fondoCuando queremos orar nos preguntamos ¿cómo dirigirnos al Señor? San Pablo era consciente que para orar, es decir, para dirigirse al Padre necesitábamos que alguien más orara en nuestro interior para podernos relacionar con Dios como es debido. “Y, dado que sois hijos, Dios envió a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama: ¡Abbá, Padre!” (Gal 4, 6). Con esta frase el apóstol nos hace entender que no hay oración sin que el Espíritu Santo ore en nosotros. No podemos dirigirnos al Padre sin que seamos imbuidos por el Espíritu del Hijo. Es por eso que toda oración debe iniciar con una invocación al Espíritu Santo. Suplicar al Padre que mande su Espíritu como lo hizo en pentecostés (Hch 2, 2-4). Quizá no experimentemos impetuosa ráfaga de viento ni las llamas de fuego pero en la fe creemos en la presencia del Espíritu y la fuerza del Espíritu que desciende para conducirnos al Padre a través de la oración.

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