LECTIO DIVINA: SANTÍSIMA TRINIDAD

Escrito en 11/06/2014 por Rita de Casia en Lectio Divina, Mensajes del Párroco

TRINIDAD

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INVOCACIÓN

 ¡Oh Dios mío, trinidad adorable, ayúdame a olvidarme por entero para establecerme en ti!  ¡Oh mi Cristo amado, crucificado por amor! Siento mi impotencia y te pido que me revistas de ti mismo, que identifiques mi alma con todos los movimientos de tu alma; que me sustituyas, para que mi vida no sea más que una irradiación de tu propia vida. Ven a mí como adorador, como reparador y como salvador…

¡Oh fuego consumidor, Espíritu de amor! Ven a mí, para que se haga en mi alma una como encarnación del Verbo; que yo sea para él una humanidad sobreañadida en la que él renueve todo su misterio.

Y tú, ¡oh Padre!, inclínate sobre tu criatura; no veas en ella más que a tu amado en el que has puesto todas tus complacencias.

¡Oh mis tres, mi todo, mi dicha, soledad infinita, inmensidad en que me pierdo! Me entrego a vos como una presa; sepultaos en mí para que yo me sepulte en vos, en espera de ir a contemplar en vuestra luz el abismo de vuestras grandezas

LECTURA DEL SANTO EVANGELIO según san Juan (3,16-18):

Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.

 

Contexto El cristianismo está lleno de misterios, que son acciones de Dios por las que Él ha obrado nuestra salvación eterna en Cristo,  que se nos comunica en la Iglesia, particularmente en los sacramentos y en la celebración litúrgica. Pero el misterio central y a la vez, el más profundo, es el misterio que celebramos hoy: la Sma. Trinidad. Todos los demás misterios nacen de éste, y todos, sin excepción, desembocan en él. Y este misterio fundamental vive en el cristianismo, desde la época de los apóstoles hasta hoy. También cada uno de nosotros conoce esta verdad de un solo Dios, en tres personas.

 Después de haber contemplado ampliamente la obra de Jesús en su misterio pascual, realización del proyecto salvífico del Padre,  y de acogerla en el don de su Espíritu, colocamos hoy nuestra mirada en el misterio de la Santísima Trinidad. “Tres personas distintas, un solo Dios verdadero”, así confesamos al Dios en quien nuestra vida fue sumergida bautismalmente.

 

Comentario

 La señal de la cruz. El símbolo más cercano del Dios Trino en nuestra vida cristiana es el signo de la cruz. Lo acompañamos con la invocación del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. De este modo, la señal de la Cruz significa el reconocimiento del misterio central de nuestra fe. La cruz, como sabemos, es el símbolo del Redentor y de la redención. Y la redención es obra de las tres Personas Divinas, pues a cada una le toca un papel diferente: el Padre, quien es la fuente y el origen de todo, entrega en un acto heroico a su único Hijo para que salve al mundo. El Hijo ama tanto el Padre y a los hombres que acepta esta misión salvadora y se entrega a sí mismo, hasta la muerte en la cruz. El Espíritu Santo tiene a su cargo llevar a término la obra del Hijo, a través de los tiempos: es Dios que guía y gobierna la Iglesia; es Él que habita y actúa en nuestras almas. Todo esto debiera resonar cuando trazamos el signo de la cruz. Así, es como un compendio de nuestra fe. Solo una fe viva y profunda en la Sma. Trinidad ha podido crear este símbolo. Y nosotros, la hemos conservado como tal, pero su rico contenido, por la general, lo hemos olvidado.

 Con nuestro entendimiento humano, jamás seremos capaces de comprender el misterio fundamental que celebramos: tres Personas y un solo Dios, unido desde siempre y para siempre. Nunca lo captaremos, ni con nuestros sentidos naturales, ni con la inteligencia humana. La fe puede anunciarnos el hecho como tal, pero verlo, penetrarlo totalmente, no lo podremos. Incluso cuando lleguemos a la eternidad, podremos ver a Dios inmediatamente, lo podremos gozar, pero no podremos penetrarlo totalmente.

 La experiencia de un Dios Trino es fe y vida. No hay duda que la intimidad de los Tres fue vivida espontáneamente por los primeros cristianos después de la Pascua cuando ya se había cumplido la promesa de Jesús sobre la venida del Paráclito: “Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad completa” (Juan 16,13).  Pero después de la experiencia viene la “formulación” de lo vivido y comprendido; es así como se va llegando poco a poco a la confesión de que Dios es Trinidad Santa.

Algunas afirmaciones dichas por Jesús

 “Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre… Yo estoy en el Padre y el Padre está en mí” (14,9.11).

 “Si alguno me ama, guardará mi Palabra y mi Padre le amará, y vendremos a él y haremos morada en él” (14,23).

“El Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo” (14,26).

“Como el Padre me amó, yo también os he amado a vosotros” (15,9).

“Que todos sean uno; como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros” (17,21).

“Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios” (20,17).

‘Como el Padre me envió, también yo os envío’. Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: ‘Recibid el Espíritu Santo’ (20,21b-22).

 El Espíritu “hablará”. La voz del Espíritu comienza a partir del silencio de Jesús. Jesús calla (16,12) pero su mensaje está ahí resonando por medio del Espíritu. Por eso “hablará lo que oiga” (16,13b). “No hablará por su cuenta”. Notemos la gran fidelidad que caracteriza al Espíritu con relación a Jesús. Su actitud es similar a la que Jesús tiene con el Padre: “el que me ha enviado es veraz, y lo que le he oído a él es lo que hablo al mundo” (8,26).

 El Espíritu “anunciará lo que ha de venir”.  El Espíritu no permite que las eventualidades de la historia desvíen a los discípulos de Jesús, sino por el contrario, los lleva a hacer presente y actual la Palabra del Maestro en todo lo que les va pasando.  Para ello mantiene la sintonía –con la mayor nitidez posible- de los discípulos con Jesús.

 El Espíritu “me dará gloria” (16,14a). Se trata de la gloria dada por el Padre al Hijo desde la eternidad: “la gloria que tenía a tu lado, antes que el mundo fuese” (17,5b).  El  “dar gloria” a Jesús resume lo que se había dicho anteriormente sobre el Señorío de Cristo en el mundo, esto quiere decir que, llevando a plenitud la obra de Jesús en el mundo, el Espíritu está anticipando su plenitud final en la historia. Él nos lleva de brazos abiertos ante Dios.

 “Quiero que donde yo esté estén también conmigo, para que contemplen mi gloria” (17,24). Ahora vemos que el Espíritu no nos llega solamente a los oídos sino hasta el corazón. Es el Espíritu quien coloca en lo más hondo de nuestro ser al Ser mismo de Dios.

 Siendo todo esto así, no se puede ser cristiano completo sin vivir en la Trinidad, porque la novedad de la vida bautismal –somos bautizados “en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”- está iluminada por un amor transformante del Dios familia: “El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado” (Romanos 5,5).

¿Cuál es la cumbre de la revelación que Jesús nos hace del Misterio de Dios? ¿Qué significa la frase de Jesús: “El Espíritu de la Verdad os guiará hasta la Verdad completa”?  Nuestra sociedad ha alcanzado altos niveles de comunicación global, pero esto no ha hecho más que poner de relieve las fragmentaciones sociales, los fracasos familiares, la marginación, las profundas y absurdas soledades. ¿El anuncio de un Dios amor  está contradiciendo el estilo de vida individualista de una sociedad de masas pero sin comunión de amor? ¿Qué debemos promover los discípulos de Jesús? ¿Qué tenemos que anunciar proféticamente?

Creo que ese Dios único es Padre nuestro

Dios es Padre, que lo ha creado todo, que nos ha dado la vida, que ha puesto el universo en nuestras manos; que sigue manteniendo en pie día a día la creación. Que siempre está interesado por nosotros; que quiere lo mejor para nosotros, que tengamos paz, justicia, pan, alegría, vida; que Él es el primer comprometido en esta causa y nos llama para que nos preocupemos de aquellos que han sido menos afortunados, que no han tenido tanta suerte.

Creo que ese Dios único es Hijo, que se hizo hombre

Dios es Hijo, que se ha hecho uno de nosotros. Muchos, ocupados en sus asuntos no se enteraron; se sintieron incluso molestos con él, y lo mataron; pero los perdonó. Y resucitó y nos hace el regalo de llamarnos a todos a resucitar con El y como El. Nos enseñó, así, que el Camino que lleva a la Vida es el de hacerse solidario, fraterno, prójimo de los que están a nuestro lado. Y que así, esa vida plena que nos espera al final, con El, y con el Padre, y con el Espíritu, empiece ya a dar sentido a nuestra vida, a transformar nuestra pena en gozo, nuestra violencia en paz, nuestras injusticias en fraternidad, nuestros enfrentamientos en amistad, nuestras iras en comprensión, nuestras separaciones en lazos de comunidad, nuestros miedos en esperanza, nuestras muertes en vida.

Creo que ese Dios único es Espíritu

 Dios es Espíritu; Espíritu Santo que guía a la Humanidad y a la Iglesia. Un Espíritu que nos une a los que tenemos fe en el Padre y en el Hijo, y nos constituye en comunidad con la misión de seguir presentando a la humanidad el rostro de Dios. Nos da una misión; nos va guiando por la vida… Y nos anima cuando nos desalentamos; nos hace recobrar la esperanza cuando la perdemos; nos hace ser creativos cuando surgen nuevos problemas entre nosotros; despeja las oscuridades de nuestro corazón cuando éstas se presentan, y nos da el gozo de sabernos hijos del Padre, hermanos del Hijo, y guiados por su mano, la mano del Espíritu. Nos hace comprender que hay más alegría en dar que recibir, en servir que ser servidos; nos ayuda a aceptar (aunque no siempre las comprendemos) las paradojas de Dios: que el pobre es el verdadero rico, que el que llora es el dichoso, que el perseguido es el afortunado…, que la muerte engendra la Vida. Esto, y muchas cosas similares, es tener fe en un Dios Espíritu; hacer todo eso es proclamar el mejor «Creo en el Espíritu Santo…».

 

MEDITACIÓN

Todos necesitamos una buena palabra. Una palabra que nos sirva de ayuda y de orientación; una palabra que nos ayude a comprendernos mejor; en definitiva, una palabra de aliento, de amor y de esperanza. Pues bien, Dios nos da cada día su Palabra por medio de las Sagradas Escrituras. A través de la Escritura la Palabra viva de Dios se dirige a nosotros con su fuerza y con su luz.

 Por medio de su Palabra es Dios mismo el que dialoga con nosotros, nos revela los secretos de su corazón, nos muestra el sentido de nuestras vivencias más íntimas y nos ayuda a interpretar los avatares de nuestro mundo. Por medio de ella es Cristo mismo el que sale a nuestro encuentro para estar con nosotros, sostenernos, interpelarnos, convertirnos y moldear nuestra existencia.

 Por ello, necesitamos cada día acercarnos a la Sagrada Escritura, es la manera de escuchar a Dios escuchando su Palabra en la Escritura inspirada. Es leer la Biblia orando, abriendo el corazón a las sorpresas de Dios que, por su Palabra, se dirige a nosotros como un amigo.

ORACIÓN

Dios mío, Trinidad a quien adoro!,
La Iglesia nos sumerge en tu misterio;

te confesamos y te bendecimos,
Señor Dios nuestro.
Como un río en el mar de tu grandeza,
el tiempo desemboca en hoy eterno,
lo pequeño se anega en lo infinito,
Señor, Dios nuestro.
Oh, Palabra del Padre, te escuchamos;
oh, Padre, mira el rostro de tu Verbo;
oh, Espíritu de amor, ven a nosotros;
Señor, Dios nuestro.
¡Dios mío, Trinidad a quien adoro!,
haced de nuestros almas vuestro cielo,
llevadnos al hogar donde tú habitas,
Señor, Dios nuestro.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu:
Fuente de gozo pleno y verdadero,
al Creador del cielo y de la tierra,
Señor, Dios nuestro. Amén.

 

CONTEMPLACIÓN

 Permanece en silencio. Repite en tu corazón la frase del texto bíblico que más ha calado en ti. Contempla a Aquel que es la Palabra viva.

 Pregúntate: ¿qué me quieres decir, Señor, por medio de tu Palabra viva, a mí, en este día, en este momento de mi vida? ¿Qué me quieres revelar, Señor, de tu Misterio y del secreto de mi corazón? ¿A qué me llamas? ¿De qué he de convertirme? ¿Cómo iluminas hoy, con tu Palabra, mis inquietudes, mis preguntas, mi vida?

ACCIÓN

 Llevar el propósito de vivir como templo vivo de Dios que soy desde el bautismo.

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