1. Introducción

El amor que debe mediar entre los cristianos nace de Dios, que es amor (S. JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Amigos de Dios, 228).

Mas ninguno, por el mero hecho de amar a su prójimo, piense ya tener caridad, sino que primero debe examinar la fuerza misma de su amor. Pues si alguno ama a los demás, pero no los ama por Dios, no tiene caridad, aunque piense que la tiene. Es caridad verdadera cuando se ama al amigo en Dios y al enemigo en Dios (SAN GREGORIO MAGNO, Hom. 38 sobre los Evang.).

Amamos a Dios y al prójimo con la misma caridad. Pero debemos amar a Dios por sí mismo, y al prójimo por Dios (SAN AGUSTÍN, en Catena Aurea, vol. III, p. 92).

2. Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos, líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

3. Oración inicial

Peregrino y enfermo vuelvo a ti, Dios mío, cansado de peregrinar fuera,     y agobiado por el peso de mis males.

He experimentado que lejos de tu presencia no hay refugio seguro, ni satisfacción que dure, ni deseo que dé fruto, ni bien alguno que sacie los deseos del alma que creaste.

Aquí estoy, pobre y hambriento. ¡Dios de mi salud! Ábreme las puertas de tu casa: perdóname, recíbeme, sáname de todas mis enfermedades’, úngeme con el óleo de tu gracia, y dame el abrazo de paz que prometiste al pecador arrepentido. ¡Oh Verdad! ¡Oh belleza infinitamente amable! ¡Qué tarde te amé, hermosura siempre antigua y siempre nueva! ¡Qué tarde te conocí!

¡Qué desdichado fue el tiempo en que no te amé ni conocí!  

Amen.

(Confesiones X)

4. Reflexión: CARIDAD FRATERNA DE SAN AGUSTÍN

El amor cristiano para con el prójimo, que es el único verdadero y que con el amor de Dios constituye el primero y principal de los preceptos de la ley, consiste en hacerse todo para todos a semejanza de nuestro divino Maestro. San Agustín aprendió tan admirablemente este mandamiento, que lo puso como fundamento de la Regla dada a sus religiosos, y lo practicó durante toda su vida en un grado verdaderamente heroico. Era el padre cariñoso de todos sus hijos, que atendía sus quejas, consolaba sus penas, enjugaba sus lágrimas y socorría sus necesidades. Toleraba pía y santamente, dice San Posidio, las rebeldías de sus hermanos; se lamentaba de las iniquidades de los malos, así de los católicos, como de los herejes; intercedía repetidas veces a favor de ellos ante las autoridades para evitar los castigos; se gozaba del bien ajeno, entristeciéndose con las desgracias de sus prójimos. Su palacio episcopal era la verdadera casa de los pobres; y tanto anhelaba la salvación de sus fieles, que no quería entrar en el cielo si no era acompañado de todos sus hijos. Estando cercada la ciudad de Hipona por los bárbaros, se ofreció a Dios como víctima por su pueblo para aplacar la divina justicia. Nada tiene de extraño que un corazón, que así sentía la caridad fraterna, dejara en sus obras páginas tan bellas acerca de esta virtud, escritas verdaderamente por el dedo de Dios, del que Agustín era su pluma en frase de San Paulino de Nola. Con ellas podría escribirse un libro precioso de meditaciones para todos los días del año. Aprendamos nosotros a amarnos los unos a los otros, y así cumpliremos la ley de Cristo, como dice San Pablo.

5. Medita en silencio: ¿Eres capaz de dar y darte a los demás o solo te quedas en buenos deseos?

6. Pídase la gracia particular de esta novena.

7. Padrenuestros, Avemaría y Gloria.

8. Oración Final

Señor, estabas dentro de mí, pero yo de mí mismo estaba fuera.

Y por fuera te buscaba… Estabas conmigo,

pero yo no estaba contigo.

Me mantenían alejado aquellas cosas que,

si en ti no fuesen, no existirían.

Pero me llamaste, gritaste, derrumbaste mi sordera.

Brillaste, resplandeciste, ahuyentaste mi ceguera.

Derramaste tu fragancia, la respiré y suspiro por ti.

Gusté, tuve hambre y sed.

Me tocaste y ardo en deseos de tu paz.

Que yo te conozca, Dios mío,

de modo que te amé y no te pierda.

Que me conozca a mí mismo,

de tal manera que me desapegue de mis intereses y

no me busque vanamente en cosa alguna.

Que yo te amé, Dios mío, riqueza de mi alma,

de modo que esté siempre contigo.

Que muera a mí mismo y renazca en ti.

Que sólo tú seas mi verdadera vida y

mi salud perfecta para siempre. Amén.

9. Himno a San Agustín

(Vuelve a luchar por Cristo)

Vuelve a luchar por Cristo,

Oh inmortal triunfador

y enciende en lo que te aman

tu amor de serafín.

Oh luz, brilla en las almas,

Oh amor, salva el amor,

vive siempre en tus hijos,

Oh gran padre Agustín. (bis)

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