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Ex 32, 7-11.13-14;   Sal 50;   1Tm 1, 12-17;   Lc 15, 1-32

Oración Inicial

Señor Jesús, Tú que has venido a revelarnos al Padre, a ayudarnos a conocer su corazón y saber que es un Dios clemente y misericordioso, lento para enojarse y generoso para perdonar. Nos dejas estas parábolas de la misericordia, para ayudarnos a ser más conscientes, de lo que implica alejarnos del Padre y a su vez saber que el Padre está siempre dispuesto a derramar su amor y su misericordia en nosotros, dándonos su perdón, ayudándonos a volver a Él, y así vivir como Él quiere y espera de nosotros. Ayúdanos a ser sensibles al amor misericordioso que el Señor tiene por nosotros y ayúdanos a vivir de acuerdo a su voluntad, experimentando su misericordia y su perdón. Que así sea.

LECTURA DE LA PALABRA DE DIOS. Lucas 15, 1-32

Al ser la lectura bíblica tan extensa les pido que hagan su lectura desde su propia Biblia.

Comentario del texto

15,1-2. Todos los publicanos y los pecadores se acercaban a él para oírle. Los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: «Éste acoge a los pecadores y come con ellos.» Suena exagerado, pero así lo afirma Lucas. Es una manera de enfatizar lo que ocurría en el ministerio de Jesús: multitudes le “buscaban”. Estos que buscaban a Jesús tienen el calificativo peyorativo de “publicanos-pecadores”: personas que por su comportamiento contrario a la Ley de Dios, y que se han colocado fuera del ámbito de la Alianza; más aún los “publicanos” eran los cobradores de impuestos para Roma, explotadores del pueblo judío. Y se agrava el problema, porque Jesús   los acoge, se reúne y come con ellos. El contraste lo vemos en la crítica de los escribas y fariseos contra Jesús. Ellos se consideraban perfectos y despreciaban a los otros, acusándoles de pecadores. Lucas busca también reflejar lo que estaba sucediendo también en sus comunidades hacia los años 80: Los paganos se acercaban a las comunidades cristianas para participar en ellas. Sin embargo muchos hermanos judíos murmuraban diciendo que acoger a un pagano iba contra las enseñanzas de Jesús. En las tres parábolas que hoy escuchamos se advierte la misma preocupación: mostrar lo que se debe hacer para encontrar lo que se ha perdido: la oveja descarriada, la moneda perdida y  los dos hijos perdidos.

15,3-7. “Si uno de vosotros tiene cien ovejas…” La mirada se pone en un pastor que tiene 100 ovejas y pierde una de ellas. ¿No dejaría las 99 en el desierto para ir a “buscar” la oveja perdida? Parece una locura la acción del pastor: abandonar el rebaño y precipitarse en la búsqueda de la oveja perdida. Pero al narrador le parece normal que lo haga: “¿Quién de vosotros no haría esto?”. Es de admirar cómo el pastor deja las otras noventa y nueve, seguro en alguien que las cuida en su ausencia, y se lanza a buscar la que se ha extraviado. Y cuando ha encontrado la oveja perdida la carga sobre sus hombres y alegre regresa al redil con el resto, que están a salvo. El pastor regresa con aire triunfante. La alegría del hallazgo se manifiesta en la convocación de los amigos para que se alegren con él por haberla encontrad sana y salva. Una alegría de estas no se vive sólo, se la comparte con los amigos.  Este es un rasgo del amor de Dios.

15,8-10: «O, ¿qué mujer que tiene diez dracmas, si pierde una…?» La parábola de la moneda perdida alude al comportamiento normal de las mujeres pobres, apenas tiene diez monedas de plata (una dracma valía un día de trabajo), que para ella era mucho dinero. Entendemos que trate  de encontrarla y barrer toda la casa hasta que la encuentra. La alegría de haberla hallado la lleva a hablar con las vecinas: “¡He encontrado la moneda que había perdido!”¡Dios se alegra todavía más por un pecador que se convierte!  “Os digo que, de igual modo, habrá más alegría en el cielo por uno solo pecador que se convierta que por noventa y nuevo justos que no tengan necesidad de conversión”. En la experiencia personal uno se siente muy contento cuando se reconcilia con Dios, pero la alegría que Dios siente por este mismo acontecimiento es mayor. No quiere decir que Dios no esté contento con los que están sanos y salvos, los “noventa y nueve justos que no necesitan conversión”, sino que su alegría por el pecador que se ha dejado encontrar por el amor misericordioso es superior.

15,11-32. Esta parábola es muy conocida y que la comentábamos en el domingo quinto de Cuaresma. El título tradicional es “El Hijo Pródigo”, o mejor, “un padre que tiene dos hijos”, porque,  aunque habla de los hijos, el protagonista es el Padre que se esfuerza incansablemente por reencontrar a los dos hijos. Entramos en los detalles.

15,11-13: Un hombre tenía dos hijos. El menor de ellos…  Llamamos Hijo pródigo a aquel que gasta, a mano abierta, irresponsablemente. La parábola comienza con un joven que pide al padre la parte de la herencia, porque se quiere ir de la casa. Quiere hacer uso de su libertad, que es como no querer reconocer la autoridad paterna. Pero salir de la casa del Padre exige tener dinero. Sabe perfectamente que sin dinero no conseguirá enfrentarse con el mundo. Se lanza  a la aventura, pero su inmadurez humana y social,  le lleva a una vida desenfrenada. Como consecuencia enseguida malversa su herencia y comienza a pasar  hambre.

15,14-19: «Cuando se lo había gastado todo, sobrevino un hambre...  Ante el hambre tiene que buscar trabajo, a lo que no estaba acostumbrado en la casa de su Padre, que todo lo tenía en abundancia. Lo encuentra sí, pero perdiendo la libertad que tanto reclamó. Ahora se vuelve esclavo cuidando  cerdos y recibe un trato peor que el dado a los puercos. Esta situación hace que empiece a acordarse de la casa del Padre: “¡Cuántos jornaleros en casa de mi padre tienen pan en abundancia y yo aquí me muero de hambre!” Examina su propia vida y decide volver a casa. Prepara hasta las palabras que dirá a su Padre: “Me levantaré e iré a mi padre y le diré: ¡Padre he pecado contra el cielo y contra ti: no soy digno de ser llamado tu hijo; trátame como uno de tus criados!”.

15,20-24: Y, levantándose, partió hacia su padre. «Estando él todavía lejos… El Padre conoce muy bien a su hijo y sabe que su intento de ignorarle se acabaría pronto y que regresaría a la casa paterna. Es por esta razón que el Padre todos los días se asomaba al horizonte para ver si regresaba. Y llega el día en el que se cumplió lo que esperaba. La parábola dice que el hijo menor todavía estaba lejos de la casa, pero el Padre lo vio, corrió al encuentro. No le deja al hijo pronunciar las palabras que había preparado para que lo perdonara y lo aceptara como un siervo. Al acogerlo lo “besa efusivamente”. Manda a los empleados que le pongan “el mejor vestido”, restituyéndole su dignidad de hijo y le confirma sus antiguos privilegios: llevar  “el anillo”, “sandalias”…, y hace sacrificar el “novillo cebado”, el animal que se alimentaba con más cuidado y se reservaba para alguna celebración importante en la casa. Y Convoca una “fiesta” con todas las de la ley: la mejor comida, música y danza. La fiesta parece desproporcionada, pero el padre expone el motivo: el gran valor de la vida del hijo.

15, 25-28: «Su hijo mayor estaba en el campo y, al volver, cuando... El hijo mayor, que regresaba del campo, se sorprende al escuchar la música y la fiesta que había, y pregunta a los empleados cuál es el motivo. Puesto al corriente de todo, siente mucha rabia dentro de sí y no quiere entrar en la casa. No le gusta esta fiesta y no entiende la alegría de por qué el Padre esté tan contento. Encerrado en su egoísmo no se alegra del regreso de su hermano.  No quiere ser hermano, no se da cuenta que el Padre, sin él, perderá la alegría, porque también él, el mayor, es hijo como el menor.

Lucas 15, 29-30.  Pero él replicó a su padre: … Los empleados han comunicado al Padre la actitud del hijo mayor.  El Padre sale de la casa y ruega al hijo mayor que entre. Pero éste contesta: “Hace tantos años que te sirvo, y jamás he dejado de cumplir una orden tuya, pero nunca me has dado un cabrito para hacer fiesta con mis amigos. Y ahora que este tu hijo, que ha despilfarrado todas su haberes con prostitutas regresa, para él has matado el novillo cebado.” El hijo mayor se gloría de la observancia cumplida: “Jamás he dejado de cumplir una orden tuya”. Aunque reconoce a su hermano como tal, no lo llama hermano, sino “este hijo tuyo”, como si no fuese su hermano. Y es él, el mayor, quien habla de prostitutas. Es su malicia la que interpreta así la vida de su joven hermano. ¡Cuántas veces nosotros los católicos interpretamos mal la vida de los otros! El comportamiento del Padre es distinto. Él sale de casa para los dos hijos. Acoge al hijo joven, pero no quiere perder al mayor. Los dos forman parte de la familia. ¡El uno no puede excluir al otro!

15, 31-32 «Pero él le dijo: `Hijo, tú siempre estás conmigo… Concluimos nuestra reflexión sobre esta parábola de la misericordia de Dios, con un pensamiento de  San Agustín. “Esta parábola habla más de la divina misericordia que de nuestro proceder humano. Abandonar las cosas grandes, amar las pequeñas, es propio de la potencia divina y no de la avidez humana: porque Dios da la existencia a las cosas que no existen y va en busca de las cosas perdidas, sin abandonar las que dejó; y encuentra las perdidas sin perder las que quedaron guardadas. No es un pastor terreno, sino celestial, y esta parábola no presenta hechos humanos, sino que manifiesta misterios divinos (…) Aquel hombre que tenía cien ovejas es Cristo, el buen pastor, el pastor bondadoso que en Adán, como con una única oveja, había comprendido a todo el género humano y lo había colocado en los pastos de la vida de los prados del paraíso; pero esta oveja olvidó la voz del pastor y se fio de los aullidos de los lobos; perdió así los apriscos de la salvación y quedó completamente herida con llagas mortales. Viniendo Cristo a buscarlo, lo encuentra en el seno de un campo virginal. Vino en la carne de su nacimiento y, elevándola sobre la Cruz, la cargó sobre los hombros en su pasión; lleno de alegría por la felicidad de la resurrección, subiendo al cielo la transportó hasta su morada. Y llamó a los amigos y a los vecinos, esto es, los ángeles, y les dice: “Alegraos conmigo, porque encontré mi oveja que estaba perdida.” (San Agustín)

MEDITACIÓN

¿Cuál es el punto de las tres parábolas de la divina misericordia que más te ha gustado o que ha llamado más tu atención? ¿Cuál es el punto central de la parábola de la oveja perdida? ¿Cuál es el punto central de parábola de la moneda perdida? ¿Cuál es la conducta del hijo menor y cuál es la idea que se forma del padre? ¿Cuál es la conducta del hijo mayor y cuál es la idea que se forma del padre?  ¿Cuál es la conducta del padre con cada uno de los hijos? ¿Con cuál de los dos hijos me identifico: con el mayor o con el menor? ¿Por qué? ¿Qué tienen en común estas tres parábolas?  ¿Refleja nuestra comunidad algo de la ternura de Dios Padre?

ORACIÓN

Dios Padre bueno, Tú, Señor,  que eres el Dios misericordioso, bondadoso y clemente, que derramas tus bendiciones en nosotros, para que volvamos a ti, para que experimentemos tu amor  y así sintamos tu presencia viva junto a nosotros, por medio de tu ternura misericordiosa, te pedimos que nos ayudes a volver, a dejarnos reconciliar por ti, a experimentar tu amor y tu bondad,  para sentir tu perdón, que nos ayuda a volver a ti, a recomenzar nuestra vida, a volver a sentir tu presencia viva junto a nosotros.  Por eso, Señor, ahora que hemos visto que eres un Dios lento para enojarte y generoso para perdonar, ayúdanos a sentir y experimentar tu perdón y así sentir tu abrazo amoroso que nos invita a vivir como hijos, teniéndote a ti como Padre.

CONTEMPLACIÓN

Señor Jesús, ¡eres único!,  ¡fantástico!, ¡maravilloso! Gracias Señor, por decirnos cómo es el Padre y cómo eres Tú. Gracias por ayudarnos a conocerles más, a saber que  manifiestas tu amor en la misericordia y el perdón. Gracias por hacernos ver, que tanto Tú como el Padre, que conociéndonos, que sabiendo cómo somos, que viendo nuestras actitudes y nuestros comportamientos, nos tienen paciencia, nos aceptas, nos das tiempo, y no nos dejas, sino que continuamente nos estás llamando y llenando de ternura y misericordia. Gracias Señor, porque a pesar de la dureza de nuestro corazón, que no nos dejamos seducir por el amor que nos tienes,  no nos abandonas, sino que vienes a buscarnos, que sales a nuestro encuentro, que nos vas atrayendo con misericordia, ternura y respeto. Señor, Tú que nos amas, que has dado tu vida para reconciliarnos con el Padre, danos la gracia de dejarnos seducir por el amor que nos tienes, que aceptemos tu invitación y volvamos a ti. Señor, Tú que nos muestras tu corazón misericordioso, ayúdanos a volver a ti.

Señor, Tú que nos das libertad, que nos das espacio para que cada uno escoja el camino que quiera. Tú que nos muestras tu proyecto para con nosotros, pero que nos dejas elegir, siendo cosas que van en contra de lo que Tú quieres y esperas de nosotros. Tú que nos amas y nos das libertad, te pedimos que nos ayudes a volver a ti. Danos Señor la gracia de dejar nuestra vida de pecado, o de tibieza, de apatía y que impulsados y animados por tu Espíritu Santo, podamos aceptar tu invitación a ser renovados por tu amor misericordioso, y que tengamos el valor de reconocer nuestras faltas y pedirte perdón, para recibir de ti la gracia de la reconciliación. Que por medio de tu Iglesia, podamos recibir de ti el perdón y la nueva vida que Tú nos das cuando nos perdonas. Señor, regálanos la gracia de volver a ti y de tener la vida en abundancia que Tú nos das con tu perdón. Que así sea.

PROPÓSITO

Aprovechar para sincerarnos con nosotros mismos y darnos cuenta cómo nos relacionamos con Aquel que nos ama con amor infinito.

 En sí Dios nos quiere dar su perdón. ¿Y yo…, me dejo encontrar por ese Dios misericordioso?, ¿escucho en mi corazón lo que me habla, lo que me dice, invitándome a acercarme cada vez más a Él?, ¿o soy de los que me escondo y me evado en mis activismos y en mis escapes para encontrarme conmigo mismo y así con el Señor? El hijo menor, es el ingrato, el apático al amor de su padre, el indiferente y desagradecido por todo lo que tiene, el que confía más en sí mismo que en el amor de su padre…, y yo ¿soy dócil a lo que Dios me pide?, ¿qué le diría al Señor de mi vida…?