SOLEMNIDAD DE LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR( LECTIO DIVINA)

Escrito en 28/05/2014 por Rita de Casia en Lectio Divina

SOLEMNIDAD DE LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR

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INVOCACIÓN

Señor Jesús, envía tu Espíritu, para que Él nos ayude a leer la Biblia en el mismo modo con el cual Tú la has leído a los discípulos en el camino de Emaús. Con la luz de la Palabra, escrita en la Biblia, Tú les ayudaste a descubrir la presencia de Dios en los acontecimientos dolorosos de tu condena y muerte. Así, la cruz, que parecía ser el final de toda esperanza, apareció para ellos como fuente de vida y resurrección. Crea en nosotros el silencio para escuchar tu voz en la Creación y en la Escritura, en los acontecimientos y en las personas, sobre todo en los pobres y en los que sufren. Tu palabra nos oriente a fin de que también nosotros, como los discípulos de Emaús, podamos experimentar la fuerza de tu resurrección y testimoniar a los otros que Tú estás vivo en medio de nosotros como fuente de fraternidad, de justicia y de paz. Te lo pedimos a Ti, Jesús, Hijo de María, que nos has revelado al Padre y enviado tu Espíritu. Amén

 

LECTURA BÍBLICA: Mateo 28,16-20:“Por su parte, los once discípulos marcharon a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Y al verle le adoraron; algunos sin embargo dudaron. Jesús se acercó a ellos y les habló así: ‘Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo’”.

 

Contexto

El encuentro de Jesús resucitado con sus discípulos nos remite al comienzo del evangelio, cuando comenzó el discipulado a la orilla del lago a partir de la vocación. Un largo camino han recorrido juntos, en él la relación se fue estrechando cada vez más en cuanto el Maestro los insertaba en su ministerio, haciéndolos los primeros destinatarios de su obra, y los atraía para una relación aún más profunda con Él mediante el seguimiento. Jesús los devuelve al punto de partida.

 

Texto

Van a Galilea, que ha sido destinada por Dios como campo de misión de Jesús. Allí habían sido llamados y allí fueron testigos de misericordia de Jesús con enfermos y pecadores, donde la multitud andaba “vejada y abatida como ovejas sin pastor”.

 

La Montaña a la que van nos recuerda el lugar donde Jesús pronunció el Sermón de la Montaña, la Ley esencial de la vida cristiana que comienza con las bienaventuranzas y configura la existencia entera según “el Reino y la Justicia”.

 

En este ambiente, el Resucitado se le aparece a los discípulos. Vuelven a la relación que tenían antes y a todo lo que vivieron juntos. Ahora les dice qué es lo que va a determinar en el futuro la relación con él: “Se acercó a ellos y les habló así…”

Lo que Jesús aquí les dice será determinante y así permanecerá “hasta el fin del mundo”, hasta cuando Jesús venga por segunda vez con la plenitud de su poder y su definitiva revelación.

El grupo que ha sido convocado en Galilea tiene una herida producida por la traición y la muerte de Judas: ya no son “Doce”, sino “Once” (“Los once discípulos marcharon a Galilea…”).

El narrador continúa diciéndonos que los discípulos “al verle le adoraron; algunos sin embargo dudaron” (28,17). La primera reacción es que se arrojan por tierra en un gesto de adoración que nos recuerda el comienzo del evangelio cuando los magos “vieron al niño con María su madre y, postrándose, le adoraron”. En este momento cumbre del evangelio, los discípulos reconocen a Jesús resucitado como el Señor.

Pero Mateo hace notar que algunos todavía “dudan”. No debe extrañarnos. Reconocimiento y duda pueden estar juntos, como lo muestra la petición: “Creo. Ayúdame en mi incredulidad” (Mc 9,24).
“Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra”. Al postrarse, los discípulos reconocen que él es el Señor, el Señor sin límites, el Señor por excelencia.

 

Ante ellos, Jesús afirma que el Padre, el Señor del cielo y de la tierra (11,25), le ha dado todo poder en todo ámbito: en el cielo y sobre la tierra. La obra de Jesús fue continuamente experimentada como una “obra con poder”. Con este “poder” venció a Satanás y levantó al hombre postrado en sus sufrimientos y marginaciones. Ahora, una vez que su ministerio ha llegado a su culmen, el Resucitado se revela a sus discípulos como el que posee toda autoridad, es decir, un poder absoluto sobre todo.

Una vez que ha vencido al mal definitivamente en su Cruz, Jesús se presenta vivo y victorioso ante sus discípulos: el Señor del cielo y de la tierra. Y con base en esta posición real, Jesús les entrega ahora la misión, prometiéndoles su asistencia continua y poderosa.

 “Id, pues, y haced discípulos”

La tarea fundamental es hacer discípulos a todas las gentes. Por medio de ellos el Señor resucitado quiere  acoger a toda la humanidad en la comunión con Él. Hasta ahora ellos han sido los únicos discípulos. Jesús los llamó y los formó mediante un proceso de discipulado. En este momento los discípulos son enviados para dar en el tiempo post-pascual lo que recibieron en el tiempo pre-pascual.

Hacer “discípulos” es iniciar a otros en el “seguimiento”. De la misma manera que Jesús los llamó a su seguimiento y a través de ella los hizo pescadores de hombres, también los misioneros deben atraer a todos los hombres al seguimiento de Jesús, con el cual vivieron y continúan viviendo.

 “Seguimiento” quiere decir configurar el propio proyecto de vida en la propuesta de Jesús, entablar una cercanía con la persona de Jesús, entrar en comunión de vida con Él. El “discipulado” supone la docilidad: aceptar que es Jesús quien orienta el camino de la vida, quien determina la forma y la orientación de vida.

 El “discipulado” lleva a abandonarse completamente en Jesús, porque sólo Él conoce el camino y la meta y nos conduce con firmeza y seguridad hacia ella. Este camino y esta meta se han revelado a lo largo del evangelio.

Entonces, la esencia de la misión de los discípulos es conducir a toda la humanidad a la persona del Señor, a su seguimiento. De la misma manera como Jesús los llamó, sin forzarlos sino seduciendo su corazón y apelando a la libre decisión de cada uno, así ellos deben hacer discípulos a todos los pueblos de la tierra.

“…A todas las gentes”. Recordemos que en la primera misión la tarea apostólica se limitaba explícitamente a las “ovejas perdidas de la casa de Israel” Ahora la misión no conoce restricciones: a todos los hombres, y podríamos agregar “al hombre todo” (con todas sus dimensiones).

 

“…Bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. En el bautismo se realiza la plena acogida de los discípulos de Jesús en el ámbito de la salvación y en su nueva familia.

El Bautismo “en el nombre del Padre y del Hijo y de Espíritu Santo” presupone el anuncio de Dios, que es Padre, Hijo y Espíritu Santo, y la fe en este Dios. El “nombre” de Dios está puesto en relación con el conocimiento de Él.

Jesús predicó sobre Dios de una manera que no se conocía en el Antiguo Testamento. Allí se conocía a Dios en cuanto creador del cielo y de la tierra, pero al mismo tiempo se afirmó la enorme distancia entre el Creador y su criatura, lo cual hacía pensar en la infinita soledad de Dios. Jesús anunció que Dios no está solo sino que vive en comunión. Frente al Padre está el Hijo, ambos están unidos entre sí, se conocen, se comprenden y se aman recíprocamente en la plenitud y perfección divina por medio del Espíritu Santo.

Si es verdad que el seguimiento nos introduce en el ámbito de vida de Jesús, también es verdad que esta vida es su comunión con el Padre en el Espíritu Santo. El bautismo sella nuestra acogida en esta adorable comunión.

Ahora los apóstoles deben transmitir a los nuevos discípulos las enseñanzas de Jesús. Ahora son ellos los que, por encargo suyo, deben llamar a todos los hombres como discípulos y educarlos en una vida recta.

 “Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”. Durante su ministerio terreno, la relación de Jesús con sus discípulos estuvo caracterizada por su presencia visible y viva en medio de ellos. A partir de ahora esta presencia no termina sino que adquiere una nueva modalidad.

Jesús, quien al principio fue anunciado como el “Emmanuel”, el “Dios con nosotros”, muestra ahora la verdad de esta expresión al permanecer al lado de sus discípulos con todo su poder, con su vivo interés y con su poderosa asistencia a lo largo de toda la historia. Él, ya no estará de forma visible en medio de sus discípulos, pero sí garantiza su presencia poderosa en medio de los suyos.

 

MEDITACIÓN

¿Qué implica y qué importancia tiene el hecho que Jesús antes de ascender al Padre haya dicho: “…vayan y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos…”?, A partir de esa orden-misión que el Señor nos deja, ¿cuál debe ser mi actitud y disposición como persona de fe y como discípulo suyo? ¿Qué implica la ascensión para nuestra fe? ¿En qué nos afecta el hecho que Jesús haya vuelto junto al Padre y que ya no esté junto a nosotros (visiblemente), pero que nos haya dejado una misión?

¿Qué hago para tener una vida espiritual, fértil, dinámica, profunda, que me lleve a conocer siempre más al Señor y así buscar identificarme con su manera de ser y con sus actitudes y disposiciones?, ¿De qué manera busco al Señor?, ¿Con qué alimento mi fe y así busco tener celo apostólico, para anunciar nuestra fe y proclamar la Buena Nueva?

¿Podría hacer algo más para que el Señor sea conocido y el Evangelio asumido como estilo y propuesta de vida?, ¿qué?, ¿a quiénes yo podría ayudar para que conozcan más al Señor?, ¿quiénes son esos, que el Señor los coloca en mi camino, y a quienes todavía no les ayudado a encontrarse con el Señor?

 

ORACIÓN

Salmo 47

Grande es el Señor y muy digno de alabanza en la ciudad de nuestro Dios,
su monte santo, altura hermosa, alegría de toda la tierra:

el monte Sión, vértice del cielo, ciudad del gran rey;
entre sus palacios, Dios descuella como un alcázar.

Mirad: los reyes se aliaron  para atacarla juntos;
pero, al verla, quedaron aterrados y huyeron despavoridos;

allí los agarró un temblor y dolores como de parto;
como un viento del desierto, que destroza las naves de Tarsis.

Lo que habíamos oído lo hemos visto en la ciudad del Señor de los ejércitos,
en la ciudad de nuestro Dios: que Dios la ha fundado para siempre.

Oh Dios, meditamos tu misericordia en medio de tu templo:
como tu renombre, oh Dios, tu alabanza llega al confín de la tierra;

tu diestra está llena de justicia:  el monte Sión se alegra,
las ciudades de Judá se gozan con tus sentencias.

Dad la vuelta en torno a Sión, contando sus torreones;
fijaos en sus baluartes, observad sus palacios,  para poder decirle a la próxima generación:
«Éste es el Señor, nuestro Dios». Él nos guiará por siempre jamás.

 

CONTEMPLA

 A Jesús, que es glorificado como hombre por el Padre. Por su gran entrega a la causa de la salvación del mundo. Está junto al Padre, como le corresponde desde la eternidad.

Contempla  que  a ti mismo, que eres llamado para colaborar con Jesús para trasmitir alegría a los humanos. A aquellos a los que tienes que llevar la Buena Noticia del Reino.

ACCIÓN

Señor, sé que me has elegido para esta hermosa misión de contagiar tu Amor a los humanos. Te doy gracias porque me elegiste. Haz que también yo pueda experimentar el gozo de este llamado y responder lo mejor posible a tus expectativas sobre mí. Ábreme, Jesús, a tus altos ideales. Haz que yo responda a la altura de tu llamado. Haz que la esperanza de estar contigo siempre me anime en los momentos difíciles

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