XIX Del Tiempor Ordinario A (7 de agosto), Mt.14, 22-33

Escrito en 06/08/2011 por Rita de Casia en General, Reflexiones Dominicales

“Animo, soy Yo, no tengáis miedo”  VIDEO

Marcos witt – Paz en la Tormenta (NuevaQ.Net) MÚSICA

1Re.19, 9a. 11-13a; Sal 84,10-14; Rom 9,1-5; Mt 14,22-33

La fe:

Los tres textos de las lecturas bíblicas de este domingo reflejan un tema importante y esencial del cristiano: la fe. La importancia de la fe está, como lo dice la Sagrada Escritura, que el justo vive de la fe. No se puede avanzar en santidad, que en la Biblia se identifica con justicia, sin creer en Dios. Podríamos afirmar: dime en qué crees y te diré lo que eres. Ciertos medios de comunicación nos acercan a una realidad frustrante. Nos presentan a los que creen en el dinero y venden hasta su alma por él: creen en el placer y vemos que acaban en drogas, etc. Unas semanas atrás una chica moría en circunstancias no muy bien especificadas a sus veintisiete años, andaba en drogas y otras cosas y en un titular de un periódico de aquel país ponía este inquietante titular: Nuestra sociedad la mató. Nuestro arzobispo, en la misa de acción de gracias en la celebración de las pasadas fiestas patrias, habló claro de la sociedad del primer mundo y que estamos copiando a esos  países que intentan vivir en la relatividad, llegando a una sociedad sin fe, o sea, atea, porque en todo quieren vivir un relativismo total y absoluto. No hay nada perdurable, la certeza se acomoda a las circunstancias, pues lo que hoy es bueno, mañana no puede serlo. Un bien, algo bueno, nos lleva a hacer una pregunta ¿hasta cuándo lo será?  Con esta mentalidad no se puede hablar de valores; no se entiende una educación en valores y menos aún se entiende a la Iglesia católica que habla de valores firmes e inmutables, que están fundamentados en Dios y en la misma naturaleza humana.

El Dios de nuestros padres:

Elías, en la primera lectura; Pablo en la segunda y Pedro en el evangelio que hemos escuchado son tres campeones de la fe y con quienes podemos confrontar nuestra experiencia de fe en el Dios trascendente; en el Dios que actúa dentro de nuestra historia personal y comunitaria; el Dios que es incognoscible en su esencia, pero que se nos muestra en la belleza de todo lo creado y, especialmente, en la ternura del amor. No vamos a hablar del Dios de la filosofía, sino en ese Dios que se nos muestra en el Hijo, que es Palabra, que viene a dársenos, a entregarse, a servirnos… y es aquí donde podemos detenernos un poco y ver qué enseñanzas nos dan las lecturas de hoy:

       I.            Elías: El pasado de Israel estaba marcado por la gran teofanía – manifestación de Dios  en el Sinaí -. De ella leemos: Al amanecer del tercer día hubo truenos y relámpagos; una densa nube cubría la montaña y se oía el ruido creciente de la trompeta… Toda la montaña del Sinaí estaba envuelta en humo, porque el Señor había bajado sobre ella en el fuego. Subía aquel humo como humo de horno y toda la montaña temblaba violentamente. Moisés hablaba y Dios le respondía en el trueno (Ex 19, 16.18-19). No es extrañar que el huracán tan violento… terremoto… fuego… confundieran a Elías con la presencia de Dios. No se le muestra a Elías el Dios del Sinaí con todos esos fenómenos, sino que es el Dios de lo sencillo, de estar en lo más profundo de nosotros mismos, como afirma san Agustín: Dios está en lo más íntimo de uno mismo.

    II.            San Pablo siente fuertemente la incredulidad de sus hermanos de raza, que lo hace exclamar: por el bien de mis hermanos, los de mi raza según la carne, quisiera incluso ser un excluido de la compañía de Cristo (Rm 9,3). La fe en Pablo es compromiso y empeño donde la historia se entreteje entre Dios y la humanidad para entregarnos una realidad de amor.

 III.            El miedo. Dios como que se aleja, es algo que sentimos en ausencia. ¿No nos ha sucedido esto a veces? Jesús subió al monte para orar a solas (v.23). Es como trasportarnos fuera del tiempo y del espacio. Mientras los discípulos están desconcertados, pues es de noche y la barca es sacudida por el oleaje (v.24). Y Jesús se acerca y el hecho provoca miedo: es un fantasma, afirman. De tal forma asusta a los discípulos que gritaron de miedo (v.26). El miedo es la antigua y nueva esclavitud del ser humano, siempre y en todas las circunstancias. En estas circunstancias Pedro aparece en todo su ser humano, frágil y temeroso por un lado; animoso y valiente al ver a Jesús por otro y en su ímpetu le pide a Jesús caminar como él sobre las aguas… pero esta iniciativa no es suficiente para encontrarse igual que Jesús. Y Cristo lo toma de la mano… Gesto que basta por sí mismo sin necesitar que añadamos nada…

Oración:  

Concédenos, Señor, romper nuestros miedos que nos paralizan e impiden ver tu grandeza en medio del mundo, especialmente tu gran amor existente en el mundo.

Pedro, como nosotros quiere salir del miedo, y su falta de confianza que nace de la fe, se lo impidió. Tú, Señor, saliste en su ayuda: ven a hora en ayuda de nuestra debilidad y aumenta nuestra fe. Sé luz en nuestro sendero.

                                                                                                      P. José Jiménez de Jubera

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