Lectio Divina:DOMINGO XXX DEL TIEMPO ORDINARIO

Escrito en 26/10/2014 por Rita de Casia en Lectio Divina

AMARAS A DIOS
[fbshare]INVOCACIÓN
Ven, Espíritu Santo, te abro la puerta, entra en la celda pequeña de mi propio corazón,
llena de luz y de fuego mis entrañas, como un rayo láser opérame de cataratas,
quema la escoria de mis ojos que no me deja ver tu luz.

Ven. Jesús prometió que no nos dejaría huérfanos.
No me dejes solo en esta aventura, por este sendero.
Quiero que tú seas mi guía y mi aliento, mi fuego y mi viento, mi fuerza y mi luz.
Te necesito en mi noche como una gran tea luminosa y ardiente que me ayude a escudriñar las Escrituras.

Tú que eres viento, sopla el rescoldo y enciende el fuego.
Que arda la lumbre sin llamas ni calor. Tengo la vida acostumbrada y aburrida.
Tengo las respuestas rutinarias, mecánicas, aprendidas.
Tú que eres viento, enciende la llama que engendra la luz.
Tú que eres viento, empuja mi barquilla en esta aventura apasionante de leer tu Palabra,
de encontrar a Dios en la Palabra, de encontrarme a mí mismo en la lectura.

Oxigena mi sangre al ritmo de la Palabra para que no me muera de aburrimiento.
Sopla fuerte, limpia el polvo, llévate lejos todas las hojas secas
y todas las flores marchitas de mi propio corazón.

Ven, Espíritu Santo, acompáñame en esta aventura y que se renueve la cara de mi vida
ante el espejo de tu Palabra. Agua, fuego, viento, luz. Ven, Espíritu Santo. Amén. (A. Somoza)

LECTURA BíBLICA
Lectura del santo evangelio según san Mateo 22, 34-40
En aquel tiempo, los fariseos, al oír que Jesús habla hecho callar a los saduceos, formaron grupo, y uno de ellos, que era experto en la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba. «Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?» Él le dijo: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser.” Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo.” Estos dos mandamientos sostienen la Ley entera y los profetas.»
Contexto
En los tiempos de Jesús había catalogado 613 entre los mandamientos y prohibiciones de la Biblia. De tanto mandamiento la gente resultaba cansada y sedienta de sentido y de orientación para la vida: ¿Será que todos los mandamientos tienen la misma autoridad e importancia, o habría una jerarquía, un orden de importancia entre ellos?
Texto
Jesús orienta la atención en varias direcciones muy importantes. En primer lugar, remite a unas palabras del Deuteronomio, que todos los judíos recitan tres veces al día en la oración-confesión de fe (llamada el shemah) en que se confiesa y proclama la unidad del Dios único y verdadero, es previa para comprender el mandamiento del amor a Dios sobre todo y sobre todas las cosas. Sólo desde el reconocimiento de un único Dios se puede hablar de un amor exclusivo, porque amar conlleva dedicarse a él, obedecerle, servirle y cumplir su voluntad manifestada en la alianza. No hay otro mandamiento más importante que estos. Estos dos mandamientos sostienen la ley entera y los profetas.
Toda nuestra vida, cuando es realmente cristiana, está orientada hacia el amor. Sólo el amor hace grande y fecunda nuestra existencia y nos garantiza la salvación eterna. Para los judíos, el primer mandamiento superaba infinitamente el segundo y se practicaba por separado de él. Tenían un sentido muy profundo de la trascendencia de Dios y de sus derechos.

Jesucristo no niega el primer mandamiento, pero inquieta y rebela a sus correligionarios por la forma con que lo cumple: sirviendo al hombre. Lo nuevo es que Cristo ha unido inseparablemente a estos dos mandamientos: El amor verdadero a Dios es un amor verdadero al hombre. Y todo amor auténtico al hombre es un amor auténtico a Dios. Ya no estamos divididos entre dos amores. Ya no tenemos por qué quitarle al hombre un poco de nuestro tiempo, de nuestro dinero, de nuestro corazón, para dárselo a Dios.

Dios no es un rival del hombre: Todo lo que se hace al más pequeño de los hombres, se le hace al mismo Dios. Por la Encarnación, Dios se ha hecho hombre, Dios se ha solidarizado con todos los hombres; Dios y el hombre son inseparables. La novedad del Evangelio es la divinización del hombre y la humanización de Dios.

Significa: la oración, el culto, el servicio a Dios no tienen ningún valor si no expresan y alimentan una caridad auténtica, es decir, un servicio práctico y directo al hombre. El signo en que se reconocerá que somos discípulos de Cristo es que amamos a nuestros hermanos. Lo que pasa es que el amor a Dios separado del amor al hombre se presta a muchas ilusiones. Se puede creer en Dios y no amar a los hombres, como el sacerdote y el levita de la parábola del Buen Samaritano. O como los fariseos que creían servir a Dios cuando crucificaron a Jesús

Recordemos también aquella palabra de San Juan: “El que dice que ama a Dios, a quien no ve, sin amar a su hermano, a quien ve, es un mentiroso (1 Jn 4,20). O pensemos en aquella impresionante visión del juicio final en el Evangelio de San Mateo: El juicio final no se basará en la cantidad de nuestras comuniones, de nuestras misas dominicales, de nuestras prácticas religiosas, sino en nuestra conducta para con los hermanos. No seremos interrogados sobre lo que hemos hecho frente a Dios, sino sobre lo que hemos hecho frente a los demás. El juez divino va a decir: “En verdad os digo que cuando lo hicisteis con uno de estos mis hermanos, conmigo lo hicisteis” (Mt 25,40).

San Agustín, en una de sus epístolas, habla muy claramente en el mismo sentido: “La caridad fraterna es la única que distingue a los hijos de Dios de los hijos del diablo. Pueden todos hacer la señal de la cruz, responder amén, hacerse bautizar, entrar en la iglesia, edificar templos. Pero los hijos de Dios sólo se distinguen de los del diablo por la caridad. Puedes tener todo lo que quieras; si te falta el amor, de nada te vale todo lo demás.” Los primeros cristianos se llamaban sencillamente hermanos. Tenían un solo corazón y una sola alma, nos aseguran los Hechos de los Apóstoles. Hasta los paganos exclamaban: “Mirad, como se aman”. Es el elogio mayor que se puede hacer de una comunidad cristiana. Pero no sé si los paganos de hoy pudieran decir lo mismo de todos los cristianos. Sin embargo, el milagro que necesita nuestro tiempo, el milagro para el cual nuestro mundo está abierto, es el milagro del amor y de la fraternidad de los cristianos.

Concluyamos esta reflexión con otro pensamiento de San Agustín resaltando que la caridad está por encima de todo. San Agustín se pregunta: ¿Qué hay de más caro que la caridad? Llamamos “caras” a aquellas cosas que tienen un precio elevado. Examinen su modo de hablar: ‘Esto es más caro que aquello’. ¿Qué quiere decir ‘más caro’ sino que es más precioso? Si es caro aquello que es precioso, ¿habrá algo más caro que la propia caridad, mis hermanos? ¿Cuál consideramos que es su precio? ¿Dónde se encuentra su valor? El precio del trigo es tu moneda; el precio del campo, tu plata; el precio de la piedra preciosa, tu oro; ¡el precio de tu caridad eres tú! (…) Si procuras un campo para comprar, buscas dentro de ti. Si quieres tener caridad, ¡búscate a ti y encuéntrate! ¿Por ventura tienes miedo de darte para no gastarte? Por el contrario: si no te das, te pierdes. Es tu propia caridad que habla por boca de la sabiduría y que te dice algo para que no te asustes con lo que te fue dicho: Date a ti mismo. Si alguien te quisiera vender un campo, te diría: ‘Dame tu oro’; y quien te quiera vender cualquier otra cosa dirá: “Dame tu moneda, dame tu plata’. Oye lo que te dice la caridad por la boca de la Sabiduría: ‘Hijo, dame tu corazón’… Sea para mí, y no se pierda para ti”. (San Agustín, Sermón 34,7)

MEDITAR EL TEXTO

Pregúntate: ¿qué me quieres decir, Señor, por medio de tu Palabra viva, a mí, en este día, en este momento de mi vida? ¿Qué me quieres revelar, Señor, de tu Misterio y del secreto de mi corazón? ¿A qué me llamas? ¿De qué he de convertirme? ¿Cómo iluminas hoy, con tu Palabra, mis inquietudes, mis preguntas, mi vida? ¿Cómo vivo el amor a Dios y el amor al prójimo?

ORACIÓN

Da gracias al Señor, pide perdón o ayuda, intercede. Dialoga con el Señor con confianza, abandónate en sus manos, abre tu corazón a su presencia viva.

CONTEMPLACIÓN

Permanece en silencio. Repite en tu corazón la frase del texto bíblico que más ha calado en ti. Contempla a Aquel que es la Palabra viva. Contempla cómo nos pide que amemos a Dios y cómo él ama a los hermanos, haciéndose hermano nuestro.

ACTUACIÓN

Lleva la firme decisión de descubrir en el rostro de los hermanos la imagen de Dios, especialmente el rostro de los pobres y enfermos

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