DÍA SEGUNDO: Martes 20 de agosto

  1. INTRODUCCIÓN

Si me preguntáis qué es lo más esencial en la religión y en la disciplina de Jesucristo, os responderé: lo primero la humildad, lo segundo la humildad y lo tercero la humildad (SAN AGUSTIN, Epístola 118).

2.Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos, líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

3. Oración inicial

Peregrino y enfermo vuelvo a ti, Dios mío,

cansado de peregrinar fuera, y agobiado por el peso de mis males.

He experimentado que lejos de tu presencia no hay refugio seguro,

ni satisfacción que dure, ni deseo que dé fruto,

ni bien alguno que sacie los deseos del alma que creaste.

Aquí estoy, pobre y hambriento. ¡Dios de mi salud!

Ábreme las puertas de tu casa: perdóname, recíbeme, sáname de todas mis enfermedades’,

ungeme con el óleo de tu gracia, y

dame el abrazo de paz que prometiste al pecador arrepentido.

¡Oh Verdad! ¡Oh belleza infinitamente amable!

¡Qué tarde te amé, hermosura siempre antigua y siempre nueva! ¡Qué tarde te conocí!

¡Qué desdichado fue el tiempo en que no te amé ni conocí!

(Confesiones X)

Amén

4.Reflexión: LA HUMILDAD DE SAN AGUSTÍN

La humildad es la base de la perfección cristiana. Por eso Nuestro Señor Jesucristo se humilló a sí mismo, dice San Pablo. Y por la misma razón eligió a María por madre suya; se fijó en la humildad de su sierva. Con tales antecedentes no es posible aspirar a la santidad, si antes no pensamos en ser humildes de corazón. Así lo comprendió San Agustín, quien, después que se entregó a Dios, procuró ejercitarse tanto en esta virtud, que con dificultad se encontrará quien le supere en la práctica de ella. La humildad le movió a escribir sus maravillosas Confesiones para exponer a la vergüenza pública todos los pecados de su vida. La humildad le obligó a ocultarse, para no ser ordenado de sacerdote, ni consagrado obispo, porque se consideraba indigno de tan elevada dignidad. La humildad le inspiró páginas tan divinas acerca de esta virtud, como no es posible leer semejantes, si no es en la sagrada Escritura: “Sé humilde, dice, porque el primer camino, y el segundo y el tercero y todos los que conducen a Dios, son la humildad.” ¿Quieres ser grande? ¿Quieres levantar un edificio de extraordinaria altura? Piensa primero en el fundamento de la humildad. “Avergüénzate, hombre: tu rey es humilde y soberbio el esclavo; tu cabeza humilde y soberbio el miembro. No puede ser miembro de una cabeza humilde, quien ama la soberbia.” “Mejor es un pecador humilde que un justo soberbio”. “Agrada más a Dios la humildad en las obras malas que el orgullo en las buenas.” “Es mejor una casada humilde que una virgen soberbia.” Tratemos de imitar esta humildad de San Agustín; si verdaderamente queremos ser santos.

5. Medita en silencio: Si hay  humildad en tu corazón, eres capaz de valorar a los demás y de ver tus propios defectos. ¡Mira tu corazón!.

6. Pídase la gracia particular de esta novena.

7. Padrenuestros, Avemaría y Gloria.

8. Oración Final

Señor, estabas dentro de mí, pero yo de mí mismo estaba fuera.

Y por fuera te buscaba… Estabas conmigo, pero yo no estaba contigo.

Me mantenían alejado aquellas cosas que, si en ti no fuesen, no existirían.

Pero me llamaste, gritaste, derrumbaste mi sordera. Brillaste,

resplandeciste, ahuyentaste mi ceguera. Derramaste tu fragancia,

la respiré y suspiro por ti. Gusté, tuve hambre y sed.

Me tocaste y ardo en deseos de tu paz.

Que yo te conozca, Dios mío, de modo que te amé y no te pierda.

Que me conozca a mí mismo,

de tal manera que me desapegue de mis intereses y

no me busque vanamente en cosa alguna.

Que yo te amé, Dios mío, riqueza de mi alma,

de modo que esté siempre contigo.

Que muera a mí mismo y renazca en ti.

Que sólo tú seas mi verdadera vida y mi salud perfecta para siempre. Amén.

9. Himno a San Agustín

(Vuelve a luchar por Cristo)

Vuelve a luchar por Cristo,

Oh inmortal triunfador

y enciende en lo que te aman

tu amor de serafín.

Oh luz, brilla en las almas,

Oh amor, salva el amor,

vive siempre en tus hijos,

Oh gran padre Agustín. (bis)

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