Viernes de la 7ª semana de Pascua, san Juan (21,15-19)

Escrito en 07/06/2019 por Rita de Casia en Enseñanzas de la Iglesia

Impresionado mucho el hecho que Jesús mantuvo a Pedro al frente de la Iglesia, incluso después de la  traicionarlo tres veces, en el momento en que Jesús más lo necesitó. ¿Por qué no puso a Juan al frente de la Iglesia, si Juan fue el único que se quedó ahí a los pies de su cruz con las mujeres? Tal vez Juan no fuera el líder necesario.

Esto muestra cómo es bueno el corazón de Jesús, cómo es diferente de nosotros. Ciertamente cualquiera de nosotros le diría a Pedro: “Ya no te quiero, me has traicionado…”. Pero Jesús es diferente, Él conoce cada alma humana y sabe que la carne es débil. Incluso frente a nuestro pecado Él no nos abandona, no nos anula y no nos rechaza. Su amor por nosotros es irrevocable. Él comprende nuestra miseria. San Juan Pablo II dijo que “seremos juzgados por un Dios que tiene un corazón humano”. Dios confía en nosotros sin secuelas, es decir, Él confía en nosotros y no se queda mirando lo que pasó. Esto es un gran consuelo Él sabe que no somos “súper héroes”, que  luchamos para superar nuestras fallas con su gracia indispensable. Pienso que frente a todo eso, debemos tomar una actitud de fe: no podemos quedarnos mirando nuestra miseria, necesitamos entregarla a Jesús.

Jesús dejó caer a Pedro vergonzosamente porque necesitaba sacar el orgullo y arrogancia del corazón de su apóstol, y ese fue el medio. ¿Cómo sabemos eso? San Lucas dice que la noche del jueves santo, la noche de la traición, Jesús oró por Pedro. “¡Simón, Simón! Mira que Satanás ha solicitado el poder cribaros como trigo; pero yo he rogado por ti, para que tu fe no desfallezca. Y tú, cuando hayas vuelto, confirma a tus hermanos” (Lc 22,31-32). Jesús sabía que Pedro sería tentado fuertemente y caería, pero Jesús rezó por él, para que él no se desesperara como Judas. Por eso él tuvo la gracia de llorar copiosamente su pecado y ser perdonado por el Maestro.

Cuando Jesús comenzó a decirle a los apóstoles que esa noche él sería traicionado, Pedro respondió orgullosamente: “Señor, estoy dispuesto a ir contigo hasta la cárcel y la muerte” (Lc 22, 33). A lo que Jesús respondió: “Te digo, Pedro: No cantará hoy el gallo antes que hayas negado tres veces que me conoces” (v. 34). Y se llevó a cabo la triple negación de Pedro. Dice san Lucas que en la casa de Caifás, “el Señor se volvió y miró a Pedro, y recordó Pedro las palabras del Señor, cuando le dijo: ‘Antes que cante hoy el gallo, me habrás negado tres veces’. Y, saliendo fuera, rompió a llorar amargamente.” (Lc 22, 61-62). Bastó la mirada de Jesús hacia Pedro…

Sin duda esta humillación de Pedro frente a su pecado, de su vejación, curó su orgullo y lo preparó para ser un “humilde siervo del Señor”, como dijo Benedicto XVI al ser elegido Papa. Sin la humildad no podemos servir a Dios como Él desea, pues Jesús dijo que “separados de mí no podéis hacer nada” (Jn 15, 5); y el orgullo nos impide hacer todo con Jesús, no hace olvidarnos de Él y actuamos sólo por nuestra cuenta.

Así, Jesús quebró la prepotencia de Pedro y lo preparó para la gran misión. Él sabe hacer de nuestras debilidades y caídas, una manera de hacer las correcciones necesarias en nosotros.

Aletella. Felipe Aquino 

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