Lectio Divina: Primer Domingo de Adviento 1/12/2013

Escrito en 01/12/2013 por Rita de Casia en Lectio Divina

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INVOCACIÓN

“Jesús, que vives en María,
ven a vivir en tus siervos,
con el espíritu de santidad,
con la plenitud de tu poder,
con la perfección de tus caminos,
con la realidad de tus virtudes,
con la participación de tu Misterio.
Triunfa de todo poder adverso,
por la fuerza de tu Espíritu,
para gloria del Padre. Amén.”
(J.J. Olier)

LECTURA BÍBLICA

Leamos Mateo 24,37-44:

Como en los días de Noé, así será la venida del Hijo del hombre. Porque como en los días que precedieron al diluvio, comían, bebían, tomaban mujer o marido, hasta el día en que entró Noé en el arca, y no se dieron cuenta hasta que vino el diluvio y los arrastró a todos, así será también la venida del Hijo del hombre. Entonces, estarán dos en el campo: uno es tomado, el otro dejado; dos mujeres moliendo en el molino: una es tomada, la otra dejada. Velad, pues, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor. Entendedlo bien: si el dueño de casa supiese a qué hora de la noche iba a venir el ladrón, estaría en vela y no permitiría que le horadasen su casa. Por eso, también vosotros estad preparados, porque en el momento que no penséis, vendrá el Hijo del hombre.

MEDITACIÓN

1. El retorno de Cristo anunciado

En su discurso sobre el futuro del Reino de los Cielos Jesús había anunciado: “Aparecerá en el cielo la señal del Hijo del hombre; y entonces se golpearán el pecho todas las razas de la tierra y verán al Hijo del hombre venir sobre las nubes del cielo con gran poder y gloria” (Mt.24, 30).

Desde el comienzo del evangelio, Jesús había anunciado la cercanía del Reino, es decir, la decisión definitiva de Dios de hacer valer su señorío real (ver 4,17). Ya no serán los hombres ni las fuerzas de la naturaleza las que determinen el curso de la historia humana. Esto sucederá por medio de la venida del Hijo del hombre con la potencia y la gloria de Dios.

Cuando el Reino se revele definitiva y universalmente con todo su poder ante todo el mundo, toda existencia humana se manifestará ante el Hijo del hombre –Jesús en su gloria- con su verdadero sentido y valor. Con la venida definitiva de Jesús toda persona saldrá a la luz en su más íntima esencia.

Puesto que todo hombre está profundamente conectado a la venida del Señor, cada uno debería conducir su proyecto de vida en esa dirección. Ante Jesús tendremos que responder por todo lo que buscamos, trabajamos y logramos. En este sentido, toda nuestra vida debe prepararse para ese momento.

2. El retorno de Cristo preparado

Con la misma fuerza con que Jesús anuncia su venida, también dice que nadie conoce ni el día ni la hora: “Mas de aquel día y hora, nadie sabe nada, ni los ángeles de los cielos, ni el Hijo, sino sólo el Padre” (24,36). “Velad, pues, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor” (24,42). “Estad preparados, porque en el momento que no penséis, vendrá el Hijo del hombre” (24,44).

Nótese cómo la invitación a la preparación del acontecimiento cuyo momento desconocemos, va atravesando el pasaje de hoy.

Ponerse a hacer cálculos sobre el día y la hora del fin es tiempo perdido porque éste es indeterminado y desconocido. Lo que importa es que estemos preparados en todo momento. Por eso hay que evitar cualquier comportamiento irresponsable. No es razonable vivir al impulso de los inmediatismos, sin ningún proyecto ni horizonte de vida.

Para hacernos entender esto, Jesús pasa al mundo de las comparaciones. Jesús nos pone el ejemplo de los días de Noé: “Como en los días que precedieron al diluvio, comían, bebían, tomaban mujer o marido, hasta el día en que entró Noé en el arca, y no se dieron cuenta hasta que vino el diluvio y los arrastró a todos” (24,37-39).

La escena descrita en tiempos de Noé nos presenta gente absorbida por la vida terrena: comer, beber, casarse. Eran personas que se dejaban llevar tranquilamente por el ciclo biológico de la vida, atentos a lo presente, sin pensar en nada más allá; el asunto era gozar la vida.

En aquel entonces el diluvio había sido anunciado, pero aún no pasaba nada. A ellos les parecía lejano y casi irreal, por eso prefirieron concentrar sus energías en aquello que consideraban más concreto y práctico. De la misma manera, ahora la venida del Señor solamente ha sido anunciada. El hecho de que no suceda nada aún puede llevar a pensar que hay mucho tiempo en la vida y descuidarse en la atención a su venida, concentrándose más bien en otros asuntos. Pero, como insiste Jesús, imprevista y sorprendente será su venida: “Así será también la venida del Hijo del hombre”.

Dando un paso adelante ahora Jesús enseña que no hay que quedarse con la apariencia externa de las situaciones terrenas: “Entonces, estarán dos en el campo: uno es tomado, el otro dejado; dos mujeres moliendo en el molino: una es tomada, la otra dejada” (24,40-41). Jesús parte de escenas de la vida cotidiana: la vida laboral en una sociedad agrícola. Describe las ocupaciones más importantes del hombre y de la mujer: los varones siembran y cosechan el trigo en el campo, luego las mujeres mueven la rueda de molino para obtener la harina y el pan de cada día. Todos trabajan, todos se mueven por igual en las rutinas de la vida. Esto puede llevar a una falsa deducción.

Del hecho de que todos pasemos por situaciones semejantes –trabajo y fatiga, felicidad e infelicidad, sufrimientos y alegrías, vida y muerte- puede nacer la ilusión de que la obediencia o la desobediencia, la rectitud o la injusticia no tengan importancia alguna; que sea indiferente la forma en que se viva, porque –al fin y al cabo- todos terminaremos igual. Pues aquí está el punto: no terminaremos igual. Con la venida del Señor habrá una separación radical: “uno es tomado y el otro dejado”, es decir, quienes estén preparados serán recibidos en la comunión con Dios y los otros serán excluidos.

En consecuencia uno tiene que auto-regularse y conducir la vida con base en la vigilancia: “Si el dueño de la casa supiese a qué hora de la noche iba a venir el ladrón, estaría en vela y no permitiría que le horadasen su casa” (24,43).

Es probable que si conociéramos el día y la hora de la venida del Señor, a lo mejor –con reloj en mano- dejaríamos para última hora la preparación, como es habitual en tantas otras situaciones de la vida. Pero el Señor viene como un ladrón nocturno: inesperado, sorpresivo, impredecible.

Por eso hay que estar preparado en todo momento. No debemos nunca bajar la alerta. Hay que vivir responsablemente según la voluntad del Señor, de manera que podamos responder en cualquier momento por ella y con la frente en alto.

3. El retorno de Cristo deseado

Jesús no pronuncia todas estas enseñanzas para obligarnos a una conversión a fuerza de miedo, sino para abrirnos los ojos. La venida del Señor no debe ser motivo de miedo sino de movilización para la preparación. Obviamente tendremos miedo de la venida del Señor si tenemos deudas con la historia y no tenemos a punto la vida; en este caso: ¡A poner en orden la casa! ¡A preparar la venida del Señor! Entonces nuestra vida tendrá reposo, tendremos fuerza interior, soñaremos y construiremos los sueños de Dios, para los cuales tanto nos animan los profetas.

En cualquier caso debemos decir: “¡Qué bueno que vienes, Señor! Tú “vienes” a darle plenitud a nuestra vida, a elevarla a un plano superior compartiéndonos la tuya, como nos lo diste a entender desde el momento de la encarnación”. Un día el Señor nos invitará a quedarnos definitivamente con él. Ese día el fin marcado por la muerte será en realidad el comienzo: naceremos definitivamente para la vida después de este lento proceso de gestación terrenal formando a Jesús en nosotros. Mientras tanto aguardamos vigilantes el momento del encuentro.

Tengamos presente que la “vigilancia” que nos pide el evangelio no sólo se refiere al encuentro final con Dios (al final de mi mundo, de mi vida). Cada día Dios está viniendo a nuestro encuentro y no podemos dejarlo pasar de largo. Viene en la Palabra, en la Eucaristía, en la comunidad, en la presencia escondida en las personas más necesitadas, en las diversas formas en que nos regala su gracia. La “vigilancia” entonces es ése saber tener la casa pronta y a punto para recibir la visita, para abrir los brazos de par en par al Dios que es por definición: “El que viene” ¡Ven, Señor Jesús! ¡Marana-tha! (Apocalipsis 1,8).

San Bernardo hablaba de las tres venidas de Cristo: Su venida en la carne. La cual celebraremos en la próxima navidad. Su venida futura en la parusía (su segunda venida), en la cual hemos reflexionado hoy. Su venida en el presente. ¿No es verdad, por ejemplo, que cada vez que celebramos la Eucaristía Jesús está viniendo a nuestro encuentro?

ORACIÓN

“¡Oh amor que cautivas a Jesús en María y a María en Jesús!
Cautiva mi corazón, mi espíritu,
mis pensamientos, mis deseos y afectos en Jesús.
Establece a Jesús en mí para que yo me llene de él
y él viva y reine en mí perfectamente.
¡Oh abismo de amor!
Al contemplarte en las sagradas entrañas de su santa Madre,
te veo como perdido y sumergido
en el océano de tu divino amor.
Haz que yo también me pierda
y me hunda contigo en el mismo amor. Amén”. (San Juan Eudes).

CONTEMPLACIÓN

Adviento, tiempo de espera, de Esperanza. ¿Vivo este momento como esperanza? ¿Es para mí, una ocasión para la esperanza o para la tristeza por ver mi interior? ¿Preparar mi corazón para la venida del Señor es motivo de alegría? ¿Se nota en mi vida esa esperanza? Si la esperanza es motivo de alegría, ¿se ve en mi vida?

ACCIÓN
Preparar en mi casa la Corona de Adviento y, al menos una vez a la semana, reunirnos en familia para preparar le venida del Señor, escuchando la Palabra y haciendo oración.

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