DÍA NOVENO: martes 27 de agosto

  1. Introducción

Está escrito: Amarás al Señor, tu Dios, con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas [. . . ] (cfr. Dt 6,5-9). Aquel “todo”, repetido y llevado a la práctica con tanta insistencia, es en verdad la bandera del maximalismo cristiano. Y es justo: Dios es demasiado grande, merece demasiado El de nosotros, para que podamos echarle, como a un pobre Lázaro, apenas unas pocas migajas de nuestro tiempo y de nuestro corazón El es un bien infinito y será nuestra felicidad eterna; el dinero, los placeres, las fortunas de este mundo, en comparación, son apenas fragmentos de bien y momentos fugaces de felicidad. No sería sabio dar tanto de nosotros a estas cosas y poco de nosotros a Jesús (JUAN PABLO I, Aud. gen. 27-91978).

Todo lo duro que puede haber en los mandamientos lo hace llevadero el amor. . . ¿Qué no hace el amor [. . . ]? Ved cómo trabajan los que aman; no sienten lo que padecen, redoblando sus esfuerzos a tenor de las dificultades (SAN AGUSTIN, Sermón96).

Todas estas cosas, sin embargo, hállenlas difíciles los que no aman; los que aman, al revés, eso mismo les parece liviano. No hay padecimiento, por cruel y desaforado que sea, que no lo haga llevadero y casi nulo el amor (SAN AGUSTIN, Sermón 70).

2. Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos, líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

3. Oración inicial

Peregrino y enfermo vuelvo a ti, Dios mío, cansado de peregrinar fuera,     y agobiado por el peso de mis males.

He experimentado que lejos de tu presencia no hay refugio seguro, ni satisfacción que dure, ni deseo que dé fruto, ni bien alguno que sacie los deseos del alma que creaste.

Aquí estoy, pobre y hambriento. ¡Dios de mi salud! Ábreme las puertas de tu casa: perdóname, recíbeme, sáname de todas mis enfermedades’, úngeme con el óleo de tu gracia, y dame el abrazo de paz que prometiste al pecador arrepentido. ¡Oh Verdad! ¡Oh belleza infinitamente amable! ¡Qué tarde te amé, hermosura siempre antigua y siempre nueva! ¡Qué tarde te conocí!

¡Qué desdichado fue el tiempo en que no te amé ni conocí!  

Amen.

(Confesiones X)

4. Reflexión: AMOR DIVINO DE SAN AGUSTÍN

El amor de Dios es el complemento y la esencia de la santidad; la plenitud de la ley es la caridad, dice San Juan. Será más santo aquel que más ame a Dios. En este caso ¿quién podrá medir la santidad de Agustín? Para eso sería preciso apreciar la intensidad, la grandeza de su divino amor, Él es el único Santo a quien la Iglesia representa con el corazón en la mano abrasado en llamas celestiales; y ese mismo es el escudo de su sagrada Orden. Dios concedió a Agustín un natural sumamente afectuoso y tierno, que le hizo correr en torcidas peregrinaciones en busca del objeto amado; y cuando lo encontró por fin, se engolfó en él, como en un piélago de dulzura infinita, obligándole a exclamar: “¡Tarde os he amado, Dios mío, hermosura siempre antigua y siempre nueva! ¡tarde os he amado! ¡Ojalá fueran todos mis huesos, todos mis miembros, todas mis potencias lámparas siempre encendidas en vuestro amor! ¡Tanto os amo, Amor mío que quisiera ser Dios para dejar de serlo y regalaros con la divinidad!”

“No entiendo, nos dice en sus obras, cómo se nos puede recomendar mejor el divino amor, que con estas palabras: DIOS ES CARIDAD. Breve alabanza y grande alabanza; breve en las palabras y grande en su contenido. Sea Dios tu habitación; procura ser tú la casa de Dios; permanece en Dios, para que Dios permanezca en ti. Donde está el amor de Dios, ¿qué puede faltar? dónde falta la divina caridad ¿qué puede aprovechar? Así como la ambición es la raíz de todos los males; así el amor divino es la fuente de todos los bienes.” ¡Oh si los cristianos leyeran con frecuencia los escritos de Agustín, cómo sentirían las llamas de la divina caridad!

5. Medita en silencio: El Señor, en el último día de esta novena, te susurra: «Siempre te he amado. Sólo Yo puedo decir verdaderamente “Te amo”; porque te amé desde antes de que nacieras; mi amor te da la vida y te sustenta, incluso en este momento; y sólo Yo podré amarte después de la muerte, ni tu más grandioso amor humano, pueda alcanzarte».

6. Pídase la gracia particular de esta novena.

7. Padrenuestros, Avemaría y Gloria.

8. Oración Final

Señor, estabas dentro de mí, pero yo de mí mismo estaba fuera.

Y por fuera te buscaba… Estabas conmigo,

pero yo no estaba contigo.

Me mantenían alejado aquellas cosas que,

si en ti no fuesen, no existirían.

Pero me llamaste, gritaste, derrumbaste mi sordera.

Brillaste, resplandeciste, ahuyentaste mi ceguera.

Derramaste tu fragancia, la respiré y suspiro por ti.

Gusté, tuve hambre y sed.

Me tocaste y ardo en deseos de tu paz.

Que yo te conozca, Dios mío,

de modo que te amé y no te pierda.

Que me conozca a mí mismo,

de tal manera que me desapegue de mis intereses y

no me busque vanamente en cosa alguna.

Que yo te amé, Dios mío, riqueza de mi alma,

de modo que esté siempre contigo.

Que muera a mí mismo y renazca en ti.

Que sólo tú seas mi verdadera vida y

mi salud perfecta para siempre. Amén.

9. Himno a San Agustín

(Vuelve a luchar por Cristo)

Vuelve a luchar por Cristo,

Oh inmortal triunfador

y enciende en lo que te aman

tu amor de serafín.

Oh luz, brilla en las almas,

Oh amor, salva el amor,

vive siempre en tus hijos,

Oh gran padre Agustín. (bis)

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