DÍA SÉPTIMO: domingo 25 de agosto

  1. INTRODUCCIÓN

“Me devora el celo de tu casa” 
Salmos, 69 -10

El término hebreo kinah usado en el Salmo 69 y que se traduce por celo, califica por lo general un ardor interior que la persona experimenta a causa de otra a la que ama apasionadamente, un como fuego o energía que le impulsa a defender, proteger o cuidar con acciones incluso violentas a quien es objeto de su amor.  Kinah designa en el caso específico del salmo mencionado un celo religioso, el celo del hombre por Dios y por el lugar en el que Él mora entre los hombres, “la casa de Dios”, que también es celo por el cumplimiento de su Ley (ver Sal 118,139).  Kinah designa en otros momentos también el celo de Dios por su pueblo.

Dios se califica a Sí mismo como «Dios celoso» (Ex 20,5).  Es celoso por el ser humano, a quien creó por sobreabundancia de amor a su imagen y semejanza.  Al escuchar “celoso” no hay que pensar en la connotación negativa de los celos, que llevaría a entender las cosas desde una sola interpretación.  El mismo diccionario trae otras definiciones de celoso, como lo son por ejemplo: “solícito, diligente, cuidadoso, esmerado, meticuloso, entusiasta, afanoso, ardoroso”.  Así hay que entender el celo de Dios por el ser humano.  Es así como también hay que entender el celo del Señor Jesús por la casa de su Padre, un celo que lo devora, es decir, su amor al Padre es tan intenso que lo consume interiormente como un fuego incontenible, un fuego que le lleva a purificar la casa de su Padre de todo aquello que lo profana.

2. Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos, líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

3. Oración inicial

Peregrino y enfermo vuelvo a ti, Dios mío, cansado de peregrinar fuera,     y agobiado por el peso de mis males.

He experimentado que lejos de tu presencia no hay refugio seguro, ni satisfacción que dure, ni deseo que dé fruto, ni bien alguno que sacie los deseos del alma que creaste.

Aquí estoy, pobre y hambriento. ¡Dios de mi salud! Ábreme las puertas de tu casa: perdóname, recíbeme, sáname de todas mis enfermedades’, úngeme con el óleo de tu gracia, y dame el abrazo de paz que prometiste al pecador arrepentido. ¡Oh Verdad! ¡Oh belleza infinitamente amable! ¡Qué tarde te amé, hermosura siempre antigua y siempre nueva! ¡Qué tarde te conocí!

¡Qué desdichado fue el tiempo en que no te amé ni conocí!  Amen.

(Confesiones X)

4. Reflexión

Entre las muchas actividades que puede abarcar el celo, tres sobresalen especialmente: por la gloria de Dios, por el triunfo de su Iglesia, y por la conversión de los pecadores. Toda la vida de Agustín desde los treinta y tres años aparece consagrada enteramente a tan divino apostolado. A semejanza de San Pablo, su única aspiración era buscar, procurar y trabajar por la gloria de Dios en todas sus cosas. Si hablaba, si escribía, si predicaba, si discutía, si aconsejaba, era para dar a conocer al mundo entero, que para él era pequeño, la magnificencia, la bondad, la grandeza y el amor de su Creador y Redentor. Este mismo celo le impulsaba a defender la Iglesia santa, fundada por Jesucristo, de los ataques e insidias de sus enemigos, entonces quizá más poderosos y numerosos que nunca. Con razón los Papas y los Santos Padres le han aclamado Insigne defensor de la Iglesia Católica, Columna y firmamento de la misma, Candelero de oro puesto en medio de la Iglesia, con otros muchos títulos gloriosos, que demuestran lo que Agustín se afanó y trabajó por ella. ¿Y qué decir de sus esfuerzos por la conversión de los herejes, cismáticos y pecadores? ¿Qué otra cosa fueron sus años de sacerdote y obispo sino una serie no interrumpida de batallas y victorias contra el error y la impiedad? ¿Qué otro objeto tenían sus célebres controversias con los donatistas, sus sapientísimos escritos, sus innumerables cartas y respuestas a consultas, que recibía de todo el mundo?… ¡Oh! ¡Cuánto debemos aprender del celo de Agustín, en estos tiempos tan parecidos a los suyos!

5. Medite en silencio: ¿Tienes temor a los reproches de los hombres? No te preocupes por lo que digan u opinen de ti. Anuncia en todo lugar, en todo momento el Reino de Dios. Tu preocupación no sea  lo que los hombres piensen ahora, sino lo que Dios pensará de ti en el día del juicio. ¡TOMA UNA DECISIÓN!

6. Pídase la gracia particular de esta novena.

7. Padrenuestros, Avemaría y Gloria.

8. Oración Final

Señor, estabas dentro de mí, pero yo de mí mismo estaba fuera.

Y por fuera te buscaba… Estabas conmigo,

pero yo no estaba contigo.

Me mantenían alejado aquellas cosas que,

si en ti no fuesen, no existirían.

Pero me llamaste, gritaste, derrumbaste mi sordera.

Brillaste, resplandeciste, ahuyentaste mi ceguera.

Derramaste tu fragancia, la respiré y suspiro por ti.

Gusté, tuve hambre y sed.

Me tocaste y ardo en deseos de tu paz.

Que yo te conozca, Dios mío,

de modo que te amé y no te pierda.

Que me conozca a mí mismo,

de tal manera que me desapegue de mis intereses

y no me busque vanamente en cosa alguna.

Que yo te amé, Dios mío, riqueza de mi alma,

de modo que esté siempre contigo.

Que muera a mí mismo y renazca en ti.

Que sólo tú seas mi verdadera vida

y mi salud perfecta para siempre. Amén.

9. Himno a San Agustín

(Vuelve a luchar por Cristo)

Vuelve a luchar por Cristo,

Oh inmortal triunfador

y enciende en lo que te aman

tu amor de serafín.

Oh luz, brilla en las almas,

Oh amor, salva el amor,

vive siempre en tus hijos,

Oh gran padre Agustín. (bis)

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