Lectio Divina: Domingo 22º Tiempo Ordinario – A

Escrito en 31/08/2014 por Rita de Casia en Lectio Divina

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INVOCACIÓN

Ven, Espíritu Santo, te abro la puerta, entra en la celda pequeña de mi propio corazón,
llena de luz y de fuego mis entrañas, como un rayo láser opérame de cataratas,
quema la escoria de mis ojos que no me deja ver tu luz.
Ven. Jesús prometió que no nos dejaría huérfanos.
No me dejes solo en esta aventura, por este sendero.
Quiero que tú seas mi guía y mi aliento, mi fuego y mi viento, mi fuerza y mi luz.
Te necesito en mi noche como una gran tea luminosa y ardiente
que me ayude a escudriñar las Escrituras.
Tú que eres viento, sopla el rescoldo y enciende el fuego. Que arda la lumbre sin llamas ni calor.
Tengo la vida acostumbrada y aburrida. Tengo las respuestas rutinarias, mecánicas, aprendidas.
Tú que eres viento, enciende la llama que engendra la luz.
Tú que eres viento, empuja mi barquilla en esta aventura apasionante de leer tu Palabra,
de encontrar a Dios en la Palabra, de encontrarme a mí mismo en la lectura.
Oxigena mi sangre al ritmo de la Palabra para que no me muera de aburrimiento.
Sopla fuerte, limpia el polvo, llévate lejos todas las hojas secas
y todas las flores marchitas de mi propio corazón.
Ven, Espíritu Santo, acompáñame en esta aventura y que se renueve la cara de mi vida
ante el espejo de tu Palabra. Agua, fuego, viento, luz. Ven, Espíritu Santo. Amén. (A. Somoza

LECTURA BÍBLICA. Mateo 16, 21-27
En aquel tiempo, empezó Jesús a explicar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día. Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo: – « ¡No lo permita Dios, Señor! Eso no puede pasarte.» Jesús se volvió y dijo a Pedro: – «Quítate de mi vista, Satanás, que me haces tropezar; tú piensas como los hombres, no como Dios.» Entonces dijo Jesús a sus discípulos: – «El que quiera venirse conmigo, que se niegue a si mismo, que cargue con su cruz y me siga. Si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí la encontrará. ¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, sí arruina su vida? ¿O qué podrá dar para recobrarla? Porque el Hijo del hombre vendrá entre sus ángeles, con la gloria de su Padre, y entonces pagará a cada uno según su conducta.»

El contexto
Este texto evangélico es continuación del evangelio del domingo pasado. Es un texto que puede parecer desconcertante: el Señor que felicitó a Padreo: “Dichoso eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos”, en el pasaje siguiente le diga enérgicamente: “¡Quítate de mi vista, Satanás! Jesús quiere revelar a Pedro y a sus discípulos en el verdadero mesianismo y esto provoca el escándalo en Pedro. El diálogo de Pedro con Jesús es uno de los hechos o escenas más auténticos del relato evangélico.
Texto
El texto comienza exponiendo el camino de Jesús hacia Jerusalén, donde vivirá la pasión y donde finalmente el Padre se manifestará con la Resurrección del Hijo. La expresión más significativa de la exposición que hace Jesús es “…que él debía ir a Jerusalén”, que equivale a “está escrito” y expresa la convicción de que la pasión de Jesús es la realización lo que en el tiempo había sido anunciado por las mismas Escrituras.
Ante el anuncio de su Pasión y muerte que ocurrirá en Jerusalén,“ Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo”. Como en otras ocasiones solamente él reacciona y trata de interponerse en el camino de Jesús para impedirle que cumpla el objetivo anunciado. La reacción de Pedro es muy humana, llevado de un amor equivocado, quiere impedirle que no tome esta decisión, y le “reprende”. Pedro cree que puede mandar a Jesús: “¡Lejos de ti, Señor!”. Es como si le dijera: “¡Tú no has cometido falta alguna y Dios no te va a castigar!”. “¡De ningún modo te sucederá esto!”. Pedro no consigue comprender que su Maestro pueda sufrir algún daño y mucho menos que el camino para la vida tenga que pasar por el misterio de la muerte.
Pedro aparece como imagen del cristiano que está de acuerdo con el lado agradable del seguimiento de Cristo, pero rechaza el sufrimiento. ¡Qué difícil es comprender los caminos de Dios!
“Pero él, volviéndose, dijo a Pedro”. La reprensión que viene es fuerte: “¡Quítate de mi vista, Satanás!”. Al tratar de apartar a Jesús de su camino, Pedro se convierte en instrumento de Satanás. Pedro es llamado, literalmente, “piedra de tropiezo”, “escándalo”, la trampa tendida por el demonio para hacer caer a Jesús y apartarlo del querer del Padre.
“¡Tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres!”. El contraste aquí es entre los hombres y Dios. Pedro, en su manera de comportarse, está guiado por intereses egocéntricos. No sólo priman los cálculos humanos sino sus propios intereses. Pedro, el discípulo por excelencia, ofrece en los evangelios esta imagen contrapuesta: es el creyente, el hombre que confía en Jesús; pero es también el que no entiende sus caminos y niega a su maestro. El cristiano no llega a Dios a base de hacer muchos esfuerzos de ser el mejor y el más santo. La actitud fundamental para seguir al Señor es abrirnos y dejarnos invadir por su presencia; que su Espíritu haga mella en nosotros y nos transforme.
El valor de Jesús es tan grande que se es capaz de dejar de lado aquello que pueda ir en contradicción con Él y sus enseñanzas.
“El que quiera seguirme que se niegue a sí mismo”, significa renunciar al propio proyecto, a menudo limitado y mezquino, para acoger el de Dios. No anteponer nada al seguimiento. El valor de Jesús es tan grande que se es capaz de dejar de lado aquello que pueda ir en contradicción con Él y sus enseñanzas. Jesús no pide renunciar a vivir; lo que pide es acoger una novedad y una plenitud de vida que sólo él puede dar. El hombre tiene enraizada en lo más profundo de su corazón la tendencia a “pensar en sí mismo”, a ponerse a sí mismo en el centro de los intereses y a considerarse la medida de todo. En cambio, quien sigue a Cristo rechaza este repliegue sobre sí mismo y no valora las cosas según su interés personal. Considera la vida como un don, como algo gratuito, no como una conquista o una posesión.
Con la invitación “sígueme”, Jesús nos dice: tómame como modelo, comparte mi vida y mis opciones, entrega como yo tu vida por amor a Dios y a los hermanos. Así, el Señor abre ante nosotros el “camino de la vida”, que es el camino de la fe y de la conversión. Es el camino que lleva a confiar en él, a creer que él murió para manifestar el amor de Dios; es el camino de salvación en medio de una sociedad a menudo fragmentaria, confusa y contradictoria; es el camino de la felicidad de seguir a Cristo hasta las últimas consecuencias; es el camino que no teme fracasos, dificultades, marginación y soledad, porque llena el corazón del hombre de la presencia de Jesús; es el camino de la paz, del dominio de sí, de la alegría profunda del corazón.
“Porque quien quiera salvar su vida, la perderá, pero quien pierda su vida por mí, la encontrará”. La vida, aquí y más allá de la muerte, se consigue mediante un gesto supremo de donación de la propia vida. Hay falsas ofertas de felicidad (o “realización de la vida”) que conducen a la pérdida de la vida; la vida es siempre un don que no nos podemos dar a nosotros mismos, en cambio, siempre estamos en capacidad de darla. En esta lógica: quien pierde la propia vida por Dios y por los demás, “la encontrará”. ¡El sentido último del seguimiento es alcanzar la vida!
“¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida?” “¿Qué puede dar el hombre a cambio de su vida?” No se habla aquí de la vida como de un valor biológico, de una vida larga y ojalá con buena salud. Se trata del sentido de la vida. La verdadera vida, la cual según la Biblia se alcanza en la comunión con Dios, se logra, mediante el seguimiento de Jesús. El seguimiento de Jesús es, entonces, un camino completamente orientado a la vida, a la existencia plena y realizada. Ésta se pone en riesgo cuando se vive de manera equivocada, cuando se construye sobre falsas seguridades.
Al referirse a gente que quiere “ganar el mundo entero”, Jesús denuncia la falsa confianza puesta en propiedades y riquezas: la búsqueda y apego al poder, al prestigio, a lo terreno, como caminos de felicidad o como metas de vida. Nadie puede darse a sí mismo la vida y su sentido.
“Porque el Hijo del hombre ha de venir en la gloria de su Padre, con sus ángeles, y entonces pagará a cada uno según su conducta”. La expresión “en la gloria de su Padre” indica a Jesús como Hijo de Dios. El “Hijo del hombre”, habiendo pasado por la humillación y el rechazo, culmina su camino triunfante, es, el “Hijo de Dios”; el mismo a quien Pedro había confesado como tal un poco antes. Y frente al “Hijo” por excelencia se desvela la verdad de todo hombre. En este momento de revelación final, cada hombre debe responder por su vida. Este es un pensamiento bíblico bien afirmado, particularmente para el “discípulo” de Jesús es la hora de la verdad de su discipulado.

MEDITAR EL TEXTO
¿Cómo se conecta el pasaje de este domingo con el del anterior? ¿Cómo se confiesa la fe en el Mesías e Hijo de Dios? ¿Qué es el discipulado? ¿Cuáles son los requisitos? ¿Cómo aparece el camino de Jesús hacia Jerusalén? ¿Qué camino está llamado a recorrer el discípulo de Jesús? ¿Por qué hacerlo? ¿Por qué Pedro reaccionó negativamente ante el anuncio de la cruz? ¿Cómo reacciono frente a mis sufrimientos, dificultades y adversidades? ¿Qué le digo a Dios? ¿Qué “visión” se esperaría que tuviera un discípulo de Jesús?

ORACIÓN
Salmo 49
El verdadero culto a Dios
El Dios de los dioses, el Señor, habla: convoca la tierra de oriente a occidente.
Desde Sión, la hermosa, Dios resplandece: viene nuestro Dios, y no callará.
Lo precede fuego voraz, lo rodea tempestad violenta.
Desde lo alto convoca cielo y tierra para juzgar a su pueblo:
“Congregadme a mis fieles, que sellaron mi pacto con un sacrificio”.
Proclame el cielo su justicia; Dios en persona va a juzgar.
“Escucha, pueblo mío, que voy a hablarte;
Israel, voy a dar testimonio contra ti; -yo Dios, tu Dios-.
No te reprocho tus sacrificios, pues siempre están tus holocaustos ante mí.
Pero no aceptaré un becerro de tu casa, ni un cabrito de tus rebaños;
Pues las fieras de la selva son mías, y hay miles de bestias en mis montes;
conozco todos los pájaros del cielo, tengo a mano cuanto se agita en los campos.
Si tuviera hambre, no te lo diría; pues el orbe y cuanto lo llena es mío.
¿Comeré yo carne de toros, beberé sangre de cabritos?
Ofrece a Dios un sacrificio de alabanza, cumple tus votos al Altísimo
e invócame el día del peligro: yo te libraré, y tú me darás gloria”.
Dios dice al pecador: “¿por qué recitas mis preceptos
y tienes siempre en la boca mi alianza,
tú que detestas mi enseñanza y te echas a la espalda mis mandatos?
Cuando ves un ladrón, corres con él; te mezclas con los adúlteros;
sueltas tu lengua para el mal, tu boca urde el engaño;
te sientas a hablar contra tu engaño, deshonras al hijo de tu madre;
esto haces, ¿y me voy callar? ¿Crees que soy como tú? Te acusaré, te lo echaré en cara.
Atención los que olvidáis a Dios, no sea que os destroce sin remedio.
El que me ofrece acción de gracias, ese me honra;
al que sigue buen camino le haré ver la salvación de Dios”.

CONTEMPLACIÓN
Permanece en silencio. Repite en tu corazón la frase del texto bíblico que más ha calado en ti.
Contempla a Aquel que es la Palabra viva. ¿Qué ha suscitado en ti durante el tiempo personal de escucha de la Palabra? ¿Cuál es el “pensamiento de Dios” qué Pedro y los discípulos deben aprender? Cuál hubiera sido tu postura de haber estado esa situación. La respuesta adecuada te lleva a pensar en la venida gloriosa de Jesucristo.

ACCIÓN
Repite asiduamente este versículo: Ofrece a Dios un sacrificio de alabanza, cumple tus votos al Altísimo e invócame el día del peligro: yo te libraré, y tú me darás gloria”.
Entrega tu vida, no la pierdas, dedícate a cuanto te ayude para vivir en comunión con Dios y el hermano.

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