1. INTRODUCCIÓN

Escuchad al Apóstol, no a mí. Ved lo que dijo: Gran ganancia es la piedad que se conforma con lo suficiente. Pues nada trajimos a este mundo y nada podemos llevarnos de él. Poseyendo alimento y con qué vestirnos, estemos contentos. Pues quienes quieren hacerse ricos —no habló de quienes lo son, sino de quienes quieren serlo— caen —dice— en la tentación y en el lazo y en muchos deseos necios y dañinos, que sumergen a los hombres en la muerte y en la perdición. La avaricia es la raíz de todos los males…

Escribiendo a su discípulo Timoteo, entre otras recomendaciones que le hizo, le dijo también esto: Manda a los ricos de este mundo7. La palabra de Dios los encontró siendo ya ricos. Pues, si los hubiese encontrado pobres, les hubiese dicho lo que ya he mencionado. Manda a los ricos de este mundo que no sean orgullosos, ni pongan su esperanza en riquezas inseguras, sino en el Dios vivo que nos otorga todas las cosas con abundancia para que disfrutemos. Sean ricos en buenas obras, den con facilidad, repartan con los demás, atesoren para sí una buena base para el futuro, a fin de conseguir la verdadera vida

Acumula tesoros y no sabe para quién. Esto advierten los vivos a propósito de los muertos; observan cómo los hijos de muchos no poseen los bienes de los padres, sino que o bien pierden lo que se les dejó, derrochándolo, o bien lo pierden siendo objeto de falsas acusaciones. Y, lo que es más grave, mientras busca lo que tiene, perece también quien lo tiene. Muchos son asesinados a causa de sus riquezas. Advierte que lo que tenían, aquí lo deja­ron. ¿Con qué cara se presentarán ante Dios, si no hicieron con ello lo que él había mandado? Posee las verdaderas riquezas: Dios mismo, que nos otorga todas las cosas abundancia para que disfrutemos1.

Sean ricos —dijo— en buenas obras. Manifiéstense ahí las riquezas; siembren en ese campo. Pues de tales obras hablaba el mismo Apóstol al decir: No nos cansemos de hacer el bien. A su debido tiempo cosecharemos12. Siembren: aún no ve lo que ha de obtener; crea y arroje la semilla. ¿Acaso el agricultor cuando siembra ve ya la cosecha recolectada? Saca y arroja el trigo guardado con tanta fatiga y cuidado. Él confía sus semillas a la tierra, y tú ¿no confías tus obras a quien hizo el cielo y la tierra? Sean, pues, ricos, pero en buenas obras. ..

Quienquiera que seas, si amas las riquezas, con seguridad toda tu preocupación consistirá en no perder lo que posees. Escucha un consejo de tu Señor. No hay lugar seguro en la tierra; traspasa todo al cielo. Querías confiar a tu fidelísimo siervo lo que habías acumulado; ¡confíalo a tu fiel Señor! Tu siervo, aunque te sea fiel, puede perderlo involuntariamente; tu Dios nada puede perder. Todo cuanto le confíes lo tendrás junto con él cuando le tengas a él.

San Agustín , Sermón 53 A

2. Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos, líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

3. Oración inicial.

Peregrino y enfermo vuelvo a ti, Dios mío, cansado de peregrinar fuera,     y agobiado por el peso de mis males.

He experimentado que lejos de tu presencia no hay refugio seguro, ni satisfacción que dure, ni deseo que dé fruto, ni bien alguno que sacie los deseos del alma que creaste.

Aquí estoy, pobre y hambriento. ¡Dios de mi salud! Ábreme las puertas de tu casa: perdóname, recíbeme, sáname de todas mis enfermedades’, úngeme con el óleo de tu gracia, y dame el abrazo de paz que prometiste al pecador arrepentido. ¡Oh Verdad! ¡Oh belleza infinitamente amable! ¡Qué tarde te amé, hermosura siempre antigua y siempre nueva! ¡Qué tarde te conocí!

¡Qué desdichado fue el tiempo en que no te amé ni conocí!

(Confesiones X)

Amén

4. Reflexión: LA POBREZA DE SAN AGUSTÍN

La pobreza evangélica es una de las virtudes más recomendadas por nuestro divino Redentor. El que no renuncia todas las cosas que posee, no puede ser mi discípulo, nos dice. Y en otro lugar: Bienaventurados los pobres de espíritu, porque ellos poseerán la tierra. Bien lo entendió San Agustín, que, vuelto a su tierra después de su conversión, vendió todo su patrimonio para entregarlo a los pobres; y no contento con esto, fundó UNA COMUNIDAD que había de descansar sobre la base de la pobreza apostólica. Aun siendo obispo, dice San Posidio, sus vestidos, su mesa y todos su utensilios eran como convenían a un verdadero pobre de Cristo, gustando vivir de las limosnas de los fieles más que de las rentas y bienes propios de la mitra, que empleaba en socorrer las necesidades de sus prójimos. Y si alguna vez se notaba algo extraordinario, era en atención a los enfermos o huéspedes que recibía en su casa. No hizo testamento, concluye el mismo Santo, porque, imitador de la pobreza de Jesús, no tenía absolutamente nada que dejar después de su muerte. “Aprendamos, pues, del gran Doctor de la Gracia como él mismo nos enseña, a ser pobres y necesitados, ya poseemos algo, ya estemos privados de todo; pues mucho deja el que no sólo abandona lo que posee, sino también el que renuncia hasta el deseo o ambición de enriquecerse”; porque la avaricia es, termina San Agustín, velle esse divitem, non jam esse divitem, “no precisamente ser rico, sino sentir un deseo desordenado de serlo.”

5. Medita en silencio: San Agustín, nos enseña a todos: sacerdotes, consagrados, laicos, a vivir sobriamente, sin excesos, en los momentos ordinarios y en los extraordinarios. ¿Cómo vives? ¿Qué harás de hoy en adelante?

6. Pídase la gracia particular de esta novena.

7. Padrenuestros, Avemaría y Gloria.

8. Oración Final

Señor, estabas dentro de mí, pero yo de mí mismo estaba fuera.

Y por fuera te buscaba… Estabas conmigo, pero yo no estaba contigo.

Me mantenían alejado aquellas cosas que, si en ti no fuesen, no existirían.

Pero me llamaste, gritaste, derrumbaste mi sordera. Brillaste, resplandeciste, ahuyentaste mi ceguera. Derramaste tu fragancia, la respiré y suspiro por ti. Gusté, tuve hambre y sed.

Me tocaste y ardo en deseos de tu paz.

Que yo te conozca, Dios mío, de modo que te amé y no te pierda.

Que me conozca a mí mismo, de tal manera que me desapegue de mis intereses y no me busque vanamente en cosa alguna.

Que yo te amé, Dios mío, riqueza de mi alma, de modo que esté siempre contigo.

Que muera a mí mismo y renazca en ti.

Que sólo tú seas mi verdadera vida y mi salud perfecta para siempre. Amén.

Himno a San Agustín

(Vuelve a luchar por Cristo)

Vuelve a luchar por Cristo,

Oh inmortal triunfador

y enciende en lo que te aman

tu amor de serafín.

Oh luz, brilla en las almas,

Oh amor, salva el amor,

vive siempre en tus hijos,

Oh gran padre Agustín. (bis)

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