Lectio Divina: Venida del Espíritu Santo

Escrito en 03/06/2014 por Rita de Casia en Lectio Divina

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INICIAL

 

Ven Espíritu Divino, manda tu luz desde el cielo.
Padre amoroso del pobre, Don, en tus dones espléndido.
Luz que penetra las almas, fuente del mayor consuelo.

Ven, Dulce Huésped del alma, descanso de nuestro esfuerzo,
tregua en el duro trabajo, brisa en las horas de fuego,
gozo que enjuga las lágrimas y reconforta en los duelos.

Entra hasta el fondo del alma, Divina Luz y enriquécenos.
Mira el vacío del hombre si tú le faltas por dentro;
mira el poder del pecado, si no envías tu aliento.

Riega la tierra en sequía, sana el corazón enfermo.
Lava las manchas, infunde calor de vida en el hielo,
doma el espíritu indómito, guía al que tuerce el sendero.

Reparte tus siete dones según la fe de tus siervos.
por tu bondad y tu gracia dale al esfuerzo su mérito;
salva al que busca salvarse y danos tu gozo eterno.
Amén. Aleluya

 

LECTURA DEL EVANGELIO JUAN 20, 19‑23

 

“Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros». Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo». Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».

 

Contexto

Por esta vez sitúo la primera lectura como contexto para hablar de la Venida del Espíritu Santo (Leamos despacio el texto de Hechos de los Apóstoles 2,1-11)

 

“Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en un mismo lugar. De repente vino del cielo un ruido como el de una ráfaga de viento impetuoso, que llenó toda la casa en la que se encontraban. Se les aparecieron unas lenguas como de fuego que se repartieron y se posaron sobre cada uno de ellos;  quedaron todos llenos del Espíritu Santo y se pusieron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse. Había en Jerusalén hombres piadosos, que allí residían, venidos de todas las naciones que hay bajo el cielo. Al producirse aquel ruido la gente se congregó y se llenó de estupor al oírles hablar cada uno en su propia lengua? Estupefactos y admirados decían: ‘¿Es que no son galileos todos estos que están hablando? Pues ¿cómo cada uno de nosotros les oímos en nuestra propia lengua nativa? Partos, medos y elamitas; habitantes de Mesopotamia, Judea, Capadocia, el Ponto, Asia, Frigia, Panfilia, Egipto, la parte de Libia fronteriza con Cirene, forasteros romanos, judíos y prosélitos, cretenses y árabes, todos les oímos hablar en nuestra lengua las maravillas de Dios’”.

 

Texto

Pentecostés es la fiesta en la que renovamos la presencia del Espíritu en nuestra vida y en la vida de la comunidad. Es la fiesta que nos invita a fortalecer en nuestra vida la presencia de Dios como un nuevo impulso que nos renueva y transforma. Pentecostés es sentir que el Espíritu de Dios entra por la ventana de nuestro corazón con un viento de vida y un fuego abrasador que impregna todo de una saludable y necesaria renovación.

 

Este Espíritu es el regalo que el Padre nos hace en Jesús a los creyentes, para llenarnos de vida.  Es ese Espíritu el que nos enseña a saborear la vida en toda su hondura, a no malgastarla de cualquier manera, a no pasar superficialmente junto a lo esencial. Es ese Espíritu el que nos infunde un gusto nuevo por la existencia y nos ayuda a encontrar una armonía nueva con el ritmo más profundo de nuestra vida. Es ese Espíritu el que nos abre a una comunicación nueva y más profunda con Dios, con nosotros mismos y con los demás. Es ese Espíritu el que nos invade con una alegría secreta, dándonos una transparencia interior, una confianza en nosotros mismos y una amistad nueva con las cosas. Es ese Espíritu el que nos libra del vacío interior y la difícil soledad, devolviéndonos la capacidad de dar y recibir, de amar y ser amados. Es ese Espíritu el que nos enseña a estar atentos a todo lo bueno y sencillo, con una atención especialmente fraterna a quien sufre porque le falta la alegría de vivir. Es ese Espíritu el que nos hace renacer cada día y nos permite un nuevo comienzo a pesar del desgaste, el pecado y el deterioro del vivir diario. Este Espíritu es la vida misma de Dios que se nos ofrece como don. Este Espíritu no se compra, no se adquiere, no se inventa ni se fabrica. Es un regalo de Dios. Lo único que podemos hacer es preparar nuestro corazón para acogerlo con fe sencilla y atención interior.

 

En un mundo que corre el riesgo de ir perdiendo su alma y su vida interior, el Espíritu de Dios no está ausente. El sigue trabajando silenciosamente a los hombres en lo más profundo de su corazón.

 

Es el Espíritu Santo quien, con su fuerza unificadora, nos lleva a todos  a aceptar y confesar una misma fe en Jesús “Señor” nuestro.

 

Es el Espíritu, el que con toda su potencia actúa en nosotros ayudándonos a comprender y a poner en práctica las palabras de Jesús; sus actitudes, gestos y comportamientos se nos impregnan gracias al soplo del Espíritu.

 

Es el Espíritu Santo quien se hace presente en los oídos y en el corazón de todo oyente de la Palabra,  para que cada oyente se abra a la fuerza penetrante de la Palabra.

 

Es el Espíritu el que transforma el pan y el vino en el cuerpo entregado y en la sangre derramada de Jesús, prolongando en cada asamblea eucarística su Pentecostés.

 

Es el Espíritu Santo el que nos impulsa a anunciar el “Misterio de la fe”, de la muerte y resurrección del Señor, la semilla de la Palabra –kerigma- de la cual nace la Iglesia.

 

Es el Espíritu el que sopla sobre nuestra humanidad pecadora, para transformarnos y hacer de nosotros personas que aman y perdonan a sus hermanos.

 

Es el Espíritu Santo el que hace de la comunidad cristiana no una simple asociación de personas buenas y religiosas, sino el Cuerpo Místico de Cristo, el pueblo reunido en el amor de la Trinidad que canta en alabanza las maravillas de este amor de Dios en la historia.

 

Es el Espíritu el que nos impulsa en el seguimiento cotidiano de Jesús, infundiéndole a nuestra existencia una dimensión siempre nueva de alegría, paz, verdad, libertad y comunión. No es lo mismo vivir con Él que sin Él.

 

Es el Espíritu Santo quien es la fuente de la santidad de la Iglesia. Porque se ha derramado el Espíritu, la Iglesia es santa, e incluso podríamos decir que si hay santos es porque el Espíritu continúa obrando hoy como ayer.

 

Es el Espíritu el que con su presencia sigue y seguirá haciendo posible la realización del plan de salvación de Dios en la humanidad, hasta que ella llegue a su plenitud.

 

Es el Espíritu Santo el que hace fructuoso todos nuestros esfuerzos en nuestra peregrinación cristiana de cada día. El Espíritu Santo nos precede en todo lo que hacemos porque es en Él que Dios realiza toda su obra. Su venida le da la luz y el sabor de la presencia de Dios a todas las cosas


MEDITACIÓN
 
Lee y relee atentamente el texto bíblico: despacio, sin prisas, con calma. Fíjate en las palabras, en los personajes, en las imágenes que aparecen, en las acciones, en las actitudes. Subraya o escribe en una hoja lo que te llame la atención y lo que brote en tu corazón mientras lees. Recuerda otros textos bíblicos relacionados con el que estás leyendo. 
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Jesús se experimenta enviado por el Padre, y con autoridad para enviar a sus seguidores como continuadores de su misión. ¿Cómo lo vivimos hoy nosotros este ser enviados por Jesús y participar en su misión? ¿Nos acompaña la paz? ¿Cómo recibimos y vivimos el Espíritu Santo que necesitamos para llevar a cabo la misión que Jesús nos encomienda?

¿Qué me quieres decir, Señor, por medio de tu Palabra viva, a mí, en este día, en este momento de mi vida? ¿Qué me quieres revelar, Señor, de tu Misterio y del secreto de mi corazón? ¿A qué me llamas? ¿De qué he de convertirme? ¿Cómo iluminas hoy, con tu Palabra, mis inquietudes, mis preguntas, mi vida?+

 

ORACION

 

Ven Espíritu Santo. Recuérdanos que todos venimos de las entrañas de un mismo Padre y todos estamos llamados a la comunión gozosa y feliz en El. Enséñanos a cuidar esta tierra que nos has regalado como casa común de toda la familia humana. Enséñanos a creer y a orar. Ayúdanos a imaginar lo mejor y más humano. Ábrenos a un futuro más fraterno y enséñanos a creer en Ti como ternura y cercanía personal de Dios.

 

“¡Ven, Espíritu Santo! ¡Ven sobre nosotros, ven a nuestros corazones!” Y lo necesitamos, porque somos tan débiles, porque estamos tan esclavizados a lo terreno y lo material, tan poco abiertos para lo espiritual, para las cosas de Dios. Lo necesitamos para que eche fuera todo lo mediocre, todo lo enfermizo, todo lo mezquino en la mente, en la voluntad, en el corazón. Lo necesitamos para que Él haga nacer en nosotros el hombre nuevo que hemos de llegar a ser. Pero para que esto suceda, para que el Espíritu Santo baje realmente sobre nosotros y actúe en nuestra vida, es preciso una cierta disposición interior.

 

CONTEMPLACIÓN

Busca un lugar adecuado y tranquilo. Mira un icono o una imagen del Señor Jesús o de la Virgen María. Toma la Sagrada Escritura en tus manos. Crea un momento de recogimiento, de silencio, de adoración, de escucha (puedes leer alguno de los textos del día)

Permanece en silencio. Repite en tu corazón la frase del texto bíblico que más ha calado en ti. Contempla a Aquel que es la Palabra viva.

 

ACCIÓN

Estoy dispuestos a aceptar tu misión y tu Espíritu: me reconozco “carta de Cristo… escrita no con tinta, sino con el Espíritu de Dios vivo”. “Dios nos ungió, nos selló y nos dio en arras el Espíritu en nuestros corazones”. “Fueron sellados con el sello del Espíritu Santo prometido”

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