Lectio Divina:DOMINGO XV DEL TIEMPO ORDINARIO, CICLO C

Escrito en 13/07/2019 por Rita de Casia en Lectio Divina

Deuteronomio 30, 10-14; Salmo 68; Colosenses 1, 15-20; Lucas 10, 25-37

Oración inicial

Señor, cuando tenga hambre, dame alguien que necesite comida. Cuando tenga sed, dame alguien que precise agua. Cuando sienta frío, dame alguien que necesite calor. Cuando sufra, dame alguien que necesita consuelo. Cuando mi cruz parezca pesada, déjame compartir la cruz del otro. Cuando me vea pobre, pon a mi lado algún necesitado. Cuando no tenga tiempo, dame alguien que precise de mis minutos. Cuando sufra humillación, dame ocasión para elogiar a alguien; Cuando esté desanimado, dame alguien para darle nuevos ánimos. Cuando quiera que los otros me comprendan, dame alguien que necesite de mi comprensión. Cuando sienta necesidad de que cuiden de mí, dame alguien a quien pueda atender. Cuando piense en mí mismo, vuelve mi atención hacia otra persona. Haznos dignos, Señor, de servir a nuestros hermanos; dales, a través de nuestras manos, no sólo el pan de cada día, también nuestro amor misericordioso, imagen del tuyo. (Santa Teresa de Calcuta)

LECTURA DE LA PALABRA DE DIOS. Lucas 10, 25-37

25 Se levantó un legista y dijo, para ponerle a prueba: «Maestro, ¿qué he de hacer para tener en herencia vida eterna?» 26 Él le dijo: « ¿Qué está escrito en la Ley? ¿Cómo lees?» 27 Respondió: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo.» 28 Díjole entonces: «Bien has respondido. Haz eso y vivirás.» 29 Pero él, queriendo justificarse, dijo a Jesús: «Y ¿quién es mi prójimo?» 30 Jesús respondió: «Bajaba un hombre de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de salteadores que, después de despojarle y darle una paliza, se fueron, dejándole medio muerto. 31 Casualmente, bajaba por aquel camino un sacerdote y, al verle, dio un rodeo. 32 De igual modo, un levita que pasaba por aquel sitio le vio y dio un rodeo. 33 Pero un samaritano que iba de camino llegó junto a él, y al verle tuvo compasión. 34 Acercándose, vendó sus heridas, echando en ellas aceite y vino; y le montó luego sobre su propia cabalgadura, le llevó a una posada y cuidó de él. 35 Al día siguiente, sacó dos denarios y se los dio al posadero, diciendo: `Cuida de él y, si gastas algo más, te lo pagaré cuando vuelva.’ 36¿Quién de estos tres te parece que fue prójimo del que cayó en manos de los salteadores?» 37 Él dijo: «El que practicó la misericordia con él.» Le dijo Jesús: «Vete y haz tú lo mismo.»

Contexto

Veíamos que los discípulos regresan contentos de la misión a la que han sido enviados. Jesús ve que el proyecto de Dios ha obrado maravillas desde la debilidad, pequeñez e insignificancia de los discípulos y del pueblo. Jesús, entonces, agradece al Padre por su especial atención a los pobres y humildes: «…Yo te bendigo Padre porque has ocultado estas cosas a los sabios e inteligentes y se las has mostrado a los pequeños”…» (Lc 10, 21). En medio de esta alegría y júbilo se levanta un maestro de la Ley para ponerlo a prueba, no así ocurre en Marcos. Jesús no rehúye el reto. Y el interrogante es interrogado. En el desarrollo de la discusión, Jesús le propone la parábola del Buen Samaritano y que también se le podría decir que es  la parábola de la misericordia y compasión del prójimo, una de las más conocidas y mencionadas de la Escritura para aplicarla a los seguidores del Señor. Para concluir la discusión,  Jesús le dice al doctor de la ley, que había definido al prójimo como aquel “que ha tenido compasión”: “Ve y haz tú lo mismo”. Esta frase nos recuerda las palabras de Jesús pronunciadas en la última cena, después de lavar los pies  a los discípulos, Jesús invita  a obrar según su ejemplo. (Jn 13,12-15).

Comentarios al texto

10,25-28. Se levantó un legista y dijo, para ponerle a prueba: «Maestro….Todo comienza con la pregunta, en principio maliciosa, del experto en la ley: “Maestro, ¿qué he de hacer para heredar la vida eterna?” Se ve que  el legista está interesado en la vida eterna; sabe que  es un don de Dios pero que exige la colaboración personal, hacer méritos para alcanzarla.  Jesús le devuelve la pregunta y le dice: “¿Qué está escrito en la Ley?” El fariseos respondió lo que hemos oído en la primera lectura, del Deuteronomio y que también aparece en el Levítico: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo.»  En la respuesta que el legista ha dado  los dos están  de acuerdo: es absolutamente necesario amar a Dios y al prójimo en la vida presente, y este es el punto de partida para la comunión de vida en la eternidad.

10, 29. Pero él, queriendo justificarse, dijo a Jesús: «Y ¿quién es mi prójimo?» Aquí radica el centro del diálogo. Los judíos solían considerar prójimos a los de su misma raza, cultura, nación o religión. Jesús, en cambio, muestra como prójimo nada menos que a un extranjero, perteneciente a un pueblo de distinta procedencia étnica y de distinto credo, y además enemigo de los judíos, los samaritanos. Prójimo es toda persona, no el círculo familiar, étnico o religioso. ¡Prójimo es también el enemigo!, como es el caso de la parábola.

10, 30. Jesús respondió: «Bajaba un hombre de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de salteadores que, después de despojarle y darle una paliza, se fueron, dejándole medio muerto. Jesús describe a un hombre asaltado en el camino,  que se encuentra  en extrema necesidad: su vida está en juego y no tiene la más mínima posibilidad de valerse por sí mismo para salvarse, depende completamente de la ayuda y la buena voluntad de los demás. El judío sabía que toda la Ley de Dios se resume en una sola palabra: amor (o caridad) en su sentido más completo; es el amor benevolente, que supera la autosatisfacción del “ego” para querer por encima de todo el bien del otro. Su grado máximo es la compasión, es decir, la disposición efectiva a compartir el sentimiento y aliviar la situación de quien padece cualquier tipo de dolor o necesidad.

10, 31-32. Casualmente, bajaba por aquel camino un sacerdote y, al verle, dio un rodeo… Los dos primeros viajeros que ven al herido  y pasan de largo, “pasan por el otro lado de la vía”,  “cambian de acera” ¿Quiénes son estos dos que no le tienden la mano al moribundo abandonado? Se dan diversas explicaciones: que pensaran que el hombre ya estuviera muerto y así evitar la impureza por el contacto con el cadáver; no exponerse también a ser asaltados;  o porque la situación era tan grave que no se sentían en condición de poder ayudarlo,  viendo que las consecuencias para la economía personal eran grandes. Cualquiera que sea la razón, el hecho es que estos dos hombres que pasan al lado del herido son incapaces de un acto de amor que implique riesgos y para ello encuentran buenas excusas.

33-35 Pero un samaritano que iba de camino llegó junto a él, y al verle tuvo compasión… El tercer viajero es un Samaritano, un enemigo del pueblo judío, y éste sí se acerca al herido. No se contentó simplemente con acercarse y decir bonitas palabras. Hizo otra cosa: Acercándosele, vendó sus heridas, echando en ellas aceite y vino, que es lo que tendrá a mano. Aquí  Jesús hace una inversión inesperada respecto al concepto tradicional de prójimo. Prójimo es el samaritano, no el herido, como nos habríamos esperado. Esto significa que no hay que esperar pasivamente a que el prójimo se cruce en nuestro camino, tal vez con luces de emergencia y alarmas. Nos toca a nosotros estar dispuestos a percibir quién es, a descubrirle. ¡Prójimo es aquello a lo que cada uno de nosotros está llamado a convertirse! El problema del doctor de la ley aparece derribado; de problema abstracto y académico, se hace problema concreto y operativo. La cuestión que hay que plantearse no es: « ¿Quién es mi prójimo?», sino: « ¿De quién me puedo hacer prójimo, ahora, aquí?». El samaritano espera volver a verlo, está dispuesto seguir con la mano tendida y se compromete con la recuperación total.

10,36-37. ¿Quién de estos tres te parece que fue prójimo del que cayó en manos de los salteadores?»… Y así llegamos a la conclusión de la parábola. “Vete y haz tú lo mismo”. El legista ha entendido que no basta con “ser buena gente”,  que necesita implicarse en el prójimo. No es suficiente “amarlo  como a uno mismo”, se precisa “gastar la vida por los demás”. En la Última Cena, Jesús dice a los discípulos: “Por esto sabrán que sois mis discípulos, si os amáis los unos a los otros como yo os he amado”. Pero esta “obligación” viene de la comunión que tengamos con el Señor, que no puede ser periférica, superficial, de cumplimiento. Cuando descubramos que Cristo es el Buen Samaritano, que dio su vida por cada uno de nosotros, que nos sigue amando y dando lo mejor de sí, sentiremos que el prójimo es Cristo, que sufre en nuestros hermanos, especialmente en los más necesitados, en cualquier forma de sufrimiento

El evangelio del buen samaritano nos coloca ante una nueva perspectiva: ya no hay que preguntar “¿hasta qué punto ya no tengo compromiso?”, porque no es el grado de parentesco ni la simpatía lo que determina hasta dónde debo extender mi mano para ayudar, ni la proximidad vecinal, sino la situación de necesidad real en la que la otra persona se encuentra. En otras palabras, cualquier persona que se encuentre en mi camino y que esté pasando necesidad, él es el prójimo al cual le debo abrir mi corazón y prestarle auxilio, así esto implique desacomodar mis esquemas personales. El necesitado es el lugar donde tengo que estar amando, el lugar donde mi apertura de corazón es el primer paso del amor que sabe a vida eterna. Mientras leemos hoy el relato del buen samaritano dejemos que repique constantemente en nuestra mente y en nuestro corazón el imperativo de Jesús: “¡Haz tú lo mismo!”.

MEDITACIÓN

 ¿Tengo interés en conocer la Palabra de Dios para vivirla?  ¿Soy sensible ante el dolor ajeno y busco forma de ayudarlo? ¿Sé darme cuenta de lo que necesita el que tengo a mi lado? ¿Mi fe se traduce en obras o es una fe muerta, que tan solo se reduce a cumplimientos externos? ¿De qué manera busco vivir mi fe? El Samaritano, Cristo,  es el prototipo del cristiano, el que sabe darse a los demás, el que está disponible ante el que lo necesita, simplemente el que ama al estilo de Jesús, siendo así, yo ¿sé dar mi tiempo y mi capacidad para ayudar al otro, estando pendiente del que necesita y así buscando dar una respuesta ante el dolor ajeno?, ¿tengo una actitud y una disposición de sensibilidad y solidaridad con los que encuentro en el camino? ¿Alguna vez he actuado como el sacerdote o el levita y siendo consciente de alguna necesidad, he preferido “hacerme el de la vista gorda”? ¿Qué he sentido después? ¿Recuerdo la última vez que actué como el buen samaritano? ¿Con quién fue?

ORACIÓN

Señor, no quiero pasar de lejos ante el hombre herido en el camino de la vida. Quiero acercarme y contagiarme de tu compasión para expresar tu ternura, para ofrecer el aceite que cura heridas,el vino que recrea y enamora. Tú, Jesús, buen samaritano, acércate a mí, como hiciste siempre. Ven a mí para introducirme en la posada de tu corazón. Acércate a mí, herido por las flechas de la vida, por el dolor de tantos hermanos, por los misiles de la guerra, por la violencia de los poderosos.

Sí, acércate a mí, buen samaritano; llévame en tus hombros, pues soy oveja perdida; carga con todas mis caídas, ayúdame en todas mis tribulaciones, hazte presente en todas mis horas bajas. Ven, buen samaritano, y hazme a mí tener tus mismos sentimientos, para no dar nunca ningún rodeo ante el hermano que sufre, sino hacerme compañero de sus caminos, amigo de tus soledades, cercano a tus dolencias, para ser, como Tú, «ilimitadamente bueno» y pasar por el mundo «haciendo el bien» y «curando las dolencias» . Amén.

 CONTEMPLACIÓN

Señor Jesús, Buen Samaritano,  Tú nos has mostrado de manera práctica como debemos vivir nuestra vida; nos has dejado en un ejemplo el testimonio de quien supo sensibilizarse y condolerse con el que había caído en desgracia. Él supo gastar su tiempo con el que necesitaba su ayuda, fue capaz de abandonar sus intereses para remediar el dolor del que estaba junto al camino, tuvo actitudes de nobleza y amor, atendiendo al que sufría, sanando y vendando sus heridas, remediando su dolor, despojándose de lo suyo para brindarle su ayuda al que estaba herido. Pero, Señor, Buen Samaritano, el personaje de ese ejemplo eres Tú,  que abandonando tu condición divina, tomaste nuestra condición humana, te hiciste uno de nosotros y cargaste con nuestras dolencias, con nuestra insolidaridad, y nos hiciste entender que todos somos hermanos, hijos de un mismo Padre, y que debemos ocuparnos los unos de los otros, de manera semejante como hemos contemplado en la Semana Santa y ahora en la Pascua.

Entendemos que nunca nos faltarán “heridos” en el camino de nuestra vida: porque están pasando necesidades, porque están sufriendo por muchas causas ya sean sociales, ya sean enfermedades, ya san carencias de trabajo o trabajo digno, ya sea por la inmigración… Haz que tengamos sentimientos de solidaridad y compasión con ellos, que podamos actualizar tus actitudes con estos hermanos, siendo para ellos consuelo y ayuda. Haz Señor, que viendo la necesidad del que tengo a mi lado, no me acostumbre a su necesidad, que no me cierre a su sufrimiento, que no permanezca indiferente y apático ante el dolor del otro, sino que como Tú busque remediar y sanar ese dolor y esa necesidad. Señor dame tu gracia para que pueda colocar todo de mí, para que Tú coloques todo lo demás en beneficio de los heridos. Que así sea.

PROPÓSITO

No  reducir nuestra vocación cristiana al aspecto intimista, pietista: Entender que una auténtica piedad exige amar a los demás como Cristo nos ha amado, tal como describe la parábola el Buen Samaritano.

“El precepto más importante es amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con todo mi ser, pero quien dice amar a Dios y no ama a su hermano, miente, y la verdad no está en Él”.  ¿Cómo lo puedo demostrar amando al hermano?  ¿Cómo ser Buen Samaritano, con aquellos que están pasando necesidad, que están sufriendo, que están necesitando una mano amiga?

¿Cuáles son las personas de mi entorno que más necesitan de mí y a quienes algunas veces he negado mi ayuda oportuna? Si es posible las identifico con el nombre. ¿Qué ayuda me pide cada una de ellas? ¿Cómo me haré prójimo de ellas? ¿El prójimo está mi propia familia?

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