DÍA CUARTO: jueves 22 de agosto

 La virtud del alma que se llama paciencia es un don de Dios tan grande, que Él mismo, que nos la otorga, pone de relieve la suya, cuando aguarda a los malos hasta que se corrijan. Así, aunque Dios nada puede padecer, y el término paciencia se deriva de padecer (patientiaa patiendo), no solo creemos firmemente que Dios es paciente, sino que también lo confesamos para nuestra salvación

2. Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos, líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

3. Oración inicial

Peregrino y enfermo vuelvo a ti, Dios mío, cansado de peregrinar fuera,     y agobiado por el peso de mis males.

He experimentado que lejos de tu presencia no hay refugio seguro, ni satisfacción que dure, ni deseo que dé fruto, ni bien alguno que sacie los deseos del alma que creaste.

Aquí estoy, pobre y hambriento. ¡Dios de mi salud! Ábreme las puertas de tu casa: perdóname, recíbeme, sáname de todas mis enfermedades’, úngeme con el óleo de tu gracia, y dame el abrazo de paz que prometiste al pecador arrepentido. ¡Oh Verdad! ¡Oh belleza infinitamente amable! ¡Qué tarde te amé, hermosura siempre antigua y siempre nueva! ¡Qué tarde te conocí!

¡Qué desdichado fue el tiempo en que no te amé ni conocí!

(Confesiones X)

Amén.

4. Reflexión: LA PACIENCIA DE SAN AGUSTÍN

 “Con vuestra paciencia, dice Jesucristo, poseeréis vuestras almas”. No dice, San Agustín, poseeréis vuestros bienes temporales, ni las vanidades, ni los placeres, sino vuestras almas, para que comprendamos el gran tesoro de esta virtud, que el mismo santo Doctor llama: magnum Dei donum, extraordinario don del Señor. Acaso no hay virtud más necesaria, mientras vivimos en este mundo, que la paciencia, para no caer en el abismo de la desesperación. El pobre privado hasta de lo más preciso para su familia; el enfermo postrado en el lecho del dolor largos años, sin recursos y sin esperanza alguna de poder recuperar su salud; el vilmente perseguido o calumniado con saña y crueldad; el que se ve abandonado de todos o víctima de uno de tantos accidentes que ocurren en la vida… todos éstos necesitan de la paciencia, para no perder la paz de su espíritu, ni la salvación de su alma, exclamando con el patriarca Job: Sea bendito el nombre del Señor. Toda la vida de San Agustín está llena de admirables ejemplos de paciencia. La ejercitó en las persecuciones y asechanzas que le prepararon los maniqueos, donatistas, y circunceliones; en las enfermedades corporales que sufría, pues era de una complexión débil; en las infamias y calumnias levantadas contra él por sus enemigos; en los innumerables asuntos que tenía que tratar y resolver todos los días; y, sobre todo, en el asedio de Hipona por los bárbaros en los postreros días de su vida. ¡Oh! ¡Qué ejemplos tan grandes de esta virtud nos dio este nuevo Job de la Ley de Gracia!

5. Medita en silencio: La paciencia revela nuestra fe en los planes, la omnipotencia y el amor de Dios. ¿Qué logras con la impacientes?, regañar, alejar a las personas de ti y no dialogas con tus limitaciones, que te generan frustración. ¿No habrá algo de soberbia en tu corazón?

Pídase la gracia particular de esta novena.

6. Padrenuestros, Avemaría y Gloria.

7. Oración Final

Señor, estabas dentro de mí, pero yo de mí mismo estaba fuera.

Y por fuera te buscaba… Estabas conmigo, pero yo no estaba contigo.

Me mantenían alejado aquellas cosas que, si en ti no fuesen, no existirían.

Pero me llamaste, gritaste, derrumbaste mi sordera.

Brillaste, resplandeciste, ahuyentaste mi ceguera.

Derramaste tu fragancia, la respiré y suspiro por ti.

Gusté, tuve hambre y sed.

Me tocaste y ardo en deseos de tu paz.

Que yo te conozca, Dios mío, de modo que te amé y no te pierda.

Que me conozca a mí mismo, de tal manera que me desapegue de mis intereses y no me busque vanamente en cosa alguna.

Que yo te amé, Dios mío, riqueza de mi alma,

de modo que esté siempre contigo.

Que muera a mí mismo y renazca en ti.

Que sólo tú seas mi verdadera vida y

mi salud perfecta para siempre. Amén.

8. Himno a San Agustín                              

(Vuelve a luchar por Cristo)

Vuelve a luchar por Cristo,

Oh inmortal triunfador

y enciende en lo que te aman

tu amor de serafín.

Oh luz, brilla en las almas,

Oh amor, salva el amor,

vive siempre en tus hijos,

Oh gran padre Agustín. (bis)