Domingo II de Cuaresma:“Este es mi Hijo amado: escúchenlo” Mc 9,2-10

Escrito en 03/03/2012 por Rita de Casia en Reflexiones Dominicales

 

Este es mi Hijo amado; escúchenlo”.   VIDEO

MONICION ENTRADA : Hoy, en nuestro camino cuaresmal, reafirmamos nuestra fe en Jesús y descubrimos que nuestro camino de conversión es también un camino lleno de vida, de alegría y de esperanza.

PRIMERA LECTURA.

Lectura del libro del Génesis 22, 1-2. 9-13. 15-18.

En aquellos días, Dios puso a prueba a Abrahán, llamándole: «¡Abrahán!»

Él respondió: «Aquí me tienes.»

Dios le dijo: «Toma a tu hijo único, al que quieres, a Isaac, y vete al país de Moria y ofrécemelo allí en sacrificio, en uno de los montes que yo te indicaré.»

Cuando llegaron al sitio que le había dicho Dios, Abrahán levantó allí el altar y apiló la leña, luego ató a su hijo Isaac y lo puso sobre el altar, encima de la leña.  Entonces Abrahán tomó el cuchillo para degollar a su hijo; pero el ángel del Señor le gritó desde el cielo: «¡Abrahán, Abrahán!»

Él contestó: «Aquí me tienes.»

El ángel le ordenó: «No alargues la mano contra tu hijo ni le hagas nada.  Ahora sé que temes a Dios, porque no te has reservado a tu hijo, tu único hijo.»

Abrahán levantó los ojos y vio un carnero enredado por los cuernos en la maleza.  Se acercó, tomó el carnero y lo ofreció en sacrificio en lugar de su hijo.

El ángel del Señor volvió a gritar a Abrahán desde el cielo: «Juro por mí mismo –oráculo del Señor-: Por haber hecho esto, por no haberte reservado tu hijo único, te bendeciré, multiplicaré a tus descendientes como las estrellas del cielo y como la arena de la playa.  Tus descendientes conquistarán las puertas de las ciudades enemigas.  Todos los pueblos del mundo se bendecirán con tu descendencia, porque me has obedecido.»PALABRA DE DIOS

SALMO RESPONSORIAL. Salmo 115.

Antífona: Caminaré en presencia del Señor .

Tenía fe, aun cuando dije: «¡Qué desgraciado soy!» Mucho le cuesta al Señor la muerte de sus fieles.

Señor, yo soy tu siervo, siervo tuyo, hijo de tu esclava: rompiste mis cadenas.  Te ofreceré un sacrificio de alabanza, invocando tu nombre, Señor.

Cumpliré al Señor mis votos en presencia de todo el pueblo, en el atrio de la casa del Señor, en medio de ti, Jerusalén.

MONICION SEGUNDA LECTURA :  Escucharemos un poderoso llamado a sentirnos seguros en Cristo, pues con Él, nuestra vida está fortalecida ante todos los desafíos posibles

SEGUNDA LECTURA. 

Lectura de la carta del apóstol San Pablo a los Romanos 8, 31b-34.

Hermanos:

Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?

El que no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará todo con él? ¿Quién acusará a los elegidos de Dios? ¿Dios, el que justifica? ¿Quién condenará? ¿Será acaso Cristo, que murió, más aún, resucitó y está a la derecha de Dios, y que intercede por nosotros?

PALABRA DE DIOS

  

EVANGELIO.

Lectura del santo Evangelio según San Marcos 9, 2-10.

En aquel tiempo, Jesús se llevó a Pedro, a Santiago y a Juan, subió con ellos solos a una montaña alta, y se transfiguró delante de ellos.  Sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador, como no puede dejarlos ningún batanero del mundo.

Se les aparecieron Elías y Moisés, conversando con Jesús.  Entonces Pedro tomó la palabra y le dijo a Jesús: «Maestro, ¡qué bien se está aquí! Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.»

Estaban asustados, y no sabía lo que decía.

Se formó una nube que los cubrió, y salió una voz de la nube: «Éste es mi Hijo amado; escuchadlo.»

De pronto, al mirar alrededor, no vieron a nadie más que a Jesús, solo con ellos.

Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó: «No contéis a nadie lo que habéis visto, hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos.»

Esto se les quedó grabado, y discutían qué querría decir aquello de «resucitar de entre los muertos». 

PALABRA DEL SEÑOR

 

HOMILÍA.

Cristo, Dios y hombre, es el centro de nuestra fe:

Dios Hijo, Palabra  eterna, según el evangelio de san Juan, se hace hombre para salvarnos. Recorre nuestros caminos ocultando su divinidad, mostrando solamente su humanidad. Y hoy el evangelio nos presenta al Hijo de Dios en su esplendor; cuando poco antes en el evangelio de Marcos había hecho el primer anuncio de que su destino era morir en la cruz. Es la escena en la que Dios Padre proclama a Jesús, su Hijo: Este es mi Hijo amado, escúchenle (Mc 9,7). A este hijo amado lo entregó a la muerte por todos nosotros (Rm 8,32), como lo prefiguró en la petición a Abraham de sacrificar a su hijo Isaac, relato que hemos acuchado en la primera lectura.

Jesús transfigurado:

Después del primer anuncio de su pasión a los discípulos y antes de iniciar el camino hacia Jerusalén, que le llevaría a morir en la cruz, Jesús quiere realizar un acto que los confirme en lo que él está diciendo: se deja ver por tres discípulos en el esplendor de su divinidad. Como dice san Agustín el milagro continuo de Jesús era llevar oculta su divinidad, aquí la deja libre. Este hecho de la transfiguración es unir el cielo con la tierra por medio del rayo de luz eterna que es Cristo Jesús. No vamos hacia la muerte a ojos cerrados, sin sentido; vamos a la resurrección. La muerte es el paso –pascua– a la resurrección gloriosa.

En la transfiguración Jesús ofrece a los tres apóstoles presentes la visión luminosa de lo que es parte de la glorificación, no hay un túnel obscuro al final de nuestra vida terrena con sus sufrimientos y muerte, sino la transfiguración total. Ahí está la voz del Padre para confirmarlo: Sí, Jesús es el hijo predilecto, que cumplirá sus designios y somos también nosotros sus hijos, llamados asimismo a cumplir nuestra tarea de negarnos a nosotros mismos y llevar la propia cruz detrás de Cristo Jesús.

Como Abraham e Isaac:

El Padre, origen de toda paternidad y de toda vida, revela ya en Abraham la grandeza de la ofrenda suprema. Isaac es obediente a su padre. A cada uno de nosotros  – se nos pide ciertamente para unirnos a Cristo y a la voluntad del Padre – el sacrificio como al propio Isaac. Dios condonó la muerte de Isaac, pero no la de su Hijo. Lo expresa muy bien Jesús en el diálogo con Nicodemo: Tanto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo Primogénito para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna (Jn 3,16). Jesús no consideró un tesoro codiciable el ser igual a Dios (Flp 2,6), porque lo que le guiaba en todo era el amor. El amor le hizo hacerse hombre, el amor lo condujo por los caminos de los hombres, el amor lo llevó a la muerte de cruz y lo llevó en plenitud a la resurrección y pasar al triunfo total a la gloria de Dios Padre.

Todo esto debe quedar bien claro a todo discípulo de Cristo.

Un testimonio de una mente preclara de la Edad Media:

Es imposible contemplar el Sumo Bien y no amarle, y no amarlo en la misma medida cuanto es dado contemplarle, hasta que el amor alcance alguna semejanza con aquel amor que llevó a Dios a hacerse hombre, en la humildad de la condición humana, para hacer al hombre semejante a Dios en la glorificación de la divina participación. Entonces es dulce para el hombre hacerse humilde con la soberana Majestad, pobre con el Hijo de Dios, conforme a la divina Sabiduría, teniendo en sí los mismos sentimientos de Cristo Jesús, Señor nuestro. En él nuestro ser no muere, nuestro entendimiento no yerra, nuestro amor no queda defraudado; cuanto más se le busca, más dulce se le encuentra, y cuanto más dulce se le halla, con más diligencia se le busca.

Tal es la faz de Dios, que ninguno puede contemplar y vivir en este mundo; es la belleza que suspira por gozar todo el que ama a su Señor y Dios, y con todo su corazón, con toda su alma, con todo su espíritu, con todas sus fuerzas. Y si alguna vez es admitido a esta visión, percibe, sin sombra de duda, a la luz de la verdad, la gracia que le ha prevenido.

El contemplativo debe, pues, humillarse en todas las ocasiones y glorificar en sí mismo al Señor, su Dios (Guillermo de Saint-Thierry: Carta de oro, nro. 268). Guillermo, amigo y estimador de Bernardo de Claraval, nació en Lieja entre 1075 y 1080. De familia noble, fue a las escuelas más famosas de su tiempo e ingresó en los benedictinos de Saint-Nicaise de Reims. Después entró en la abadía cisterciense de Signy, en la que escribió obras de espiritualidad importantes en la historia de la teología monástica.

Necesitamos hoy en día gente enamorada del amor; capaces de admirarse como Pedro de la majestad divina, capaces como Cristo de dar su vida, capaces nosotros de seguirlo cada día. Es el amor. Es cosa de auténticos amadores 

 

P. José Jiménez de Jubera 

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