Catequesis de los miércoles del Papa Benedicto XVI: Dios Padre todopoderoso

Escrito en 03/02/2013 por Rita de Casia en General

VATICANO, 30 Ene. 13 / 10:45 am.-

Queridos hermanos y hermanas:

En la catequesis del miércoles pasado, hemos reflexionado sobre las palabras del Credo: “Creo en Dios”. Pero la profesión de fe especifica esta afirmación: Dios es el Padre todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra. Me gustaría reflexionar con ustedes ahora sobre la primera y fundamental definición de Dios, que el Credo nos presenta: Él es Padre.

No siempre es fácil hoy en día hablar de paternidad. Sobre todo en el mundo occidental. Las familias disgregadas, los compromisos de trabajo cada vez más apretados, las preocupaciones y, a menudo, la fatiga de equilibrar el presupuesto familiar, así como la invasiva distracción de los medios de comunicación en la vida diaria son algunos de los muchos factores que pueden impedir una relación serena y constructiva entre padres e hijos.

A veces, la comunicación se hace difícil, se pierde la confianza y la relación con la figura del padre puede llegar a ser problemática. Por lo que, no teniendo modelos adecuados como referencia, se vuelve problemático incluso imaginar a Dios como padre. Para aquellos que han tenido la experiencia de un padre demasiado autoritario e inflexible, o indiferente y poco afectuoso, o incluso ausente, no es fácil pensar con serenidad en Dios como Padre y abandonarse a Él con confianza.

Pero la revelación bíblica ayuda a superar estas dificultades hablándonos de un Dios que nos muestra qué significa ser verdaderamente “padre”, y es sobre todo el Evangelio el que nos revela este rostro de Dios como Padre, que ama hasta el don de su propio Hijo para la salvación de la humanidad.

La referencia a la figura paterna ayuda por lo tanto a comprender algo del amor de Dios, que sin embargo es infinitamente más grande, fiel y total que el de cualquier hombre. “¿Quién de ustedes, cuando su hijo le pide pan, le da una piedra? ¿O si le pide un pez, le da una serpiente? Si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más el Padre celestial dará cosas buenas a aquellos que se las pidan! “(Mt 7,9 – 11; cfr Lc 11,11 a 13).

Dios es nuestro Padre porque Él nos ha bendecido y elegido antes de la creación del mundo (cfr. Ef 1,3-6), nos hizo realmente sus hijos en Jesús (cfr. 1 Jn 3,1). Y, como Padre, Dios acompaña con amor nuestra vida, nos da su Palabra, sus enseñanzas, su gracia y su Espíritu.

Él –como revela Jesús– es el Padre que alimenta a las aves del cielo, sin que deban sembrar y cosechar, y reviste de colores maravillosos las flores del campo, con trajes más bellos que los del rey Salomón (cfr. Mt 6,26 – a 32; Lucas 12,24-28), y –añade Jesús– ¡nosotros valemos mucho más que las flores y las aves del cielo!

Y si Él es tan bueno que hace “salir el sol sobre malos y buenos y hace caer la lluvia sobre justos e injustos ” (Mt 5, 45), siempre podremos, sin miedo y con total confianza, encomendarnos a su perdón cuando nos equivocamos de camino. Dios es un Padre bueno que acoge y abraza al hijo perdido y arrepentido (cfr. Lc 15, 11), da gratuitamente a los que piden (cfr. Mt 18,19; Mc 11, 24, Jn 16, 23) y ofrece el pan del cielo y el agua viva que da vida para siempre (cfr. Jn 6, 32, 51,58).

Por lo tanto, el orante del Salmo 27, rodeado de enemigos, asediado por los malvados y calumniadores, mientras busca la ayuda del Señor y lo invoca, puede dar su testimonio lleno de fe, afirmando: “Aunque mi padre y mi madre me abandonen, el Señor me recibirá “(v. 10). Dios es un Padre que nunca abandona a sus hijos, un Padre amoroso que sostiene, ayuda, acoge, perdona y salva, con una fidelidad que supera inmensamente la de los hombres, para abrirse a las dimensiones de la eternidad. “Porque es eterno su amor”, como repite en una letanía, en cada versículo, el Salmo 136 evocando la historia de la salvación.

El amor de Dios Padre nunca falla, no se cansa de nosotros, es amor que se da sin límites, hasta el sacrificio de su Hijo. La fe nos dona esta certeza que se convierte en una roca segura en la construcción de nuestras vidas: podemos afrontar todos los momentos de dificultad y de peligro, la experiencia de la oscuridad de la crisis y del tiempo de dolor, sostenidos por la fe en que Dios no nos deja solos y siempre está cerca, para salvarnos y llevarnos a la vida eterna.

Es en el Señor Jesús donde se muestra plenamente el rostro benévolo del Padre que está en los cielos. Conociéndolo a Él, podemos conocer también al Padre (cfr. Jn 8,19, 14,7), viéndolo a Él, podemos ver al Padre, porque Él está en el Padre y el Padre está en Él (cfr. Jn 14,9,11). Él es la “Imagen del Dios invisible”, como lo define el himno de la Carta a los Colosenses, “el Primogénito de toda la creación… el Primero que resucitó de entre los muertos”, “en quien tenemos la redención y el perdón de los pecados ” y lareconciliación de todas las cosas, “habiendo restablecido la paz por la sangre de su cruz y reconciliando todo lo que existe en la tierra y en el cielo, ” (cfr. Col 1,13-20).

La fe en Dios Padre pide creer en el Hijo, bajo la acción del Espíritu, reconociendo en la Cruz que salva la revelación definitiva del amor divino. Dios es nuestro Padre al darnos a su Hijo por nosotros; Dios es nuestro Padre perdonando nuestros pecados y llevándonos a la alegría de la vida resucitada; Dios es nuestro Padre al ofrecernos el Espíritu que nos hace hijos y que nos permite llamarlo, en verdad, “Abba, Padre “(cf. Rom 8:15). Por eso Jesús, enseñándonos a orar, nos invita a decir “Padre Nuestro” (Mt 6,9 a 13;. Cf Lc 11:2-4).

La paternidad de Dios es, pues, amor infinito, ternura que se inclina sobre nosotros, hijos débiles, necesitados de todo. El Salmo 103, el gran himno de la misericordia divina, proclama: “«Como un padre cariñoso con sus hijos, así es cariñoso el Señor con sus fieles; él conoce de qué estamos hechos, sabe muy bien que no somos más que polvo.” (vv. 13-14). Es sólo nuestra pequeñez, nuestra débil naturaleza humana, nuestra fragilidad que se convierte en llamamiento a la misericordia del Señor para que manifieste su grandeza y ternura de Padre que nos ayuda, nos perdona y nos salva.

Y Dios responde a nuestra llamada, enviando a su Hijo, que muere y resucita por nosotros; entra en nuestra fragilidad, haciendo lo que el hombre solo nunca hubiera podido hacer: él toma sobre Sí el pecado del mundo, como cordero inocente y nos abre el camino a la comunión con Dios, nos hace verdaderos hijos de Dios. Está ahí, en el Misterio pascual, que se revela en todo su esplendor, el rostro definitivo del Padre. Y es aquí, en la Cruz gloriosa, que se realiza la plena manifestación de la grandeza de Dios como “Padre omnipotente”.

Pero podemos preguntarnos: ¿cómo es posible imaginar un Dios todopoderoso mirando la cruz de Cristo? ¿Este poder del mal que lleva a matar al hijo de Dios? Nos gustaría una omnipotencia divina de acuerdo con nuestros esquemas mentales y nuestros deseos: un Dios “omnipotente” que resuelva los problemas, que intervenga para evitarnos las dificultades, que venza a los poderes adversos, cambie el curso de los acontecimientos y anule el dolor.

Por eso, hoy en día muchos teólogos dicen que Dios no es omnipotente, porque de lo contrario no existiría tanto sufrimiento, y tanta maldad en el mundo. De hecho, ante el mal y el sufrimiento, para muchos de nosotros, es problemático, difícil creer en un Dios Padre y creerlo todopoderoso; algunos buscan refugio en los ídolos, cediendo a la tentación de encontrar una respuesta en una omnipotencia supuesta “magia” y sus promesas ilusorias.

Pero la fe en Dios Todopoderoso nos lleva por caminos muy diferentes. A aprender a conocer que el pensamiento de Dios es diferente del nuestro, que los caminos de Dios son diferentes de los nuestros, y también su omnipotencia es diferente: no se expresa como una fuerza automática o arbitraria, sino que se caracteriza por una libertad amorosa y paternal.

De hecho, Dios al crear criaturas libres, dándoles libertad ha renunciado a una parte de su poder, dejando el poder de nuestra libertad. Así ama y respeta la libre respuesta de amor a su llamada. Como Padre, Dios quiere que seamos sus hijos de su corazón y vivamos como tal, en su Hijo, en comunión, en plena familiaridad con Él.

Su omnipotencia no se expresa en la violencia, no se expresa en la destrucción de un poder adverso como nosotros quisiéramos, sino que se expresa en el amor, la misericordia, el perdón, en la aceptación de nuestra libertad y en la incansable llamada a la conversión del corazón, en una actitud, sólo aparentemente débil.

Dios parece débil si vemos a Jesucristo que ora, que invita, que se hace matar, pero es la actitud aparentemente débil hecha de paciencia, mansedumbre y amor que demuestra que éste es el verdadero camino de la potencia y de poder.

Este es el poder de Dios y esto vencerá. El sabio del libro de la Sabiduría se dirige a Dios de esta manera: “Tú te compadeces de todos, porque todo lo puedes, y apartas los ojos de los pecados de los hombres para que ellos se conviertan. Tú amas todo lo que existe…Pero tú eres indulgente con todos, ya que todo es tuyo, Señor que amas la vida “(11:23-24a .26).

Sólo el que es realmente poderoso puede soportar el dolor y tener a la vez compasión, solo quien es de verdad potente puede ejercer plenamente la fuerza del amor.

Y Dios, a quien pertenecen todas las cosas, porque todas las cosas fueron hechas por Él, revela su fuerza amando a todos y a todo, en una paciente espera de la conversión de nosotros los hombres, a los que quiere tener como hijos. Dios espera nuestra conversión. El amor todopoderoso de Dios no tiene límites, hasta el punto que “no escatimó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros” (Romanos 8:32).

La omnipotencia del amor no es la del poder del mundo, sino la del don total, y Jesús, el Hijo de Dios, revela al mundo la verdadera omnipotencia del Padre dando su vida por nosotros pecadores. He aquí la verdadera, auténtica y perfecta potencia divina: responder al mal no con el mal sino con el bien, a los insultos con el perdón, al odio homicida con el amor que da la vida.

Así pues, el mal viene vencido realmente, porque viene lavado por el amor de Dios; y la muerte viene derrotada definitivamente, porque es transformada en don de vida. Dios Padre resucita al Hijo: la muerte, la gran enemiga (cf. 1 Cor 15:26), viene tragada y privada de su veneno (cf. 1 Cor 15,54-55), y nosotros, liberados del pecado, podemos acceder a nuestra realidad de hijos de Dios.

Por lo tanto, cuando decimos “Yo creo en Dios Padre omnipotente” expresamos nuestra fe en el poder del amor de Dios que, en su Hijo muerto y resucitado vence el odio, la maldad, el pecado y nos da vida eterna, aquella de hijos que quieren estar siempre en la “Casa del Padre”. Decir Creo en Dios Padre omnipotente, en su poder, en su manera de ser padre, es siempre un acto de fe, de conversión, de transformación de nuestro pensamiento, de todo nuestro afecto, de todo nuestro modo de vivir.

Queridos hermanos y hermanas, pidamos al Señor que sostenga nuestra fe, que nos ayude a encontrar realmente la fe, y nos de la fuerza para anunciar a Cristo crucificado y resucitado Cristo y darle testimonio en el amor a Dios y al prójimo. Y Dios nos conceda recibir el don de nuestra filiación, para vivir plenamente la realidad del Credo, confiando en el amor del Padre y de su omnipotencia misericordiosa, la verdadera omnipotencia que salva. Gracias

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