LECTIO DIVINA: DOMINGO XXIII TIEMPO ORDINARIO – A, ” LA CORRECCIÓN FRATERNA “

Escrito en 07/09/2014 por Rita de Casia en Lectio Divina

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capilla-det-curia-claretiana-roma-parioliINVOCACIÓN

Estrecha es mi casa, Señor, ensánchala.

Está en ruinas: repárala.

Hay cosas en ella que ofenden tus ojos: lo confieso y lo sé;

pero, ¿quién, sino tú, Señor, puede raer hasta mis pecados ocultos?

Tú sabes, Señor, que creo en ti. Tú sabes, Señor, que te he confesado todos mis pecados

y tú los has olvidado ante ti y ante mí.

Tú sabes, Señor, que si subsisto ante ti, es porque tú me sostienes  y oras por mí.

Tú sabes, Señor, que si subsisto ante mí, es porque tú también me sostienes y oras para que yo pueda orar.

¿Deseas oro?: muéstrate a los hombres.

¿Deseas trigo?: pregunta quién lo vende.

¿Deseas a Dios?: ¿quién ve ese deseo sino Dios? ¿A quién pides Dios sino a Dios?

Que alargue el alma sus caminos y trate de comprender ni lo que el ojo vio, ni oyó el oído, ni llegó jamás al corazón del hombre.

Se puede sentir con vehemencia y apetecer con ardor, pero lo que no es posible es pensarlo dignamente y explicarlo con palabras exactas.

Con todo, Señor, permíteme hablar en tu presencia, a mí, que soy tierra y ceniza.

Permíteme que hable, porque es a tu misericordia, no al hombre, mi burlador, a quien hablo.

Tal vez tú te rías de mí, Señor, pero mírame, y ten compasión de mí. (San Agustín)

LECTURA DE LA PALABRA DE DIOS. Mateo 16, 21-27

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Si tu hermano peca, repréndelo a solas entre los dos. Si te hace caso, has salvado a tu hermano. Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos. Si no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un gentil o un publicano. Os aseguro que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo. Os aseguro, además, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre del cielo. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos».

Contexto

 

Continuamos con nuestra lectura del evangelio según san Mateo. Este domingo entramos en el cuarto gran discurso de Jesús, que bien podría titularse: “Instrucción sobre la vida en comunidad”. Lo que más le interesa a Jesús en sus instrucciones es inculcar principios de vida, actitudes y comportamientos. Nos enseña cómo enfrentar situaciones difíciles en la vida comunitaria, particularmente cuando un miembro de ellas “peca”.

Texto

En la comunidad cristiana todos somos hermanos y deberíamos ser responsables unos de otros, como en

otro tiempo Dios le reclamó a Caín. Es quizá la enseñanza básica del evangelio de hoy. Si somos hermanos no podemos desentendernos unos de otros. Debemos reconocer qué  fácil es desentenderse o limitarse a una crítica insolidaria, a espaldas del afectado. Debemos ayudarnos mutuamente a vivir como cristianos, principalmente, a través de un testimonio veraz de vida cristiana. Y también esta ayuda debe concretarse en un saber corregir al hermano. Nadie debe ser extraño para mí: me he de sentir corresponsable del bien de los demás. Si mi hermano va por mal camino, debo buscar el mejor modo de ponerle en guardia y animarle a que recapacite. El procedimiento lo detalla el mismo Jesús, empezando por el diálogo de tú a tú, o sea, a modo de hermanos, sin agresividad, buscando el bien de la persona, no hablando a espaldas, ni aireando a los cuatro  vientos los defectos de los demás, sino teniendo la valentía de hablar a la persona concreta, y nos invita, a actuar con paciencia y sin precipitación, acercándonos de manera personal y amistosa a quien está actuando de manera equivocada. «Si tu hermano peca, repréndelo a solas, entre los dos. Si te hace caso, habrás salvado a tu hermano». Cuánto bien nos puede hacer a todos esa crítica amistosa y leal, esa observación oportuna, ese apoyo sincero en el momento en que nos habíamos desorientado. Toda persona es capaz de salir de su pecado y volver a la razón y a la bondad. Pero necesita con frecuencia encontrarse con alguien que le ame de verdad, le invite a interrogarse y le contagie un deseo nuevo de verdad y generosidad.

Cada uno es responsable del destino del hermano. Esta responsabilidad para con el hermano no es fácil de ejercer, porque exige mucho coraje y mucha lealtad. Y nosotros, por lo general, somos cobardes, preferimos no complicarnos la existencia metiéndonos en problemas ajenos. Sin embargo, la recompensa y el fruto de tal acción es grande: “Si te hace caso, has salvado a tu hermano”. Hay que dar ese paso con discreción, pero también con perseverancia: primero a solas, luego con otros, después con la comunidad eclesial. “Si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un pagano o un publicano”. Esto no significa que por ello estamos dispensados de amarlo y convertirlo. Pero no podemos mantener con él relaciones de confianza y amistad. Para fraternizar, los dos tienen que estar de acuerdo. No se puede dar a quien rechaza, ni perdonar al que se cree irreprochable, ni mantener un diálogo con el que se esfuerza en no escuchar. No podemos forzarlo a cambiar, pero tampoco ignorar su equivocación y su obstinación.

 Si están unidos, obtendrán todo lo que pidan, alcanzarán todo lo que quieran conseguir con su oración o con su acción. Más aún, su unión, su entendimiento, su fecundidad harán presente a Cristo mismo. Ofrecerán a sí mismos y al mundo la revelación de esa presencia que los ha reunido. Y ese poder de hacer presente a Cristo es el mejor testimonio y el fruto supremo de una comunidad fraternal, responsable y solidaria, de una comunidad que sabe amar sin reservas y sin límites. Llama la atención que en una comunidad así, es tal la solidaridad entre los hermanos, que todos son capaces pedir lo mismo (“se ponen de acuerdo para pedir algo”, 18,19), renunciando a sus intereses personales, los cuales normalmente aflorarían a la hora de hacer peticiones. En una comunidad que llega a este nivel profundo de solidaridad, teniendo un mismo “sentir” profundo, pueden resonar con fuerza las palabras de Jesús: “allí estoy yo en medio de ellos” (18,20).   ¡Esta sí que es una verdadera comunidad!

MEDITACIÓN

Jesús me llama a ser discípulo suyo. Es un favor que Él generosamente me hace. Le agradezco su llamada. Quiero responder con todo mi ser a esta vocación maravillosa. Pregúntate: ¿qué me quiere decir el Señor por medio de tu Palabra viva en este día, en este momento de mi vida? ¿Qué me quiere revelar el Señor, de su Misterio y del secreto de mi corazón? ¿A qué me llama? ¿De qué he de convertirme? ¿Cómo ilumina hoy, con su Palabra mis inquietudes, mis preguntas, mi vida? ¿Me atrevo a corregir con mucho cariño a algún hermano que ha fallado? ¿Me creo mejor que los demás por hacerlo? ¿Prefiero hacerme el desentendido y no complicarme?

ORACIÓN .

Salmo 138

Señor, tú me sondeas y me conoces;  me conoces cuando me siento o me levanto,

 de lejos penetras mis pensamientos;  distingues mi camino y mi descanso,

 todas mis sendas te son familiares.

 No ha llegado la palabra a mi lengua,  y ya, Señor, te la sabes toda.

 Me estrechas detrás y delante,  me cubres con tu palma.

 Tanto saber me sobrepasa,  es sublime, y no lo abarco.

 ¿Adónde iré lejos de tu aliento,  adónde escaparé de tu mirada?

 Si escalo el cielo, allí estás tú;  si me acuesto en el abismo, allí te encuentro;

 si vuelo hasta el margen de la aurora,  si emigro hasta el confín del mar,

 allí me alcanzará tu izquierda,  me agarrará tu derecha.

 Si digo: “que al menos la tiniebla me encubra,  que la luz se haga noche en torno a mí”,

 ni la tiniebla es oscura para ti, la noche es clara como el día.

 Tú has creado mis entrañas,   me has tejido en el seno materno.

 Te doy gracias,  porque me has escogido portentosamente,

 porque son admirables tus obras;  conocías hasta el fondo de mi alma,  no desconocías mis huesos.

 Cuando, en lo oculto, me iba formando,   y entretejiendo en lo profundo de la tierra,

 tus ojos veían mis acciones, se escribían todas en tu libro;

 calculados estaban mis días   antes que llegase el primero.

 ¡Qué incomparables encuentro tus designios, Dios mío, qué inmenso es su conjunto!

 Si me pongo a contarlos, son más que arena;  si los doy por terminados, aún me quedas tú.

 Señor, sondéame y conoce mi corazón,  ponme a prueba y conoce mis sentimientos,

 mira si mi camino se desvía, guíame por el camino eterno.

CONTEMPLACIÓN

Permanece en silencio. Repite en tu corazón la frase del texto bíblico que más ha calado en ti.  Contempla a Aquel que es la Palabra viva.   A Jesús, que llevando la cruz de la humanidad, quiere también ayudarme a entender la sabiduría de la cruz.

A mí mismo, tan rebelde y renuente en el camino de la cruz y de la resurrección, por el que me conduce Jesús, mi Hermano.

ACTUAR

Esforzarme cada día en corregir al hermano cuando obra inadecuadamente, aunque no le guste.

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