1.INTRODUCCIÓN

Padre más grande de la Iglesia latina, san Agustín:  hombre de pasión y de fe, de altísima inteligencia y de incansable solicitud pastoral. Este gran santo y doctor de la Iglesia a menudo es conocido, al menos de fama, incluso por quienes ignoran el cristianismo o no tienen familiaridad con él, porque dejó una huella profundísima en la vida cultural de Occidente y de todo el mundo.

Por su singular relevancia, san Agustín ejerció una influencia enorme y podría afirmarse, por una parte, que todos los caminos de la literatura latina cristiana llevan a Hipona (hoy Anaba, en la costa de Argelia), lugar donde era obispo; y, por otra, que de esta ciudad del África romana, de la que san Agustín fue obispo desde el año 395 hasta su muerte, en el año 430, parten muchas otras sendas del cristianismo sucesivo y de la misma cultura occidental.

Pocas veces una civilización ha encontrado un espíritu tan grande, capaz de acoger sus valores y de exaltar su riqueza intrínseca, inventando ideas y formas de las que se alimentarían las generaciones posteriores, como subrayó también Pablo VI:  «Se puede afirmar que todo el pensamiento de la antigüedad confluye en su obra y que de ella derivan corrientes de pensamiento que empapan  toda  la  tradición doctrinal de los  siglos  posteriores» (AAS, 62, 1970, p. 426:  L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 31 de mayo de 1970, p. 10).

San Agustín es, además, el Padre de la Iglesia que ha dejado el mayor número de obras. Su biógrafo, Posidio, dice:  parecía imposible que un hombre pudiera escribir tanto durante su vida. .. La vida de nuestro santo,  puede reconstruirse a través de sus escritos, y en particular de las Confesiones, su extraordinaria autobiografía espiritual, escrita para alabanza de Dios, que es su obra más famosa. Las Confesiones, precisamente por su atención a la interioridad y a la psicología, constituyen un modelo único en la literatura occidental, y no sólo occidental, incluida la no religiosa, hasta la modernidad. Esta atención a la vida espiritual, al misterio del yo, al misterio de Dios que se esconde en el yo, es algo extraordinario, sin precedentes, y permanece para siempre, por decirlo así, como una “cumbre” espiritual.

Benedicto XVI, Audiencia 09 de enero de 2008

2. Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos, líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

3.Oración inicial.

Peregrino y enfermo vuelvo a ti, Dios mío, cansado de peregrinar fuera,     y agobiado por el peso de mis males.

He experimentado que lejos de tu presencia no hay refugio seguro, ni satisfacción que dure, ni deseo que dé fruto, ni bien alguno que sacie los deseos del alma que creaste.

Aquí estoy, pobre y hambriento. ¡Dios de mi salud! Ábreme las puertas de tu casa: perdóname, recíbeme, sáname de todas mis enfermedades’, úngeme con el óleo de tu gracia, y dame el abrazo de paz que prometiste al pecador arrepentido. ¡Oh Verdad! ¡Oh belleza infinitamente amable! ¡Qué tarde te amé, hermosura siempre antigua y siempre nueva! ¡Qué tarde te conocí!

¡Qué desdichado fue el tiempo en que no te amé ni conocí!

(Confesiones X)

Amén

4. DÍA PRIMERO: Lunes 19 de agosto

Reflexión: LA PENITENCIA DE SAN AGUSTÍN

Dos llaves solamente tienen las puertas del cielo, la inocencia y la penitencia. A los que han tenido la desgracia de perder la primera, que son la mayor parte, la casi totalidad del género humano, les queda únicamente la segunda, o sea, la penitencia. Por eso nos la recomienda tanto en las Escrituras el Espíritu Santo. Comprendiéndolo así San Agustín, después de su maravillosa conversión, hizo durante toda su vida una penitencia dolorosa, que ha merecido ser contado entre los mayores penitentes: David, Santa María Magdalena y San Pablo. No cesaba de llorar amargamente todos los días sus fragilidades pasadas; y aún estando enfermo y postrado en el lecho del dolor rezaba con fervor los salmos penitenciales escritos en la pared.

“Todo pecado, decía, sea grande o pequeño, es preciso que sea borrado, o por la penitencia del mismo pecador, o por la justicia de Dios”.

“Si rehúsas la humildad de la penitencia, no pienses poder acercarte a Dios.”

“La penitencia de esta vida es dolor medicinal, en cambio no será más que pena la penitencia del otro mundo.”

Y termina con esta apremiante exhortación:

“Penitentes, penitentes, penitentes, si efectivamente queréis hacer penitencia y no burlaros del Señor, mudad de vida y reconciliaos con Dios”.

Aprendamos de San Agustín a enderezar nuestra vida pasada y como él practiquemos la virtud de la penitencia tan necesaria, ya que es la única llave que nos resta para poder entrar en el reino de los cielos.

5. Medita en silencio: ¿Hace cuánto tiempo no te acercas al sacramento de la confesión?  En este sacramento recibes el perdón divino y se incrementa en ti la presencia del Espíritu Santo. ¡No tengas miedo! Dios te espera.

6. Pídase la gracia particular de esta novena.

7. Padrenuestros, Avemaría y Gloria.

8.Oración Final

Señor, estabas dentro de mí, pero yo de mí mismo estaba fuera.

Y por fuera te buscaba… Estabas conmigo, pero yo no estaba contigo.

Me mantenían alejado aquellas cosas que, si en ti no fuesen, no existirían.

Pero me llamaste, gritaste, derrumbaste mi sordera. Brillaste,

resplandeciste, ahuyentaste mi ceguera. Derramaste tu fragancia,

la respiré y suspiro por ti. Gusté, tuve hambre y sed.

Me tocaste y ardo en deseos de tu paz.

Que yo te conozca, Dios mío, de modo que te amé y no te pierda.

Que me conozca a mí mismo,

de tal manera que me desapegue de mis intereses y

no me busque vanamente en cosa alguna.

Que yo te amé, Dios mío, riqueza de mi alma, de modo que esté siempre contigo.

Que muera a mí mismo y renazca en ti.

Que sólo tú seas mi verdadera vida y mi salud perfecta para siempre. Amén.

Himno a San Agustín

(Vuelve a luchar por Cristo)

Vuelve a luchar por Cristo,

Oh inmortal triunfador

y enciende en lo que te aman

tu amor de serafín.

Oh luz, brilla en las almas,

Oh amor, salva el amor,

vive siempre en tus hijos,

Oh gran padre Agustín. (bis)

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