Lectio Divina:DOMINGO 25º TIEMPO ORDINARIO – A

Escrito en 21/09/2014 por Rita de Casia en Lectio Divina

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INVOCACIÓN
Ven, Espíritu Santo, y envía del Cielo un rayo de tu luz.

Ven, padre de los pobres, ven, dador de gracias, ven luz de los corazones.

Consolador magnífico, dulce huésped del alma, su dulce refrigerio.

Descanso en la fatiga, brisa en el estío, consuelo en el llanto.

¡Oh luz santísima! llena lo más íntimo de los corazones de tus fieles.

Sin tu ayuda, nada hay en el hombre, nada que sea bueno.

Lava lo que está manchado, riega lo que está árido, sana lo que está herido.

Dobla lo que está rígido, calienta lo que está frío, endereza lo que está extraviado.

Concede a tus fieles, que en Ti confían tus siete sagrados dones.

Dales el mérito de la virtud, dales el puerto de la salvación, dales la felicidad eterna.

LECTURA DE LA PALABRA DE DIOS. Mateo 20, 1 – 16

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: El Reino de los Cielos se parece a un propietario que al amanecer salió a contratar jornaleros para su viña. Después de ajustarse con ellos en un denario por jornada, los mandó a la viña. Salió otra vez a media mañana, vio a otros que estaban en la plaza sin trabajo, y les dijo: Vayan también Ud. a mi viña, y os pagaré lo debido. Ellos fueron. Salió de nuevo hacia mediodía y a media tarde, e hizo lo mismo. Salió al caer la tarde y encontró a otros, parados, y les dijo: ¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar? Le respondieron: Nadie nos ha contratado. Él les dijo: Vayan también Uds. a mi viña. Cuando oscureció, el dueño dijo al capataz: Llama a los jornaleros y págales el jornal, empezando por los últimos y acabando por los primeros. Vinieron los del atardecer y recibieron un denario cada uno. Cuando llegaron los primeros, pensaban que recibirían más, pero ellos también recibieron un denario cada uno. Entonces se pusieron a protestar contra el amo: Estos últimos han trabajado sólo una hora y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el bochorno. Él replicó a uno de ellos: Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno? Así, los últimos serán los primeros y los primeros los últimos.

¿Qué pensamos de Dios? ¿Qué imagen de Dios tenemos cada uno de nosotros? Son preguntas fundamentales, a las que todo cristiano debería responder con cierta frecuencia. Un pensador francés ha dicho: “Dios ha hecho al hombre a su semejanza. Pero el hombre no ha dejado de hacer a Dios semejante a él.” Hemos de reconocer que, casi sin damos cuenta, nos construimos una imagen de Dios que se parece mucho a nosotros. Le prestamos a Dios nuestros rasgos, nuestra manera de pensar, nuestras consideraciones mezquinas, nuestros juicios y actitudes ridículas. Llegamos incluso a poner en sus manos el metro de nuestra justicia. Afortunadamente, para los que saben leer y escuchar el Evangelio con sinceridad, se presentan páginas como ésta de hoy, que nos obligan a reconocer: ¡Dios no es así! Y entonces vemos que hay que corregir aquella imagen que nos habíamos hecho.

¿Cuál es la enseñanza principal de la parábola? La idea fundamental es ésta: nuestras relaciones con Dios no pueden expresarse en términos de justicia, sino que están reguladas exclusivamente por la gracia. Todo es gracia, podría ser el comentario más apropiado de esta parábola. Miremos, un momento, la generosidad del dueño de la viña: Recorre las calles todas las horas del día. Llama a todos. A todos les propone lo mismo. La única condición es que respondan a la llamada. Ni siquiera controla el reloj. Ni piensa en referencias: publicanos, pecadores, ladrones, gente de mala vida, todos pueden ser obreros en su viña. Y también en la recompensa resplandece su generosidad: Llama primero a los últimos, para que todos vean y comprendan que es libre para ser generoso. El dinero que les da no es la paga a su esfuerzo, sino la expresión de la bondad del amo.

Los primeros trabajadores discutieron las condiciones: No empezaron su trabajo hasta no haber ajustado el salario con el amo. Doce horas de trabajo, el salario correspondiente. Y recibieron lo que era justo, y lo que habían pedido. Los últimos, por el contrario, no se preocuparon del salario, ni lo mencionaron siquiera. Firmaron en blanco. Por eso pudieron saborear el gozo de la generosidad del amo. Hay cristianos que creen que la religión consiste en lo que ellos le den a Dios. Pero la religión consiste en lo que Dios hace por nosotros.

El problema revienta precisamente cuando “los primeros pensaron que cobrarían más” (10,10ª).
¿Por qué critican al propietario? Es claro que los primeros, de donde proviene insatisfacción y la crítica, han “aguantado el peso del día y el calor” (20,12c), es decir, han trabajado 12 horas; en cambio los últimos solamente se han esforzado una hora. Si se procede en estrecha correspondencia de trabajo realizado y recompensa: Los últimos deberían recibir la duodécima parte del pago recibido por los primeros; o al contrario, si a los últimos se les pagó un denario completo (ver 20,9), de lógica los primeros deberían recibir doce denarios.

“Por mi parte, quiero dar a este último lo mismo que a ti”. “¿Es que no puedo hacer con lo mío lo que quiero?” “¿O va a ser tu ojo malo porque yo soy bueno?”. El patrón no da por sí mismo respuesta final sino que invita al oyente a deducirla. Por una parte, no es posible darla porque ya la paga está hecha, pero por otra parte, también al lector le corresponde la respuesta, en la se le pide pensar con la lógica contundente del patrón.
“Yo soy bueno” (20,15b). Es decir, no procede así porque lo hayan merecido, no porque tengan derecho, sino porque es “bueno”, quiere hacer el bien, dar, ayudar. El patrón no sólo habla de su motivación, sino que también retoma la actitud de quien lo critica y lo pone en guardia sobre su “envidia”: “¿Va a ser tu ojo malo porque yo soy bueno?”; es decir: ¿No puedes ver con buenos ojos el que otro reciba un beneficio? ¿No estás en capacidad de unirte a la alegría de los otros? ¿Eres envidioso porque el otro puede gozar de la bondad del patrón? ¿Lo único que se te ocurre es comparar, con visión estrecha, y reclamar la paridad total en el trato? El amor al prójimo excluye la envidia y exige que se le permita recibir una ventaja y un don inmerecido, como si uno lo hubiera recibido para sí mismo.

La parábola enseña que uno no debe ponerse a hacer cálculos con Dios, diciéndole qué es lo que tiene que hacernos a nosotros y a los otros. No hay que hacer comparaciones con los dones de Dios ni nos quejemos ante él porque nos parece que hemos recibido poco. Lo que se espera es que cada uno haga bien y con confianza su trabajo y que reciba con gratitud lo que se le da. Hay que respetar la bondad y la generosidad de Dios y, sobre todo, alegrarse por cada signo de su cariño, aún cuando no lo recibamos nosotros directamente sino nuestro prójimo.
No es algo que dependiera del patrón, él los llamó a todos juntos, a la misma hora, pero no todos obedecieron enseguida. Y esto se debe a las diversas disposiciones de los llamados. Por eso algunos son llamados al comenzar la mañana, otros a las nueve, otros al medio día, otros a las tres de la tarde, incluso a las cinco de la tarde, cada cual en el momento en que está preparado para oír la llamada.

MEDITACIÓN
Pregúntate: ¿qué me quieres decir, Señor, por medio de tu Palabra viva, a mí, en este día, en este momento de mi vida? ¿Qué me quiere revelar el Señor de su Misterio y del secreto de mi corazón? ¿A qué me llama? ¿De qué he de convertirme? ¿Cómo me ilumina hoy su Palabra, mis inquietudes, mis preguntas, mi vida? Para cultivar la semilla de la Palabra en el corazón ¿En qué consiste la “visión estrecha” de los que critican al patrón? ¿Qué significado tiene el punto de vista del patrón? ¿Tengo la impresión de que Dios se ha olvidado de mí y que, en cambio, sí quiere más a los otros? ¿ ¿Sé ponerme contento y estar agradecido por el bien que reciben los otros?¿Qué enseña esta parábola para las relaciones familiares y comunitarias

ORACIÓN
Dios es Amor, Verdad inconfundible.
Dios es Amor. Y es tal su inmensidad,
que ante su Amor no existe el imposible,
y al pecador le ofrece eterna Paz.

Indigno soy que El en mí pensara.
Yo sé que no merezco su perdón.
Mas con su Amor me limpia y fiel me ampara.
Su Gracia tengo cual precioso don.

Dios es Amor, y lo es, de tal manera,
que a Su Hijo dio por mi alma redimir,
y en cruz murió para que yo tuviera
en su mansión, eterno porvenir.

Dios es Amor. Mas lo que no comprendo,
es que el mortal rechace su Bondad.
Desprecie el don de Dios, y esté escogiendo
su perdición por propia voluntad.

Dios es Amor, y mi alma lo celebra
dando alabanzas a mi Salvador.
Por su Bondad cambió mi suerte negra,
y hoy brilla en mí la lumbre de su Amor. (Daniel Nuño)

CONTEMPLAR
Permanece en silencio. Repite en tu corazón la frase del texto bíblico que más ha calado en ti.
Contempla a Aquel que es la Palabra viva.

ACTUAR
Recitar durante la semana el Salmo 8

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