El concepto, la idea y la realidad de la familia están presentes en la obra de san Agustín de manera abundante. Se trata de una institución, como el mismo Obispo de Hipona reconoce en la Ciudad de Dios, que constituye la base de la sociedad, y que todo el tejido social parte y se edifica a partir de esta célula fundamental. Así lo comenta san Agustín: “La familia debe ser el principio y la parte mínima de la ciudad” (ciu. 19, 16). La propia experiencia de san Agustín está marcada por el mundo de la antigüedad tardía y del imperio romano en el que vivió, donde la institución familiar y la figura del paterfamilias (o padre de familia y jefe de la misma), se vinculaba con el espacio en el que convivían quienes formaban parte del núcleo familiar, es decir la domus (casa). La autoridad del paterfamilias, daba solidez, estabilidad y paz a la misma casa y familia, independientemente de los valores o el credo que la familia profesara, como lo expresa san Agustín en la Ciudad de Dios (ciu. 19, 16). San Agustín vivió una experiencia familiar sumamente rica, al recibir el influjo definitivo de su madre (conf. 5, 15), Santa Mónica, y poder contemplar en el ámbito familiar, la autoridad del paterfamilias y la interacción de la misma familia dentro de la sociedad. De entre los muchos elementos que se podrían destacar de la familia de san Agustín, hay tres que son de una singular importancia. En primer lugar, san Agustín pone de manifiesto que la familia es un ámbito en donde se comparte no solo la vida de todos los días, y se aprende a ser personas, según una determinada cultura e idiosincrasia (c. Iul. 5, 14, 51), sino que es también un ámbito en el que se vive y se comparte la fe. De este modo sabemos por las Confesiones, que aunque el padre de san Agustín, Patricio “no creía” en Cristo (conf. 1, 18), no impidió que su hijo Agustín comenzara el camino de la catequesis cristiana y se convirtiera en un cristiano (conf. 1, 17), ya que en el vocabulario agustiniano la palabra “cristiano” se usa para hacer referencia a todos aquellos que habían comenzado, por medio de un rito específico, el camino del catecumenado en la Iglesia católica (s. 376A, 4), sin importar que este proceso pudiera prolongarse treinta y tres años, como lo fue en el caso de san Agustín. De este modo, como señala san Agustín, por el influjo de la piedad de la madre: “creía yo, creía ella, y creía ya toda la casa, excepto solo mi padre” (conf. 1, 17). Se trata de una fe vivida en familia que deja profundas huellas en los hijos, del tal modo que san Agustín, en su momento de crisis y de desencanto de los mitos y fantasías de los maniqueos, así como de las ideas de la filosofía escéptica y la soberbia de los neoplatónicos, se decida a volver a la religión de sus padres (util. cred. 20), a las verdades que había vivido en familia, o que por lo menos había aprendido de su madre y en la escuela elemental en Tagaste (conf. 1, 17). Se trata de una fe familiar que llevará a su hermana, cuyo nombre desconocemos, a entrar al monasterio para mujeres que san Agustín tenía en Hipona, una vez que se quedó viuda, y del que fue 2 priora por muchos años (ep. 211, 4). Dígase lo mismo de algunas de sus sobrinas, hijas de su hermano Navigio, quienes también fueron monjas en este monasterio (V. Augustini 26). La familia como ámbito de fe, según el pensamiento de san Agustín, no se termina en las coordenadas de esta vida (conf. 4, 14), sino que la relación y el vínculo familiar se perpetúan por medio de la oración y del recuerdo piadoso ante el altar de Dios. Así lo señala san Agustín dentro de las Confesiones invitándonos a orar por sus propios padres –único lugar de la obra agustiniana en la que se refiere a su propia madre por nombre–, como de seguro lo haría él siempre, sintiendo una gran admiración y cariño hacia ellos (conf. 9, 27). De hecho san Agustín en su propia pastoral familiar fomentará el bautismo de los niños (en. Ps. 50, 10; Io. eu. tr. 38, 6; pecc. mer. 1, 18, 23, et al.), pues consideraba que una familia cristiana no podía privar a sus hijos de la ayuda de la gracia de Dios para evitar el pecado (conf. 1, 18), y de educarlos solo teóricamente en la fe y no de una manera real y fáctica por medio del bautismo y de los demás sacramentos. En esto san Agustín coincidió con el pensamiento expresado por san Cipriano en su carta 64, a la vez que se oponía al pensamiento de su también paisano Tertuliano, quien se oponía al bautismo de los niños (De bapt. 18) Un segundo elemento que pondría de manifiesto san Agustín con relación a la familia, es que se trata de un ámbito en el que todos están llamados a crecer. Tanto los padres en el mutuo amor (b. coniug. 9, 9), como los hijos en su propia vida como personas y como creyentes. Y es labor y deber de los padres, conocer cuáles son las capacidades de sus hijos y fomentarlas. En pocas palabras, que nosotros hoy no tendríamos a un san Agustín, si su familia, si Patricio y Santa Mónica no hubieran invertido en él lo mejor que tenían, así como sus limitados recursos económicos. En esta opción por su hijo, tuvo que ver también Romaniano, quien a instancias de los padres de san Agustín, financió sus estudios de Retórica en Cartago. San Agustín, por la propia experiencia de su vida descubrió que la familia debería ser un ámbito desde el que se fomentaran las cualidades de los hijos y se les apoyara para que las pudieran desarrollar, evitando el desconocimiento de las capacidades de los propios hijos, o bien exagerándolas, o creando expectativas falsas. Un tercer elemento que san Agustín subraya en el ámbito familiar como un constitutivo esencial es el amor. Un amor que une, en primer lugar, a los padres entre sí, vinculándolos al misterio de Cristo y de su Iglesia, más allá del nivel contractual que tenía el matrimonio desde la perspectiva legal romana. Y este mismo amor familiar es el que posteriormente vinculará a los padres con los hijos y viceversa, en la convivencia cotidiana, en donde los padres deben estar atentos a las necesidades de sus hijos, en toda la extensión de la palabra, y saber proporcionarles lo que necesitan en cada uno de los momentos de su propio desarrollo. San Agustín lo resumiría con una sencilla frase, en la que presenta esta realidad: El padre cuando su hijo es pequeño le regala nueces, cuando es mayor, un códice (en. Ps. 73, 2). Se trata de un amor que brota de lo más profundo del ser humano, y que el mismo san Agustín experimentó en su propia experiencia paterna con su hijo Adeodato (conf. 4, 3 2), que si bien había nacido de una relación extramarital, no por ello el hijo fue menos amado, y la misma experiencia familiar de san Agustín con su hijo y su concubina gozó de la estabilidad y de la fidelidad que debe distinguir a quienes forman una familia santificada por el vínculo sacramental (conf. 4, 2). Un amor que implica, por parte de los hijos, respeto y obediencia (ciu. 14, 28); y por parte de los padres, responsabilidad y el ejercicio de una sana autoridad que ayude al desarrollo de los hijos (ciu. 19, 14). En este sentido la familia es para san Agustín como una pequeña sociedad, en donde hay unas metas y fines concretos, así como una autoridad que manda y otros que obedecen. Por ello, el ejercicio de la autoridad del padre o de la madre es para san Agustín un acto de amor (ep. 153, 1, 2), ya que es más misericordioso un padre que castiga a su hijo para corregirlo, que aquel que deja que su hijo se pierda, corrompido por sus malas inclinaciones y costumbres, en nombre de una falsa compasión o de un falso amor (s. dom. m. 1, 20,3-65): “A los que se hallan bajo tu gobierno castiga, corrige con amor, con caridad, atendiendo a la salud eterna, no sea que por perdonar a la carne perezca el alma” (en. Ps. 102, 14). Ciertamente san Agustín nos invitaría no a imitar los castigos y costumbres del mundo romano, sino el espíritu que los animaba, sabiendo como señala la Escritura, que Dios, que es el Padre bondadoso y misericordioso por excelencia, corrige y azota a los hijos que adopta (Hb 12, 6). Se trata de un amor vivido en familia, que convierte a la misma familia en una schola amoris, en donde en nombre del amor se vive perdón, la reconciliación (ep. Io. tr. 7, 8), el servicio, la escucha, la compasión y comprensión, aprendiendo a llevar las cargas los unos de los otros (s. 163B, 2), para cumplir la ley de Cristo (Gal 6, 2), un amor que vence el mal no con el mal, sino con la fuerza del bien (Rm 12, 21; s. 149, 19). Un amor que sabe que solo el amor lo vence todo (s. 145, 4).

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