Domingo III de Pascua “Vosotros sois testigos”

Escrito en 26/04/2012 por Rita de Casia en Reflexiones Dominicales

Del Evangelio según Lucas 24,35-48
Ellos, por su parte, contaron lo que había pasado en el camino y cómo le habían conocido al partir el pan. Estaban hablando de estas cosas, cuando él se presentó en medio de ellos y les dijo: «La paz con vosotros.» Sobresaltados y asustados, creían ver un espíritu. Pero él les dijo: «¿Por qué os turbáis? ¿Por qué se suscitan dudas en vuestro corazón? Mirad mis manos y mis pies; soy yo mismo. Palpadme y ved, porque un espíritu no tiene carne y huesos como veis que yo tengo.» Y, diciendo esto, les mostró las manos y los pies. Como no acababan de creérselo a causa de la alegría y estaban asombrados, les dijo: «¿Tenéis aquí algo de comer?» Ellos le ofrecieron un trozo de pescado. Lo tomó y comió delante de ellos. Después les dijo: «Éstas son aquellas palabras mías que os dije cuando todavía estaba con vosotros: Es necesario que se cumpla todo lo que está escrito en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos acerca de mí.» Y, entonces, abrió sus inteligencias para que comprendieran las Escrituras y les dijo: «Así está escrito: que el Cristo debía padecer y resucitar de entre los muertos al tercer día y que se predicaría en su nombre la conversión para perdón de los pecados a todas las naciones, empezando desde Jerusalén. Vosotros sois testigos de estas cosas

Reflexión

El mensaje fundamental de este domingo pascual lo encontramos en el evangelio. Las profecías se cumplen: Así estaba escrito, dice Jesús: todo aquello que había sido escrito en la ley y Moisés acerca del Mesías, acerca de sus sufrimientos y de su muerte, debe tener total cumplimiento en Cristo. En la primera lectura Pedro muestra la continuidad entre el Dios de Abraham, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob y el Dios que ha glorificado a Jesús. Ninguna ruptura entre las promesas hechas por Dios y la realidad actual; por el contrario: un cumplimiento perfecto del plan de Dios, la alianza de amor con los hombres llevada hasta el amor extremo. Gracias a la muerte de Jesús y a su resurrección tenemos el perdón de los pecados, recalcado en la segunda lectura de san Juan. Jesús es propiciación por nuestros pecados. Allí donde se anuncie el misterio de Cristo, el misterio de su muerte y su resurrección, debe anunciarse el perdón de los pecados y la necesidad de la conversión. Nos encontramos ante un mensaje con una doble realidad, como el anverso y el reverso de la misma moneda: por una parte el gozo de saber que todas las profecías se han cumplido en Cristo Jesús, en su muerte y su resurrección; por otra parte, la necesidad de arrepentimiento y conversión por nuestros pecados. Insistimos en el desarrollo de estos dos aspectos.

Dios es fiel:

 El Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob, el Dios de nuestros padres, ha glorificado a su Hijo Jesús…  Dios lo resucitó de entre los muertos… es el mensaje de Pedro. Es la historia sagrada desde Adán hasta nosotros y es confesar que Dios creó al hombre por amor, y ese amor es algo esencial en Él, si dejaría de amar a los hombres, hasta a los mismos pecadores, dejaría de ser Dios. El hombre dio la espalda a Dios, pero este buen Dios hizo todo lo que estaba en Él para salvarlo. Lo expresa muy bien Jesús en la conversación con Nicodemo: Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo Primogénito para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna (Jn 3,16). Dios rehace todo lo que el hombre había perdido. Así pues, que la fidelidad de Dios a sus promesas y a su amor por el hombre, es la seguridad en nuestro camino. El Señor no nos ha abandonado. Por eso nos dice el mismo Dios por el profeta: Podrá una madre olvidarse de su hijo, pero Dios no lo hará con ustedes, porque en su Hijo muerto y resucitado nos ha dado todo. Nos ha dado su amor pleno.

Arrepentimiento y conversión de los pecados.

Cristo resucitado anuncia a sus apóstoles que en su nombre (el nombre de Cristo) se predicará la conversión y el perdón de los pecados. Esto también estaba contenido en las Escrituras. Y así, vemos a Pedro mismo predicar este arrepentimiento y este perdón. Y así escuchamos a Juan en su primera carta proclamar que, si alguno peca, sepa que tiene un abogado ante el Padre, Cristo el Señor. Pascua es un momento propicio para  la conversión. El que ama a Dios no puede seguir pecando. El que conoce a Dios no puede seguir pecando. Quizá caerá por fragilidad, pero entre él y el pecado se ha dado una lucha que no conoce fin, pues el pecado lleva a la muerte, a la muerte segunda, a la pérdida definitiva de Dios. Dios, en su amorosa disposición al perdón -nos dice  Juan Pablo II el 1 de enero de 1997-, ha llegado a darse a sí mismo al mundo en la Persona de su Hijo, el cual vino a traer la redención a cada individuo y a la humanidad entera. Ante las ofensas de los hombres, que culminan en su condena a la muerte de cruz, Jesús ruega: “Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen _ (Lc 23, 34). El perdón de Dios es expresión de su ternura como Padre. En la parábola evangélica del _ hijo pródigo” (cf. Lc 15, 11-32), el padre sale corriendo al encuentro de su hijo apenas lo ve que vuelve a casa. No le deja siquiera presentar sus disculpas: todo está perdonado (cf. Lc 15, 20-22). La inmensa alegría del perdón, ofrecido y acogido, sana heridas incurables, restablece nuevamente las relaciones y tiene sus raíces en el inagotable amor de Dios. Es sin duda  esta la invitación más esencial y necesaria que a todos nos hace hoy la liturgia pascual.

¿Por qué os alarmáis? ¿Por qué surgen dudas en vuestro interior? La paz de Cristo.

Hemos de confesarlo: surgen dudas en nuestro interior. Dudas sobre el mundo y su bondad; dudas sobre el hombre y su fragilidad para el bien; dudas sobre uno mismo: sobre el sentido de la propia vida, de la propia tarea, de la propia vocación. En fin, a veces, nos surgen dudas sobre Dios y su plan. Pues bien, Cristo resucitado, nos repite como a aquellos apóstoles atemorizados: ¡La paz sea con vosotros! ¿Por qué os alarmáis? ¿Por qué surgen dudas en vuestro interior? ¡¡Soy yo!! Si bien esta vida está transida de dudas, dolores íntimos e insospechables, sin embargo, es también una vida que merece vivirse. El testimonio reciente de la vida íntima de la Madre Teresa de Calcuta es algo muy instructivo. Ella, que era la imagen de la caridad y de la alegría, que predicaba a todos que había que servir a Dios en el prójimo con amor y con una sonrisa en los labios, precisamente ella, experimentaba una honda oscuridad en su alma. Le venían dudas en su interior sobre el amor de Dios-. ¡Qué noche habrá sido aquella en un alma que no era sino caridad! Ahora entendemos mejor lo que dice santa Teresa de Jesús acerca de las sequedades y obscuridades del alma: no le conviene al alma refugiarse en sí misma, ni abandonar sus obras de caridad; por el contrario que continúe donándose y entregándose que Dios sabrá sacar provecho de ello para ella y para sus almas. Así pues, ante las dudas en nuestro interior: que sea la paz y la caridad de Cristo lo que prevalezca en el corazón y a seguir hacia adelante que la eternidad está a la puerta.

Fray José Jiménez de Jubera OAR

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