Oración inicial

Señor Resucitado y glorificado. Tú que antes de ascender, de volver al Padre, nos has dejado la misión de ser nosotros los que lleváramos tu Palabra hasta los confines de la tierra, nos has prometido el Espíritu Santo que vendría y nos capacitaría para la misión que nos has dejado, ahora que vamos a reflexionar este pasaje para conocer lo que nos pides, te pedimos que nos ayudes a comprender y valorar todo lo que significa ser instrumentos tuyos, para que otros te conozcan y te sigan. Desde ahora derrama tu Espíritu en nosotros, para que valoremos el don que nos das, al enviarnos en tu Nombre. Que así sea.

PROCLAMACIÓN DE LA PALABRA DE DIOS. Lucas 24,46-53

ascension46 y les dijo: «Así está escrito: que el Cristo debía padecer y resucitar de entre los muertos al tercer día 47 y que se predicaría en su nombre la conversión para perdón de los pecados a todas las naciones, empezando desde Jerusalén. 48 Vosotros sois testigos de estas cosas. 49 «Mirad, yo voy a enviar sobre vosotros la Promesa de mi Padre. Vosotros permaneced en la ciudad hasta que seáis revestidos de poder desde lo alto.» 50 Los sacó hasta cerca de Betania y, alzando sus manos, los bendijo. 51 Y, mientras los bendecía, se separó de ellos y fue llevado al cielo. 52 Ellos, después de postrarse ante él, se volvieron a Jerusalén con gran gozo. 53 Y estaban siempre en el Templo bendiciendo a Dios.

Contexto

La Ascensión, uno de los misterios más grandes de nuestra fe, es “colocar a Jesús donde debe estar” y, a su vez, es el anuncio de nuestra colocación cuando seamos exaltados a la diestra de Dios, porque “aún no se ha manifestado lo que seremos; pero, cuando se manifieste, veremos a Dios cara a cara”. La Ascensión expresa la exaltación definitiva, la consagración como Señor. Corresponde, por oposición, a la humillación que representa “despojarse de su condición divina”, “hacerse pecado”, “humillarse hasta la muerte y muerte de cruz”.  La humillación es presentada con la simbología básica del “descenso”: “bajó del cielo”, “descendió a los infiernos”. Paralelamente, la Exaltación es presentada con la simbología básica del ascenso: “subió a los cielos”. La obra que comenzó en el corazón del Padre, culmina nuevamente en él. El “Cielo” hacia el cual sube Jesús es el mismo Dios, que es el mundo propio de Dios. Y subido al cielo, “está sentado a la derecha del Padre”, es decir, que aún como hombre ha entrado en el mundo de Dios y ha sido constituido Señor y Cabeza de todas las cosas (Efesios 1,23).  Aquél que bajó del cielo por su encarnación e introdujo en la carne humana la gloria de la divinidad, subiendo al cielo introduce a la humanidad en la divinidad. Nuestra meta es Cristo, constituido por su resurrección como nuestro “cielo”. Jesús nos ha precedido en la morada eterna y el estado definitivo, para darnos esperanza firme de que donde está Él, cabeza y primogénito, estaremos también nosotros, sus miembros.

Comentarios al texto

24,46. “Así está escrito: que el Cristo debía padecer y resucitar de entre los muertos al tercer día”. Estos tres momentos  describen el amor eterno de nuestro Dios, capaz de descender en el padecer, de beber hasta el fondo el cáliz del dolor del hijo amado para tomar la mano del hombre y acompañarlo a  su Casa. Dios parece que no puede vivir sin el hombre, creado por Él a su imagen y semejanza, lo convierte en “heredero de Dios y coheredero de Cristo” (Rm 8,17). Tenemos un Padre en los cielos, que nos hace pertenecer a una gran familia. De allá bajó hasta nosotros el Hijo para hacerse nuestro hermano. No abandonó al Padre cuando vino hasta nosotros, ni nos abandona para volver al Padre. Él “descendió”, haciéndose hombre, tomando nuestra condición humana, menos en el pecado. Y ahora celebramos que “sube”. ¿Qué significa entonces “subir”? Que el cuerpo de Cristo fue elevado al cielo, no que la divinidad cambió de lugar, pero llevando nuestra humanidad

24,47.  que se predicaría en su nombre la conversión para perdón de los pecados… La palabra de Jesús, pronunciada en la historia, no se para. Tiene necesidad de anunciadores. Y los apóstoles van, mandados en el nombre santo de Dios,  a todas las gentes. No ya a un pueblo elegido, sino a todo ser humano y anunciarles el Kerigma: ¡Jesús ha muerto y resucitado por ti!  Con la muerte y resurrección de Jesús queda completo el contenido del mensaje que los apóstoles deben proclamar a todos los pueblos. Ahora todo hombre está invitado a recorrerlo. La manera de recorrerlo es mediante el itinerario de la conversión, que es la apertura al Dios con rostro misericordioso que nos busca con afán. El poder de la muerte y resurrección de Jesús se vacía en el interior del hombre que le abre espacio a esta poderosa semilla por el don de su Espíritu. Y todo ello comenzando por la comunidad-madre de Jerusalén. Nadie podrá ser excluido del anuncio, nadie podrá autoexcluirse.

 24,48. Vosotros sois testigos de estas cosas. Todo anuncio debe partir de testigos. Jesús dice expresamente: “Vosotros sois testigos de estas cosas”. Por lo tanto, el testimonio solamente puede provenir de quien ha hecho el camino con Jesús y de quien habiendo comprendido su obra, también puso su mirada en su destino. Se trata de testigos que han abierto los ojos y han visto en medio de la oscuridad de la Cruz el camino que conduce a la gloria del Padre. Los evangelizadores serán, entonces, ante todo testigos: testigos dignos de confianza y auténticos servidores de la Palabra. Su testimonio tendrá que llegar hasta los confines del mundo. San Pablo VI decía: «El mundo tiene necesidad de testigos más que de maestros». Es relativamente fácil ser maestro, bastante menos ser testigo. De hecho, el mundo bulle de maestros, verdaderos o falsos, pero escasea de testigos. Y suele decirse que “los hechos hablan con más fuerza que las palabras”.

24, 49 «Mirad, yo voy a enviar sobre vosotros la Promesa de mi Padre…» Las promesas de Jesús se cumplen. Él se va, pero no deja huérfanos a sus amigos. Sabe que tienen necesidad de la presencia constante de Dios. Y Dios vuelve a venir al hombre. Esta vez no ya en la carne, sino invisiblemente en el fuego del  amor del Espíritu Santo. Revestidos de Cristo, revestidos del Espíritu los apóstoles no tendrán ya miedo y podrán finalmente andar. Jesús ya les había prometido a sus discípulos la presencia del Espíritu en los momentos difíciles de la misión. Los discípulos no estarán en capacidad de llevar adelante la misión, la tarea evangelizadora, si no son “revestidos de poder desde lo alto”, así como sucedió con Jesús. El Espíritu Santo fortalecerá y habilitará a los evangelizadores para que anuncien con valentía, convicción y fidelidad la obra de la muerte y resurrección de Jesús, en la cual se alcanza el perdón de los pecados (Hechos 2,22-36).

24, 50. Los sacó hasta cerca de Betania y, alzando sus manos, los bendijo. Jesús realiza las últimas dos acciones sobre sus discípulos: los “saca” y  los “bendice” con las manos en alto. El término “sacar” está relacionado con la acción de Dios con su pueblo conduciéndolo en el éxodo. El Señor Resucitado sintetiza, con este gesto y en clave pascual, lo que ha hecho con sus discípulos a lo largo del Evangelio. La mención de Betania (lugar a donde los “saca”) nos remite a la gran celebración de los discípulos cuando la entrada triunfal en Jerusalén, allí fue el punto de partida de la procesión festiva que proclamó a Jesús como “Rey” y su Señorío  en el cielo. Jesús se despide con los brazos en alto en actitud de bendecir: “y alzando sus manos, los bendijo”. Es la última imagen del Maestro, que queda impregnada en la retina de los testigos oculares del Evangelio. Jesús sintetiza toda su obra, todo lo que quiso hacer por sus discípulos y por la humanidad, en una “bendición”. Así sella el gran “amén” de su obra en el mundo. La bendición de Jesús permanecerá con los discípulos, los animará a lo largo de sus vidas y los sostendrá en todos sus trabajos.

24, 51 Mientras los bendecía, se separó de ellos y fue llevado al cielo. Toda separación es siempre un hecho que comporta desagrado. Sin embargo, aquí Lucas nos habla de la inmensa alegría de los discípulos, una alegría cuyo espacio propio es la vida de la comunidad y la oración Y los apóstoles están viviendo una comunión tan grande con su Señor, que no se dan cuenta de la separación. Cristo, con la bendición se separa de sus discípulos y éstos se  quedan mirando a lo alto. Ha llegado el momento de la glorificación definitiva de Jesús, y la elevación de la naturaleza humana, Él está ahora a la diestra del Padre. Pero desde ese instante, decía el Papa Benedicto XVI: “El hombre encuentra espacio en Dios; el ser humano ha sido introducido por Cristo en la vida misma de Dios. Y puesto que Dios abarca y sostiene todo el cosmos, la Ascensión del Señor significa que Cristo no se ha alejado de nosotros, sino que ahora, gracias a su estar con el Padre, está cerca de cada uno de nosotros, para siempre.

 24, 52-53. Ellos, después de postrarse ante Él, volvieron a Jerusalén con gran gozo. El evangelio de la “Ascensión” termina con la primera alabanza que se le dirige directamente a Jesús su comunidad. Los discípulos se postran ante Jesús y lo adoran. Al acabar,  vez de ir a sus casas, vuelven  a Jerusalén.  Entran al Templo para bendecir y glorificar  a Dios por cuanto ha ocurrido en sus vidas. Queremos hacer notar que Lucas comienza su Evangelio con una escena en el Templo (la oración de Zacarías y del pueblo) y termina en el mismo, ya no para pedir sino para agradecer, alabar y bendecir al Padre por haber vivido todas sus experiencias en su Hijo.  Esta actitud de alabanza y gratitud debe permanecer de aquí en adelante en nuestra vida, porque, como culmina el evangelista, los discípulos de Jesús “estaban siempre en el Templo bendiciendo a Dios”.

MEDITACIÓN

Jesús les presenta a sus discípulos el contenido del anuncio misionero, “El “kerigma”,  ¿está en el centro de nuestra fe? ¿Nuestra vida es una demostración patente de la eficacia que tiene la Pascua de Cristo para transformar una vida entera y a fondo? ¿Qué cambios significativos se han dado en nuestra vida en esta Pascua?

¿Nos consideramos evangelizadores? ¿Nos preocupamos por anunciar a Jesús, en primer lugar con el testimonio de vida? ¿Qué implica y qué importancia tiene para nosotros el hecho que el Señor Jesús nos deje la misión de ser sus Testigos?, ¿de qué manera y con qué actitudes debemos  ser testigos del Señor? ¿Cómo apoyamos a la Iglesia en la tarea misionera? ¿Tratamos de enfrentar las tareas y los desafíos de la misión con nuestras solas fuerzas, buscando protagonismo personal? ¿Tenemos la valentía suficiente para anunciar a Jesús allí donde es más difícil?  Jesús, al despedirse  de sus discípulos, los bendice. ¿Le pedimos esa misma bendición al termina la Pascua? ¿A qué contexto podemos de nuestras vidas podemos aplicar el gran “Amén” de los discípulos? ¿“Dar gracias” es una característica notable de nuestra vida espiritual? ¿Por qué motivos alabamos y bendecimos a Dios en esta Pascua?

ORACIÓN

Hoy, Señor, te damos gracias, te bendecimos y te glorificamos. Te queremos ver glorificado, exaltado. Meses atrás, en Navidad, en Cuaresma-Semana Santa, te  hemos visto humillado: asumiste nuestra condición humana, menos en el pecado, para que nosotros un día pudiéramos gozar de la gloria que Tú tienes, como Dios y Hombre. Pero hoy eres el Señor, el Vencedor de tu muerte y de nuestra muerte. Hoy regresas triunfante y glorioso al Padre, diciéndole: “He cumplido tu Voluntad”. Nos alegramos por lo que has hecho por nosotros, y porque te has ido para quedarte,  has vuelto al Padre para estar más cerca de nosotros por tu Iglesia, por tu Palabra, por la Eucaristía y porque nos prometes  tu Espíritu Santo, para poder ser partícipes de tu obra, siendo instrumentos tuyos, para que muchos otros te conozcan y te sigan, vengan para participar en tus misterios santos. Ayúdanos a ser tus Testigos, ayúdanos a vivir como Tú quieres y haz que transmitamos lo que creemos, dando testimonio de ti y de tu Palabra.

CONTEMPLACIÓN

Después de cuanto hemos vivido en este tiempo, solo nos queda  el silencio ante Dios, descansar en Él acallando otras voces. Es el momento de estar ante él escuchando solo su amor y su misericordia, sin ninguna otra preocupación o interés.

Señor Jesús Resucitado y Exaltado a la derecha del Padre,  asumiste nuestra naturaleza humana, ahora vuelves al Padre, de donde habías salido, pero vuelves con un cuerpo, con el nuestro, glorificado. Tú, Señor,  con tu Ascensión concluyes la misión que el Padre te confió. Pero ahora nos comprometes a cada uno, porque ya no estarás visiblemente entre nosotros, pero seguirás a nuestro lado, para que cada uno de los que creemos en ti, seamos tus testigos, para que otros por medio nuestro te puedan conocer. Tú te vas, pero te vas para unirte aún más a nosotros; te vas para dejarnos una misión, te vas para estar más cerca de cada uno, para que todos vivamos tu misión. Tu vuelta al Padre fue la manera que tuviste para implicarnos, para que nadie diga que la misión es solo de algunos, sino que Tú nos has dicho que somos tus testigos, para anunciar y llevar la Buena Nueva hasta los confines de la tierra. Señor, concédenos la gracia de que sintamos tu presencia junto a nosotros, para que sabiendo que estás junto al Padre, te sintamos muy cerca nuestro, alentándonos e impulsándonos a la misión. Para esta misión, Señor,  nos has prometido la fuerza de lo alto, al prometido del Padre, el Espíritu Santo, que vendría sobre nosotros para animarnos e impulsarnos a la misión, para capacitarnos para dar testimonio de ti y así llevar tu Buena Nueva hasta los confines de la tierra. Te pedimos Señor, que nos infundas ese Espíritu, que nos transforme interiormente y nos identifique contigo, para que comuniquemos a todos lo que Tú eres, dándote a conocer, con nuestra vida, haciendo que muchos otros, te puedan seguir y así tu Palabra sea conocida y eso haga que el proyecto original del Padre se vaya realizando cada vez más.

PROPÓSITO

Comprometerme a ser Testigo  del Señor, haciendo que su Palabra se haga vida en mí.

Dar testimonio de mi fe sin avergonzarme de la misión recibida, aun en los ambientes más difíciles y hostiles

Vivir convencidos de que uno de los motivos por los que muchos abandonan la fe es por la falta de Evangelizadores y que sean Testigos con su vida de lo que predican.

Prepararme de una manera especial para recibir el Espíritu Santo, sin el cual nada podemos hacer ni decir.

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