Domingo de Pascua de Resurrección

Escrito en 31/03/2013 por Rita de Casia en Reflexiones Dominicales

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Lecturas:

Þ   Hechos 10, 34ª. 37-43: Nosotros somos testigos de todo lo que hizo en el país de los judíos y en Jerusalén.

Þ   Salmo 117, 1-2. 16-17. 22-23: Este es el día en que actuó el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo.  

Þ   Colosenses 3, 1-4: … ya que habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo.

Þ   Juan 20, 1-9: Vio y creyó.

Dios ha muerto:

Es fuerte esta expresión. Porque Jesús es el Hijo de Dios, verdadero Dios y verdadero hombre, unidas estas dos realidades esencialmente en una sola persona por lo que Jesús muere realmente. Es la afirmación rotunda de san Pedro: Lo mataron colgándolo de un madero, pero Dios lo resucitó al tercer día (Hech 10, 39-40). Es la verdad fundamental de nuestra fe cristiana, sin la cual el cristianismo no tiene fundamento, por eso ha sido negada esta verdad por autores diversos a lo largo de la historia y de formas bien disparatadas, muchas veces con ideas ridículas.

Cristo ha muerto y resucitado y ¿ahora?

Escribe fray Enrique Gómez, OAR: Tras el acontecimiento pascual, los discípulos adquieren conciencia  de una necesaria resurrección universal. Creo que esto mismo quiere expresar san Pablo cuando dice: Ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de arriba, no los de la tierra (Col 3,1). Este buscar los bienes de arriba, no las de la tierra es ir trasformando nuestro mundo en esa resurrección universal de que habla fray Enrique. ¿Por dónde ir? Un conocido teólogo así los expresa: El camino hacia el hombre nuevo no es otro que el camino de Jesús hacia la resurrección. Yo soy el camino, la verdad y la vida, nadie va la Padre sino por mí (Jn 14, 6), es la respuesta de Jesús a Tomas, quien dice no conocer el camino para llegar a la realidad de la resurrección, la meta del Reino que Cristo nos propone construir. En mis apuntes encuentro estos versos, o lo que sean, de los que no conozco su autor:

¡Jesús vive! ¡Vive en nosotros!                                                                                                ¡Contad y contemplad!                                                 

¡Amad sin medida!                                                             

 La muerte no es final,                                                                                                       

es parte del camino.                                                                        

¡Somos testigos de la vida,                                            

aliados de la cruz,                                                   

mediadores de esperanza!  

En un mundo que nos forma para la muerte:

La humanidad no va en busca de una resurrección total, sino que nos lleva a una muerte sin futuro.  Pone en práctica de diversas formas el dicho tan antiguo: Comamos y bebamos que mañana moriremos. Una sociedad que pone su meta suprema en tener más placer, y esto es frustrante en multitud de ocasiones y ¿entonces?  Un ejemplo: Dos jóvenes buscan el amor, dicen que lo han encontrado como pareja, tienen relaciones sexuales, dicen que son felices… desean casarse “para que el placer sea mayor” o por otras circunstancias… rehúyen hablar de entrega, de donación, de sacrificio…  Con esos vacios previos la convivencia  matrimonial va fallando, vienen los hijos, se acentúan los problemas y llega la separación. Los hijos, que son los que más van a sufrir, no interesan. Un mundo – sobre todo en Europa –  no solo de viejo en edad, sino en ideas, buscando la sociedad del bienestar, dicen, que, lamentablemente, no da respuesta a los mayores interrogantes del hombre de siempre. El camino del amor lo confunden con el de estar bien y nace el egoísmo y una insolidaridad total.

Redimidos por Cristo Jesús y  vamos hacia la Vida:

Como creyentes somos un grupo humano que actúa porque cree que ha sido convocado para construir un Reino  de Paz en el Amor. Y ¿qué reino construimos? El peligro es querer crear ese Reino al gusto de cada uno, sin ninguna trascendencia, sin pensar más allá de lo que creemos tocar o ver.  Hay que pedir al buen Dios que nos conceda la fe que nos ayude a comprender que debemos ver más allá de los hechos sensorialmente percibidos. Es el ejemplo de Juan que vio el sudario enrollado y entró y vio y creyó (Jn 20,8). No vio a Cristo, pero recordó las palabras de Jesús y se le abrieron los ojos de la mente por la fe.

¿Cómo y por qué creo yo?

Nos enseña el Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica: Cristo sufrió una verdadera muerte y verdaderamente fue sepultado. Pero la virtud divina lo preservó de la corrupción (núm.  124). La resurrección de Cristo es un acontecimiento trascendente porque, además de ser un evento histórico, verificado y atestiguado  mediante signos y testimonios, trasciende y sobrepasa la historia como misterio de la fe, en cuanto implica la entrada de la humanidad de Cristo en la gloria de Dios (núm. 128).

La experiencia personal:

Sé que un testimonio personal no vale mucho, pues cualquiera puede decir  que es una apreciación subjetiva o puro sentimentalismo, una falsa apreciación. Pero nadie puede negar que lo que yo vivo, constatado por lo vivido por otros, puede tener una gran fuerza moral; esa experiencia, compartida  con enfermos y ancianos. Cito de memoria a san Pablo que nos habla de que lo corruptible va camino de desaparecer, mientras lo espiritual va  más. Desde mi enfermedad siento que me acerco más a la muerte. Eso no me oprime, porque

¡Cristo vive y yo estoy viviendo ya con él!

Creo así que mi vida tiene el sentido más hermoso posible: la muerte no es el final, es el paso a la gloria eterna prometida por el Padre. Por eso, siento que yo no soy quien vive, como expresa san Pablo, es Cristo quien vive en mí. Y creo en la VIDA, en una Vida plena (lo hago ahora cuando mis facultades están en plenitud, cuando, además. No sé cuándo llegará mi muerte ni cómo serán los años que me restan de vida, pero ahora hago esta afirmación bien sentida: vivo mi vida puesta en Dios en un adelanto de lo que espero. Y para terminar hago mi profesión en el amor: Donde hay amor, se vive la vida de resucitados. ¡Cristo vive!

P. José Jiménez de Jubera Rubio OAR

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