DEDICACIÓN DE LA BASÍLICA SAN JUAN DE LETRÁN

Escrito en 08/11/2014 por Rita de Casia en Lectio Divina

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INVOCACIÓN
Dios omnipotente y misericordioso, aparta de nosotros todos los males, para que, bien dispuesto nuestro cuerpo y nuestro espíritu, podamos libremente cumplir tu voluntad

LECTURA DE LA PALABRA DE DIOS

JUAN 2, 13 22
Se acercaba la Pascua de los judíos, y Jesús subió a Jerusalén. Y encontró en el templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas sentados; y, haciendo un azote de cordeles, los echó a todos del templo, ovejas y bueyes; y a los cambistas les esparció las monedas y les volcó las mesas; y a los que vendían palomas les dijo: «Quiten esto de aquí; no conviertan en un mercado la casa de mi Padre». Sus discípulos se acordaron de lo que está escrito: «El celo de tu casa me devora». Entonces intervinieron los judíos y le preguntaron: « ¿Qué signos nos muestras para obrar así?» Jesús contestó: «Destruyan este templo, y en tres días lo levantaré». Los judíos replicaron: «Cuarenta y seis años ha costado construir este templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?» Pero él hablaba del templo de su cuerpo. Y, cuando resucitó de entre los muertos, los discípulos se acordaron de que lo había dicho, y dieron fe a la Escritura y a la palabra que había dicho Jesús.

Contexto

La fiesta de la Dedicación de la Basílica de Letrán pasa normalmente bastante desapercibida, pero este año cobra notoriedad al caer en domingo. San Juan es el primer gran templo cristiano construido en Roma después de las persecuciones, en el siglo IV. Fue construida por el emperador Constantino en el Laterano. La Basílica (“Casa del Rey”) de Letrán es la iglesia-madre de Roma, dedicada primero al Salvador y después también a San Juan Bautista. Esta celebración fue primero una fiesta de la ciudad de Roma; más tarde se extendió a toda la Iglesia de rito romano, con el fin de honrar aquella basílica, que es llamada «madre y cabeza de todas las iglesias de la Urbe y del Orbe», en señal de amor y de unidad para con la cátedra de Pedro que «preside a todos los congregados en la caridad».

Comentario

La Basílica de San Juan de Letrán es símbolo de la unidad de todas las comunidades cristianas con Roma y nos recuerda que todos estamos construidos sobre el mismo cimiento de Jesucristo. El templo es un lugar de encuentro del hombre con Dios. En todas las civilizaciones, en todas las culturas de las que tenemos noticia, aparece el templo. El hombre es un ser sociable y sensible: necesita colectiva y materialmente tener un lugar donde acercarse a Dios, un lugar en el que su Dios reciba culto y donde puede pacífica y serenamente hablar con él.

Los judíos amaban su templo con verdadera devoción. Estaban orgullosos de su esplendor y de su grandeza. Era la morada tangible y visible de Dios, el lugar donde se guardaba el Arca de la Alianza, el sitio en el que se siente protegido. Les recordaba la nube que los protegía en el desierto, en el monte, en la tienda, signo concreto de su presencia en el duro caminar por el desierto. El judío, en aquel templo de Jerusalén, se encontraba seguro, tenía la absoluta certeza de que Dios moraba en él y de que allí sería escuchada su oración.

Toda esta realidad no fue obstáculo para que el templo se hubiera prostituido ofreciendo un espectáculo que arrancó a Jesucristo una actitud francamente airada. Rodaron por el suelo las mesas de los cambistas y huyeron espantados bueyes y ovejas ante el látigo tronante del Señor. La grandeza espiritual de Jesucristo, su amor al Padre, su conocimiento de Dios era incompatible con aquella alteración substancial del templo. En ese templo, espléndido y precioso, no podría encontrarse el Dios que El conocía, amaba y servía; era necesario purificar todo aquel cambalache surgido alrededor de Dios y de su culto para que, ciertamente, el hombre pudiera allí acercarse a la divinidad.

En el diálogo de Cristo con la Samaritana nos está señalando cuál es el camino que quiere trazar para los que le sigan. Jesús le dice a la Samaritana: “ni en este monte ni en Jerusalén adorarán a Dios. Se acerca la hora, ya está aquí, en la que los que quieran dar culto verdadero adorarán al Padre en espíritu y en verdad”. Son importantes los templos, pero lo que verdaderamente tiene importancia son las personas que acuden a ellos y el talante con el que lo hacen. Es muy posible, casi seguro, que aquellos mercaderes y cambistas que tan asiduamente frecuentaban el templo no se encontraron allí con Dios, y es que para encontrar a Dios en la intimidad del templo es preciso haberlo encontrado antes de llegar a él. Se cuenta que cuando Yuri/Gagarin volvió de su viaje espacial hizo una “solemne” y “oficial” declaración: en su recorrido por el espacio no se había encontrado con Dios. Un sacerdote de Moscú le respondió con una atinada respuesta: es natural, si no lo habías encontrado en la tierra jamás lo encontrarás en el cielo. El Templo es el lugar consagrado a Dios donde los fieles se reúne para darle culto.
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Todos nosotros hemos sido consagrados “templo de Dios” el día de nuestro bautismo. Por esa razón todo hombre merece respeto, estimación, valoración. “Si alguno destruye el templo de Dios, Él lo destruirá porque el templo de Dios es santo: ese templo son ustedes”. Y conviene unir ambas realidades porque, a los cristianos, puede ocurrirnos que estemos tan orgullosos de nuestros magníficos templos como lo estaban los judíos del suyo y que Dios vea en ellos algo semejante a lo que contempló en el de Jerusalén; si no la existencia de puestos de cambistas o las ovejas y bueyes para el sacrificio, sí se puede contemplar un conjunto de personas que llenan los templos pero que difícilmente se encuentran con Dios porque quizá no van en la disposición “de espíritu y verdad” que Él quiere para sus verdaderos adoradores

El cristianismo no es una religión de “cosas sagradas” sino de “personas santas”. Dios se manifiesta en el hombre Jesús de Nazaret y en los creyentes que constituimos la Iglesia: edificio construido por Dios sobre el cimiento que es Jesucristo, ensanchamiento del “cuerpo de Cristo” que anima y penetra el mismo Espíritu de Dios que conduce a Jesús a lo largo de su vida y que, una vez resucitado, él nos envía “como primicia”, como una nueva creación: “exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo” (Jn 20, 22). El tema del santuario se extiende de Jesús a nosotros, los creyentes.

“Si alguno destruye el templo de Dios, Dios lo destruirá a él; porque el templo de Dios es santo”. No se trata simplemente del rumor de monedas en torno a nuestros templos materiales. La Iglesia -cada comunidad de Iglesia, la gran comunidad de la Católica-, ¿es de veras el templo de Dios, el cuerpo de Cristo, el lugar donde los hombres pueden reconocer a Jesucristo y, por él, hallar al Padre? La palabra “profanación” la asociamos aún con demasiada frecuencia a las cosas sagradas (un templo, una imagen, un altar, unos vasos, las especies eucarísticas). Pablo la aplica a los cristianos y a las comunidades de Iglesia. Profanamos el templo de Dios cuando, sobre el cimiento que es Jesucristo, ponemos materiales que no encajan y que desvirtúan la atención hacia aspectos, valores, intereses que no son los de la vida de Jesús de Nazaret. Cada comunidad está llamada a examinarse sobre sus materiales preferidos, su estructura, el rostro y la imagen que ofrece. Cada cristiano y cada comunidad cristiana es una “mediación” necesaria para ir a Jesús y al Padre. De ahí su grandeza y también su responsabilidad.

El nombre cristiano es iglesia: asamblea, reunión, congregación. La Iglesia está constituida por los que nos reunimos en nombre y alrededor de Cristo resucitado. Pero somos de carne y hueso y necesitamos edificios materiales. La palabra iglesia ha pasado también a significar estos lugares donde nos reunimos los cristianos para celebrar la eucaristía, pero, ¡cuidado!: el edificio no es propiamente “la casa de Dios” sino “la casa de la iglesia”, de la comunidad cristiana.

Abrir nuestros templos al clamor de los pobres, convertirlos en lugar de acogimiento, de colecta de dinero, no sólo no es ninguna “profanación” sino que está en la línea del evangelio. Porque la comunidad cristiana no está en función de sí misma, sino de Jesucristo y de los hombres, sobre todo “de éstos mis humildes hermanos” (Mt 25, 40). Nuestros edificios de piedra serán tanto más “casa de Dios” cuanto más sean “casa de los hombres”.

MEDITACIÓN

¿Qué es la Iglesia para nosotros? ¿Un templo? ¿Una comunidad? ¿Nos esforzamos por enmendar lo malo que encontramos en la Iglesia? ¿Cómo lo estamos haciendo? Cuando asistes a la asamblea en el templo ¿guardas el respeto, la compostura, el silencio y te sitúas que entras en tierra sagrada?

ORACIÓN

SALMO 121

¡Qué alegría cuando me dijeron: «Vamos a la casa del Señor»!
Ya están pisando nuestros pies tus umbrales, Jerusalén.
Jerusalén está fundada como ciudad bien compacta.
Allá suben las tribus, las tribus del Señor,
según la costumbre de Israel, a celebrar el nombre del Señor;
en ella están los tribunales de justicia, en el palacio de David.
Desead la paz a Jerusalén: «Vivan seguros los que te aman,
haya paz dentro de tus muros, seguridad en tus palacios».
Por mis hermanos y compañeros, voy a decir: «La paz contigo».
Por la casa del Señor, nuestro Dios, te deseo todo bien.

CONTEMPLACIÓN
Trasládate a la última cena en la que Cristo pide al Padre que todos sean uno como él es uno con el Padre. La unidad que Cristo quiso entonces es la misma que ahora. Contempla la belleza de una iglesia unida, junto al Papa, frente a tantas heridas existentes.

ACCIÓN

Prometer vivir lo que dijo San Pablo : Cada uno de nosotros somos un templo del Espíritu Santo. Conservar nuestra alma bella y limpia, como le agrada a Dios que sean sus templos santos. Así vivirá contento el Espíritu Santo en nuestra alma.

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