95: Ojalá escuchen hoy la voz del Señor, no endurezcan el corazón (vv  7-8).

Respuestas concretas:

Y el De evangelista pasa a describir el llamado concreto que el Señor hace a algunos a ir con Él: Vengan conmigo y los haré pescadores de hombres. Dirige el Señor la llamada primero a Simón y Andrés, hermanos, que inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. Eran pescadores de oficio. Cabe recordar que Andrés y Simón ya conocían al Señor (cf. Jn 1, 35-42). De Juan y Santiago, dice el evangelista además que dejaron a su padre Zebedeo en la barca con los trabajadores y se fueron con Él. El padre de Juan y Santiago era propietario de barcas y redes, lo cual habla de un cierto nivel económico dentro de la modestia del oficio de pescador. Por el evangelista Lucas (5,10) sabemos también que entre Pedro, Juan y Santiago, al menos, habían establecido una cierta “sociedad” de pesca.

La doctrina del Catecismo de la Iglesia católica:                El Reino de Dios está cerca.

541: Cristo, por tanto, para hacer la voluntad del Padre, inauguró en la tierra el Reino de los cielos. Pues bien, la voluntad del Padre es elevar a los hombres a la participación de la vida divina. Lo hace reuniendo a los hombres en torno a su Hijo, Jesucristo. Esta reunión es la Iglesia, que es sobre la tierra el germen y el comienzo de este Reino.

El anuncio del Reino de Dios

Todos los hombres están llamados a entrar en el Reino. Anunciado en primer lugar a los hijos de Israel, este reino mesiánico está destinado a acoger a los hombres de todas las naciones. Para entrar en él, es necesario acoger la palabra de Jesús. Jesús invita a los pecadores al banquete del Reino: No he venido a llamar a justos sino a pecadores (Mc 2, 17). Les invita a la conversión, sin la cual no se puede entrar en el Reino, pero les muestra de palabra y con hechos la misericordia sin límites de su Padre hacia ellos y la inmensa alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta (Lc 15, 7). La prueba suprema de este amor será el sacrificio de su propia vida para remisión de los pecados (Mt 26, 28).543 y  545.

La conversión de los bautizados

1427: Jesús llama a la conversión. Esta llamada es una parte esencial del anuncio del Reino: El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva (Mc 1, 15). En la predicación de la Iglesia, esta llamada se dirige primeramente a los que no conocen todavía a Cristo y su Evangelio. Así, el Bautismo es el lugar principal de la conversión primera y fundamental. Por la fe en la Buena Nueva y por el Bautismo se renuncia al mal y se alcanza la salvación, es decir, la remisión de todos los pecados y el don de la vida nueva. Ahora bien, la llamada de Cristo a la conversión sigue resonando en la vida de los cristianos. Esta segunda conversión es una tarea ininterrumpida para toda la Iglesia que recibe en su propio seno a los pecadores y que siendo santa al mismo tiempo que necesitada de purificación constante, busca sin cesar la penitencia y la renovación. Este esfuerzo de conversión no es sólo una obra humana. Es el movimiento del corazón contrito (Sal 51, 19), atraído y movido por la gracia a responder al amor misericordioso de Dios que nos ha amado primero. 1428.

1989: La primera obra de la gracia del Espíritu Santo es la conversión, que obra la justificación según el anuncio de Jesús al comienzo del Evangelio: Conviértanse porque el Reino de los cielos está cerca (Mt 4, 17). Movido por la gracia, el hombre se vuelve a Dios y se aparta del pecado, acogiendo así el perdón y la justicia de lo alto. La justificación entraña, por tanto, el perdón de los pecados, la santificación y la renovación del hombre interior.

1990: La justificación arranca al hombre del pecado que contradice al amor de Dios, y purifica su corazón. La justificación es prolongación de la iniciativa misericordiosa de Dios que otorga el perdón. Reconcilia al hombre con Dios, libera de la servidumbre del pecado y sana

P.José  Jiménez de Jubera

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