Lectio Divina: DOMINGO XVII DEL TIEMPO ORDINARIO, CICLO C

Escrito en 25/07/2019 por Rita de Casia en Lectio Divina

Gn 18, 20-32; Sal 137; Col 2, 12-14; Lc 11. 1-13

Oración inicial

Padre de toda misericordia, en nombre de Cristo tu Hijo, te pedimos, ¡Envíanos el Don, Infunde en nosotros el Espíritu! Espíritu Paráclito, enséñanos a orar en la verdad permaneciendo en el nuevo Templo que es Cristo. Espíritu fiel al Padre y a nosotros, como la paloma en su nido, invoca en nosotros incesantemente al Padre, porque no sabemos rezar. Espíritu de Cristo, primer Don para nosotros los creyentes, ruega en nosotros sin descanso al Padre, como nos ha enseñado Padre, santificado sea tu Nombre, venga tu Reino,

LECTURA DE LA PALABRA DE DIOS. Lucas 11, 1-13

1 Una vez que estaba Jesús orando en cierto lugar, cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos. 2 Él les dijo, cuando oréis, decid: Padre, santificado sea tu nombre, venga tu Reino, 3 danos cada día nuestro pan cotidiano, 4 y perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe, y no nos dejes caer en tentación.» 5 Les dijo también: «Si uno de vosotros tiene un amigo y, acudiendo a él a medianoche, le dice: `Amigo, préstame tres panes, 6 porque ha llegado de viaje a mi casa un amigo mío y no tengo qué ofrecerle’, 7 y aquél, desde dentro, le responde: `No me molestes; la puerta ya está cerrada, y mis hijos y yo estamos acostados; no puedo levantarme a dártelos’, 8 os aseguro que si no se levanta a dárselos por ser su amigo, se levantará para que deje de molestarle y le dará cuanto necesite. 9 «Yo os digo: Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá.10 Porque todo el que pide, recibe; el que busca, halla; y al que llama, le abrirán.11 ¿Qué padre hay entre vosotros que, si su hijo le pide un pez, en lugar de un pez le da una culebra; 12 o, si pide un huevo, le da un escorpión? 13 Si, pues, vosotros, aun siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan!»

 Contexto

 El domingo pasado nos marcaba el rumbo litúrgico de esta semana y la siguiente. No podemos dejar de ser María y Marta. El “estar con Jesús” es imprescindible, porque “si no oran todos igualmente perecerán”. El modelo lo hallamos en Jesús, que durante las noches, y ante las grandes decisiones, se retiraba a orar. Decía Benedicto XVI sobre Jesús: “Sin el arraigo en Dios  la persona de Jesús es fugaz, irreal e inexplicable”, que viene a ser el verdadero centro de su personalidad”. Si se elimina esta dimensión del Jesús de los evangelios no queda de Él absolutamente nada.  Y también debemos de ser Marta, porque antes  de Ascender al cielo les indica: “Vayan por el mundo y prediquen el Evangelio, el que crea se salvará.…” El anuncio de la noticia de la Salvación es papel primordial de la Iglesia, de la vocación de todo cristiano. De ahí que desde el  día de Pentecostés la Iglesia no ha cesado de anunciar el Kerigma de la Salvación.

Comentarios al texto

11,1. Jesús estaba orando en cierto lugar y…: “Señor, enséñanos a orar. Los discípulos veían al Maestro que con frecuencia se retiraba a orar. Les debió impactar la forma de su oración: su rostro, su postura, su concentración… y le piden que les enseñe también a ellos a orar. Y Jesús accede la petición enseñándoles la oración del Padre Nuestro. La petición de los Apóstoles no ha pasado a la historia. Hoy somos nosotros los que le pedimos que nos enseñe a orar. ¿Qué quiere decir orar? Orar significa estar con Jesús y el Padre,  sentir la propia insuficiencia, sentir la propia incapacidad a través de las diversas necesidades que se presentan al hombre, las necesidades que constantemente forman parte de su vida. “Para mí la oración es un arranque del corazón, es una sencilla mirada dirigida hacia el cielo, es un grito de gratitud y de amor tanto en la prueba como en el gozo, en fin es algo tan grande y tan sobrenatural que me ensancha el alma y me une a Jesús (Santa Teresita del Niño Jesús). Los discípulos comprenden que la forma de orar suya, es muy diversa de la que enseñan los otros maestros espirituales de Israel y también de la del mismo precursor suyo. De este modo, la oración que Jesús transmite se convierte en la expresión característica de su ideal y de su identidad, del modo de relacionarse con Dios y con los suyos.

11,2… “Padre nuestro”. Lo primero que Jesús enseña a propósito de la oración es llamar a Dios con el nombre de “Padre”,  el “Abba”, un padre tierno, bondadoso y compasivo, cercano,  familiar y de confianza, reconociéndonos  como sus hijos y, por ello mismo, como hermanos entre nosotros. Nadie antes se había dirigido así a Dios, y en eso consiste en gran parte la novedad del mensaje de Jesús. El “Padre nuestro” se convierte en una oración solidaria, comunitaria,  para todos en sus necesidades: están presentes las nuestras y las de toda  la humanidad.

Santificado sea tu Nombre: El “Padre nuestro” suele ser considerado como una oración de petición, y en verdad lo es. Sin embargo, lo primero que encontramos en ella es la alabanza, en segundo lugar el ofrecimiento, y por último vienen las peticiones, una de las cuales es la del perdón. Primero está la alabanza, porque al decir santificado sea tu nombre, expresamos nuestra gratitud y nuestro deseo de que el Creador sea reconocido y glorificado en su ser por todas sus creaturas. Luego está el ofrecimiento, porque cuando decimos venga tu reino, o ven a reinar en nosotros, le estamos ofreciendo nuestra disposición a que su poder, que es el poder del Amor, dirija nuestra vida personal y social para que así podamos ser todos felices, que es lo que Él quiere. Nosotros hemos de hacer su voluntad, que sería santificar su nombre, y cuando es profanado, Dios mismo, en el mensaje de los profetas de Israel, es quien “santifica el propio Nombre”,  interviniendo con potencia en la historia humana, aunque Israel y los otros pueblos lo hayan deshonrado. Nos dice por el Profeta Ezequiel: “Por eso di a la casa de Israel: Así dice el Señor Yahvé: No hago esto por consideración a vosotros, casa de Israel, sino por mi santo nombre, que vosotros habéis profanado entre las naciones adonde fuisteis. Yo santificaré mi gran nombre profanado entre las naciones, profanado allí por vosotros. Y las naciones sabrán que yo soy Yahvé – oráculo del Señor Yahvé – cuando yo por medio de vosotros, manifieste mi santidad a la vista de ellos.

“Venga tu Reino, hágase tu voluntad”. La realización del Reino es justamente el cumplimiento de lo que él quiere, que se haga presente cada vez más en nosotros el poder de su Amor. El gran acontecimiento anunciado por Jesús es la cercanía definitiva del Reino de Dios a los hombres: “Sabed que el reino de Dios está cerca”. La oración de Jesús y del cristiano, por tanto, está en perfecta sintonía con este anuncio. Pedir en la oración que este Reino esté cada vez más visiblemente presente, obtiene dos efectos: el que reza se confronta con el diseño escatológico de Dios, aún más, se pone en una radical disponibilidad hacia esta Su voluntad de salvación.

11,3. Danos hoy nuestro pan de cada día: Iniciamos la segunda parte del Padre Nuestro con las peticiones.  Y la primera que Jesús nos enseña que le pidamos es “el pan de cada día”, que es el alimento necesario, y que indica  el alimento en general y también, más ampliamente, todo género de necesidad material. Sabemos que vivimos todos de la Providencia, como un don gratuito de Dios, aunque venga del trabajo de nuestras manos. Lo decimos así cuando hacemos  presentación de las ofrenda en la Eucaristía. Ofrecemos a Dios algo que se sabe bien que se ha recibido de Él, para poderlo recibir nuevamente de sus manos: “No os preocupéis por vuestra vida, qué comeréis; ni por vuestro cuerpo, cómo lo vestiréis. La vida vale más que el alimento y el cuerpo más que el vestido” (Lc 12,22-23).

11,4. Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden.

El perdón es algo de lo más grandioso que tenemos los seres humanos. Es la posibilidad de reconstruir lo que se había derribado; de lavar lo que se había ensuciado; de sembrar donde se había arrancado, en fin; de nacer de nuevo donde sólo existía la muerte. El per-don es un don, es decir un regalo, que debemos saber dar a nuestros hermanos, para que así Dios nos lo pueda dar cuando se lo pidamos. Nunca deberías avergonzarnos de pedir perdón a los que hemos podido ofende, porque nos hace reconocer nuestras fragilidades frente a nuestros hermanos y nos da la posibilidad de acercarnos a nuestro Padre y presentarle confiadamente la oración que Él nos legó: Como también nosotros perdonamos a nuestros deudoresLe ponemos una condición: que nos perdone como nosotros perdonamos a los que nos ofenden. Dios a nadie ha ultrajado y, sin embargo, aun no debiendo nada, perdona. ¡Cómo debe perdonar quien se sabe perdonado, si perdona todo quien nada debe que le haya de ser perdonado!

11,5-8: “¿Quién de vosotros…?”. La escena está ambientada en la campiña de Palestina. Era el modo de comportarse de los viajeros, que llegaban a cualquier hora de la noche. No podían avisar como nosotros ahora.  El viajero se ponía en camino a la caída del sol, para evitar sufrir las consecuencias de las temperaturas demasiado altas. Era lógico que muchos llegaran a su destino muy tarde, y el que le daba hospedaje se encontraba en apuros para darle de comer, por ser inesperado.  El personaje de la parábola le pide “los tres panes”, que era la porción que acostumbraba a consumir un adulto.  El hombre que de noche corre al amigo es la figura del discípulo de Cristo, llamado a orar a Dios siempre y en cualquier lugar, sin temor a molestarlo,  con la confianza de ser escuchado, porque Dios es un Padre misericordioso y fiel a las promesas. San Pablo escribe: “Rezad incesantemente con toda suerte de plegaria y de súplicas en el espíritu, velando con este fin con toda perseverancia y orando por todos los santos” (Ef 6,18).

11, 9-10 «Yo os digo: Pedid y se os dará; buscad … Ahora el Señor nos estimula ardientemente a pedir, buscar y llamar hasta conseguir lo que pedimos, lo que buscamos y aquello por lo que llamamos, sirviéndose de un ejemplo, por contraste: El del juez que, a pesar de no temer a Dios ni sentir respeto alguno por los hombres, ante la insistencia cotidiana de cierta viuda, vencido por el cansancio, le dio refunfuñando lo que no supo otorgar como favor. Nuestro Señor Jesucristo, que con nosotros pide y con el Padre da, no nos exhortaría tan insistentemente a pedir si no quisiera dar. Avergüéncese la desidia humana: está más dispuesto Él a dar que nosotros a recibir; más ganas tiene Él de hacernos misericordia que nosotros de vernos libres de nuestras miserias. Y quede bien claro: si nos exhorta, lo hace para nuestro bien (San Agustín).

11, 11-13. “Pues si vosotros, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a sus hijos….!”. Con esta reflexión Jesús no sólo nos invita a pedir con constancia, sino además a pedir lo que de verdad necesitamos. Muchas veces, “ante el silencio de Dios”, podemos desanimarnos y desistir de seguir orando. En esos momentos hemos de pensar que el Señor no nos concede lo que no nos conviene para nuestra verdadera felicidad, que en definitiva es la felicidad eterna. Es por ello que lo primero que debemos pedirle es la disposición que necesitamos para recibir lo que sólo Él sabe que es más conveniente para nuestra vida y nuestra salvación eterna. Y es que su generosidad le lleva a darnos lo que no le pedimos, pero que sí necesitamos. Por eso, el ser persevantes y no desanimarnos. Cuanto más oremos más fortalecidos saldremos.

MEDITACIÓN

¿Cómo describiría la oración según la estoy viviendo? ¿Es para mí una “obligación o una “necesidad”? ¿Creo que la oración es presentarle a Dios una lista de mis necesidades como cuando  voy al mercado? ¿Alguna vez he sentido que es un descanso “estar junto a sus pies? ¿Un descanso en compañía del Padre? ¿El diálogo sencillo y confiado con Aquel que me ama? * ¿Cuánto tiempo dedico a la oración diariamente? ¿Qué me motiva la oración: mi necesidad de comunicarme con Dios, el vacío de mi existencia, las necesidades exteriores o interiores, la Palabra de Dios…? Toda oración es buena, pero ¿descubro que en el silencio interior, la oración mental, contemplativa… es mi forma ideal para relacionarme con Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo? ¿Me recojo con frecuencia para invocar a Dios en cualquier necesidad o a alabarlo en la liturgia o a contemplarlo en el silencio? ¿Consigo orar mientras trabajo o cuando estoy en cualquier lugar o sólo cuando estoy en la iglesia? ¿Consigo hacer mía la oración litúrgica? ¿Qué puesto tiene la Madre de Dios en mi oración? ¿Qué impresión me causan las enseñanzas del Señor Jesús sobre la oración y que hoy hemos meditado? ¿Qué sentido tiene la oración del Padre Nuestro? ¿Vivo consciente de que Dios es mi Abbá, Cristo el que intercede día y noche por nosotros? ¿Qué mensaje nos deja y qué nos quiere inculcar la parábola del amigo inoportuno? A partir de esta enseñanza, ¿cómo debe ser nuestra oración, qué la debe caracterizar?

ORACIÓN

Señor Jesús, Tú que nos pides buscar, llamar, pedir, golpear, insistir, para conseguir lo que deseamos que el Padre nos otorgue. Danos tu Espíritu Santo, para que nos otorgue el don de la oración, de sentir y vivir que Tú nos amas y quieres conversar con nosotros. Así te conviertas para nosotros en el eternamente buscado y eternamente encontrado, y una vez que te hemos encontrado, seguirte buscando hasta el fin de nuestros días. De esta forma llegaremos a conocerte y amarte más y mejor. Queremos buscar y vivir ya desde ahora el Reino de Dios y su justicia,   y suscitará en nosotros hambre y sed de Ti, Fuente del agua viva y nos saciaremos de esa agua que ofreciste a la Samaritana. Que deseemos estar siempre a tus pies para escucharte atentamente y nos lleve a caminar siempre a nuestro lado, sobre todo cuando te recibimos en la Eucaristía. Sé para todos Camino, Verdad y Vida.

CONTEMPLACIÓN

Señor Jesús, así como  los discípulos que te pidieron  que les enseñaras a rezar, contagiados por la forma que Tú hacías,  de la misma manera nosotros te  pedimos: concédenos la gracia de relacionarnos íntima, personal y vivencialmente contigo. Haz Señor, que deseemos conocerte y estar contigo, danos sed de ti y de tus enseñanzas. Haz que te conozcamos como nuestro Dios y nuestro Señor, que aprendamos de ti a confiar y esperar en el Padre, sabiendo que nos conoces y nos amas. Haz Señor, que te invoquemos continuamente y así conozcamos cada vez más al Padre que nos da todo lo que necesitamos, que nos cuida y nos protege. Señor, Tú que nos has enseñado el Padre nuestro, haz que lo sintamos nuestro Padre, nuestro amigo, nuestro compañero, nuestro protector. Señor, llénanos de tu Espíritu Santo para que ahora y siempre te busquemos en la oración, te encontremos en tu Palabra, en la Eucaristía, en la celebración y en cada hermano que Tú nos colocas junto a nosotros. Ayúdanos con tu presencia en nosotros para que necesitemos buscarte, y que el buscarte sea el encontrar en ti la gracia y la paz que inunda y transforma nuestras vidas. Señor, llénanos de ti, cólmanos de tu amor, y actúa en nosotros, dándonos necesidad de ti, para que te busquemos y te encontremos en la oración. Que así sea.

PROPÓSITO

-. Viendo la necesidad vital de la oración para nuestra vida cristiana, veamos qué vamos a hacer para darle más tiempo al Señor en nuestra relación con Él.

-. Tener un horario fijo para hacer mi oración diaria. De lo contrario, “otras obligaciones” me quitarán e tiempo y ya no o recuperaré

-.  De acuerdo a las reflexiones de este día sobre la oración ¿qué va a mudar en mi vida?, ¿qué voy a cambiar para buscar más al Señor en la oración?

Fr. Víctor Garcia Cereceda OAR

 

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