Pentecostés: Fiesta del Espíritu Santo

Escrito en 11/06/2011 por Rita de Casia en General, Reflexiones Dominicales

La fuerza interior

Hoy hablar de «espíritu», «de cosas del espíritu», de «espiritualismo», es hablar de palabras superfluas, como condenadas al fracaso, en este mundo nuestro donde aparentemente no existe otra realidad que la corporeidad, las realidades físicas y constatables, lo que se toca y pesa. Una gran parte de hombres y mujeres de nuestro tiempo viven en desarmonía consigo mismos, sin una fuerza interior que unifique sus vidas y que les regenere desde lo más interior de sí mismos. Los creyentes siempre han reconocido al Espíritu como una fuerza regeneradora. Hoy, en un tiempo de tantos vacíos existenciales, se habla de otras tablas de salvación, de espíritus, de energías, de una cierta energía positiva. Muchos vientos para muchas adivinanzas. A lo mejor, para comenzar un nuevo siglo, eran ya palabras vacías y sin sentido hablar del Espíritu. Y sin embargo es el Espíritu, esa otra dimensión vital, la que mueve la vida, el avance y el progreso de la vida hacia la libertad.

El Espíritu, un alma que lo envuelve todo, que nos hace caminar para encarnar a Jesús en la realidad de cada día. Muchas veces en nuestra vida habíamos sentido como un impulso, como algo que se movía en nuestro corazón. Un ruido que despierta, un viento que empuja, una llamarada que ilumina y calienta. ¿Acaso corren malos vientos para el Espíritu? El mundo sin espíritu es como el sin sentido de una fuente seca, seca.

Así de bellamente se expresaba Ignacio IV Hazin, patriarca de la Iglesia greco-ortodoxa de Antioquía: «Sin el Espíritu, Dios está lejos, Cristo pertenece al pasado, el evangelio es letra muerta, la Iglesia es una simple organización, la autoridad es dominio, la misión es propaganda… Pero, en el Espíritu, el cosmos bulle y gime con los dolores del Reino, se hace presente Cristo resucitado, el Evangelio es fuerza de vida, la Iglesia significa la comunión trinitaria, la autoridad servicio liberador, la misión es Pentecostés».

El envío del Espíritu en Pentecostés es algo completamente nuevo: es la interiorización en la conciencia limitada del hombre de la acción pascual de Jesucristo que, históricamente, es única. El Espíritu Santo le es dado siempre a la Iglesia. A pesar de la crisis que sacude a la Iglesia, algunos no titubean en hablar de un nuevo Pentecostés. Pero no basta con referirse al Espíritu Santo en relación con todo y en todo momento. También es preciso discernir los signos auténticos del Espíritu, siguiendo la recomendación de San Pablo: «No apaguéis; la fuerza del Espíritu; no menospreciéis los dones proféticos. Examinadlo todo»

En la actualidad podemos discernir dos grandes tipos de signos del Espíritu en la Iglesia: por un lado están todas las iniciativas de la caridad cristiana al servicio de la liberación del hombre; por otro lado, están todos los signos del Espíritu que acompañan la renovación carismática en el mundo.

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