DOMINGO XXIX DEL TIEMPO ORDINARIO: ORAR SIN DESFALLECER

Escrito en 19/10/2013 por Rita de Casia en Lectio Divina

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  1. 1.      INVOCACIÓN

Señor Jesús, envía tu Espíritu, para que Él nos ayude a leer la Biblia en el mismo modo con el cual Tú la has leído a los discípulos en el camino de Emaús. Con la luz de la Palabra, escrita en la Biblia, Tú les ayudaste a descubrir la presencia de Dios en los acontecimientos dolorosos de tu condena y muerte. Así, la cruz, que parecía ser el final de toda esperanza, apareció para ellos como fuente de vida y resurrección. Crea en nosotros el silencio para escuchar tu voz en la Creación y en la Escritura, en los acontecimientos y en las personas, sobre todo en los pobres y en los que sufren. Tu palabra nos oriente a fin de que también nosotros, como los discípulos de Emaús, podamos experimentar la fuerza de tu resurrección y testimoniar a los otros que Tú estás vivo en medio de nosotros como fuente de fraternidad, de justicia y de paz. Te lo pedimos a Ti, Jesús, Hijo de María, que nos has revelado al Padre y enviado tu Espíritu. Amén.

 

 

  1. 1.      PROCLAMA LA PALABRA

 

Lectura del santo evangelio según san Lucas (18,1-8):

En aquel tiempo, Jesús, para explicar a sus discípulos cómo tenían que orar siempre sin desanimarse, les propuso esta parábola: «Había un juez en una ciudad que ni temía a Dios ni le importaban los hombres. En la misma ciudad había una viuda que solía ir a decirle: “Hazme justicia frente a mi adversario.” Por algún tiempo se negó, pero después se dijo: “Aunque ni temo a Dios ni me importan los hombres, como esta viuda me está fastidiando, le haré justicia, no vaya a acabar pegándome en la cara.”»
Y el Señor añadió: «Fijaos en lo que dice el juez injusto; pues Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que le gritan día y noche?; ¿o les dará largas? Os digo que les hará justicia sin tardar. Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?»

Contexto
Entramos así al capítulo 18 que nos recibe en sus primeros ocho versículos con la segunda catequesis de este nuevo ciclo sobre la oración. Ésta responde a la pregunta: ¿Cómo vive el discípulo el tiempo de espera de la segunda venida de Jesús? La pregunta es pertinente porque en la historia, el discípulo tendrá que vérsela con muchos problemas que ponen a prueba su fe.

 

Texto

 

“Les decía una parábola para inculcarles que era preciso orar siempre sin desfallecer” (18,1).

 “Desfallecer.  Hace una semana veíamos que “petición” y “agradecimiento” deben integrarse bien en el corazón orante. En dicha enseñanza notábamos que la acción de gracias no es fácil, pues sólo uno de diez lo hizo.  Pero, podríamos caer en el equívoco de concluir que  la “petición” es fácil, pero no, porque el ministerio de la intercesión también entraña sus dificultades.

Jesús habla de la posibilidad de un “desfallecer” en la vida de oración. Un fenómeno de la vida de oración es que en algún momento se puede llegar a sentir cansancio,  no  una especie de cansancio físico o mental,  sino llegar a perderle sentido a la oración, sobre todo cuando notamos que no hay respuesta, cuando no se dan los cambios.  Por eso es posible que lleguemos a lamentarnos: ¿Pero será que Dios es justo? ¿Entonces, en medio de tanta maldad e injusticia que constatamos en el mundo, por qué no se manifiesta?  Los cuestionamientos pueden surgir también a nivel personal: ¿Por qué me va mal? ¿Cómo se explica que mis peticiones no tengan respuesta? ¿Será que verdaderamente le importo al Señor? ¿Valdrá la pena seguir creyendo en él?
La oración se deja a un lado

Es en situaciones como ésta cuando la “fe” flaquea, se siente cierto desconsuelo y como consecuencia la oración se viene al piso; porque al fin y al cabo, la oración es el ejercicio de la fe.
Estos son los sentimientos: Desánimo, desespero y hastío. Todos estos matices del término “desfallecer” nos llevan a una misma realidad: la muerte de la vida de oración.

Jesús viene al encuentro de la crisis del discípulo:

“Les dice una parábola para inculcarles que era preciso orar siempre sin desfallecer” (18,1).
¿Qué quiere inculcar Jesús?     Que  la debe caracterizar la vida entera del discípulo en todo instante, no puede venirse al piso (18,1).
Para sostener esta esperanza, es necesario reforzar la confianza en Dios. Los discípulos tienen motivos para no bajar la guardia en la oración ni renunciar a su fe, ya que vislumbran cómo es el actuar de Dios.  El Señor no permanece indiferente ante los momentos difíciles de la vida del discípulo: ¡Jesús se pronuncia ofreciéndoles esta enseñanza!

“Había un juez… había una viuda…”
El juez (18,2)
. En el mundo  oriental el juez  escuchaba la acusación, luego intentaba conciliar las partes haciéndole reparar al que juzgaba culpable el daño causado.  Se dice que este juez “ni temía a Dios ni respetaba a los hombres” (18,2b). Con esta frase se describe a un juez corrupto que,  “pasa por encima de lo que sea”: Dios y la gente. ¡Su desvergüenza ha llegado al colmo!  Sabemos que en las aldeas orientales en los tiempos de Jesús las personas más influyentes  gozaban de privilegios y el común de la gente no se atrevía a tocar nada que hiriera sus intereses; con su influencia ellos podían incluso hacer inclinar la balanza de la justicia a su favor. A él no le importa nada el juicio al que podría ser sometido por su parcialidad hacia aquellos que están en condiciones de sobornarlo. En consecuencia “tampoco respeta a los hombres”. Pero aunque es indigno de su cargo, él es el juez.

La viuda (18,3ª)
El otro personaje de la parábola es una viuda, que junto con los huérfanos, en el mundo bíblico era una típica persona necesitada de ayuda: por el hecho de no gozar de la protección de un marido siempre estaba expuesta para que se aprovecharan de ellas. La viuda es débil y vulnerable, era uno de los rostros más concretos del pobre.  Para combatir esta injusticia las Leyes bíblicas velan por sus derechos: “no oprimirás a viuda ni a huérfano” (Ex 22,21y los  profetas velarán por el cumplimiento de la norma.

La viuda de la parábola representa a un pobre del pueblo a quien, en medio de su necesidad, el único recurso que le queda es su palabra abierta, atrevida e insistente. Se mete en  una audiencia pública.

“¡Hazme justicia contra mi adversario!” (18,3).
El  “adversario” parece ser una persona que se está aprovechando de ella. La injusticia podría estar relacionada con: el traspaso de la herencia del marido que nunca llegó a sus manos,  o con la necesaria reparación de un daño que le hicieron, o con los acreedores del marido difunto,  o con el reclamo para que se le pague lo que se le debe.

“El juez durante mucho tiempo no quiso atenderla” (18,4ª)

Lo más probable es que el “no querer” fue no quererse  enfrentarse con el poderoso oponente de la viuda y caer en desgracia con sus amigos y benefactores.
Y la decisión final del juez, “Voy a hacer justicia” (18,4b-5). Finalmente el juez cede. Dialogando consigo mismo el juez hace un raciocinio: si no se mueve a actuar por la razón válida, al menos lo hará para no ser importunado. El juez decide “hacer justicia”, viendo la molesta insistencia de la viuda que ya comienza a amargarle la vida. Algunos ven en este momento el temor del juez a la acusación pública que podría hacerle una viuda furiosa o para que no venga a importunarme y se ponga a “golpear debajo del ojo” o “dejarle el ojo negro”.
“Dijo, pues, el Señor…” (18,6ª).

Jesús salta directamente a la aplicación de la parábola: el juez decidió hacer justicia. Lo que importa ahora es ver cómo se aplica a la justicia de Dios: “¿Dios no hará justicia a sus elegidos que están clamando a él día y noche?” (18,7).

No hay duda que suena chocante la posibilidad de hacer una comparación entre un juez éticamente censurable y Dios. Pero precisamente aquí está la belleza del texto, se trata de una antítesis que pone de relieve la diferencia: el proceder de Dios con los pobres que le claman es completamente opuesta a la del juez corrupto. Lo único que tienen en común, Dios y el juez, es que harán “justicia pronto” (18,8ª) a aquel que clama insistentemente, pero ciertamente las motivaciones de cada uno son diferentes.

Cuando se presenta a Dios como juez en acción lo que se quiere decir es que él “hace justicia”. Precisamente porque Dios nos ama es que “hace justicia” interviniendo en los factores negativos que hacen de la vida humana una desgracia. Pero viene la otra cara de la moneda, el “hacer justicia” implica también el actuar positivo de Dios que restaura la vida del ofendido.

El Señor es juez, y no cuenta para él la gloria de nadie. No hace acepción de personas contra el pobre, y escucha  la plegaria del agraviado. No desdeña la súplica del huérfano, ni de la viuda.  La oración del humilde atraviesa las nubes  (Eclesiástico 35,12-20)

La fidelidad de Dios con los “elegidos”. “Dios hará justicia…”: podemos estar seguros de la justicia de Dios, pero tengamos claro que no se trata de algo inmediato. si el juez le hizo justicia a la viuda, que era una persona extraña para él, cómo será entonces Dios con aquellos que son “suyos”. El Dios de la Alianza es fiel con sus compromisos ahora y en el tiempo final.
Que están clamando a él día y noche. La paciencia de Dios es un signo de su amor. “…Y les hace esperar”: La aparente dilación de tiempo por parte de Dios para responder a los “elegidos” tiene que ver con la expectativa de la conversión de los injustos y con la maduración en la fe de sus discípulos. Dios piensa en los justos pero también en los injustos. Por tanto, el presente es tiempo de evangelización y de compromiso profético.

La paciencia no quita la prontitud.
Hay un intervalo necesario de tiempo antes de la intervención final de Dios, si bien al “elegido” en su situación de aflicción- puede parecerle que éste es excesivo. El cuándo no lo sabemos.

Pero, cuando el Hijo del hombre venga, ¿encontrará la fe sobre la tierra?” (18,8b). Contrapone la fidelidad de Dios con la fidelidad del hombre.  Está claro que Dios es fiel con el hombre, “pero” ¿el hombre será fiel con Dios?

La perseverancia-fidelidad en el discipulado es lo que se requiere para acoger plenamente  la justicia final de Dios. Y en esto los discípulos tienen una responsabilidad histórica: su posible desánimo e inconstancia pone en juego el tiempo final en el que serán reunidos los elegidos.
Las pruebas de la vida no son para claudicar en la fe sino para crecer en ella.

 

MEDITACIÓN

¿En qué consiste el “desfallecer” en la oración? ¿Qué casos concretos conozco? ¿Soy uno de ellos? ¿Por qué Jesús relaciona la perseverancia en la oración con la fe que se mantiene viva?
¿Se siguen dando en nuestra sociedad actual casos como el del juez de la parábola? ¿Hay personas desatendidas por la justicia? ¿Cuál es la reflexión cristiana-profética al respecto?
¿Qué se entiende por “hacer justicia” en la Biblia? ¿De qué manera Jesús la hizo en su ministerio terreno? ¿Cómo la hacemos hoy los cristianos? ¿Cómo la hará el Hijo del hombre al final de la historia?

 

ORACIÓN
Te bendecimos, Padre, con toda la fuerza de nuestro espíritu por la glorificación de tu Hijo y nuestro hermano, Cristo Jesús. Él no se ha ido para desentenderse de este mundo, sino que,
como cabeza nuestra, nos precede en la gloria eterna de tu reino.

Gracias también, Padre, porque Jesús nos confía su misión y quiere necesitar nuestra inteligencia y nuestro corazón, nuestra manos, nuestros labios, nuestros pies, nuestro tiempo,
al servicio de su buena nueva de salvación y de amor al hombre.

No permitas, Señor, que nos cerremos en la comodidad, en la apatía, en el egoísmo, en la falta de fe, en definitiva. Llénanos de la fuerza del Espíritu y cuenta con nosotros. Amén.
 
    CONTEMPLA 

 

Una vez más contempla al gran Orante Jesús. Se estremece en el Huerto de los Olivos ante los crueles sufrimientos y trágica muerte que se le vienen encima y suplica: Padre, si quieres, aleja de mí este cáliz de amargura. Pero, no se haga mi voluntad sino la tuya (Lc 22, 42). ¡Que su estilo de oración impregne toda mi persona en todos los momentos y situaciones de mi vida!

                                                                             ACCIÓN
Mirando el panorama de mi familia, de mi comunidad, de mi sociedad, puedo decir que ¿Hay fe sobre la tierra? ¿Habrá que evangelizar? ¿Cómo lo voy a hacer?

 

Un Comentario

  1. beatriz zevallos 20/10/2013 en 6:32 pm

    wao! acabo de comprobar una vez mas q dios se vale de muchos medios para hablarnos, si bien es cierto no soy la persona mas creyente sobre la tierra, pero me duele decir q un dia lo fui , pero ahora ya no es asi lamentablemente, fui catequista x 4 años enseñando a niños pero un dia llegue a un punto en el q digo q no pudo ser hipócrita y predicar algo q parctico no les puedo decir a los niños respeten a sus padres cuando yo no lo hago.Asi q x eso y x otras cosas mas q me pasaron deje de creer en el! se q existe y le confio mi vida pero no voy a misa y tampoco rezo ni me confieso x temor a ser hipócrita o no cumplir con lo q prometo..y me siento decepcionada x q yo hice la confirma allí en santa rita y prometi predicar su palabra…pero si pues creo q la falta de oración y cercanía a el han hecho q mi fe se disminuya casi x completo..y no rezo x temor a decir cosas q no vaya a cumplir.. solo le pido q me ayude a creer nuevamente.

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