Oración inicial

EDC1E7AA-B630-4895-B580-829ACA52E133Señor, pienso en tu encuentro con tus discípulos en Tiberías. Ellos están desalentados, y parece que todo lo  ocurrido ha sido un sueño. Vuelven a la pesca, y tampoco les sale la faena. Pero tras esa jornada infructuosa apareces Tú para hacerles ver que su seguimiento no ha sido un fracaso, que Él ha vencido a la muerte, y está vivo, ha resucitado. Señor, te pedimos que envíes tu santo Espíritu, para que la noche infructuosa de nuestra vida se transforme en el alba radiante, y con ilusión vivamos la nueva vida que nace de vivir resucitados y así convertirnos en testigos tuyos, como Pedro, como Juan, como los otros discípulos y vayamos también nosotros cada día a la pesca de tu reino. Ven, Señor, en nuestra ayuda con tu gracia y confírmanos nuevamente en tu seguimiento invitándonos a amarte siempre más. Que así sea

LECTURA DE LA PALABRA DE DIOS. San Juan 21, 1-19

En aquel tiempo 1 Jesús se apareció otra vez a sus discípulos, a orillas del Lago de Tiberías. Sucedió de esta manera: 2 Estaban juntos Simón Pedro, Tomás, al que llamaban el Gemelo, Natanael, que era de Caná de Galilea, los hijos de Zebedeo y otros dos discípulos de Jesús. 3 Simón Pedro les dijo: Voy a pescar. Ellos contestaron: Nosotros también vamos contigo. Fueron, pues, y subieron a una barca; pero aquella noche no pescaron nada. 4 Cuando comenzaba a amanecer, Jesús se apareció en la orilla, pero los discípulos no sabían que era él. 5 Jesús les preguntó: Muchachos, ¿no tienen pescado? Ellos le contestaron: No. 6 Jesús les dijo: -Echen la red a la derecha de la barca, y pescarán. Así lo hicieron, y después no podían sacar la red por los muchos pescados que tenían. 7 Entonces el discípulo a quien Jesús quería mucho, le dijo a Pedro: ¡Es el Señor! Apenas oyó Simón Pedro que era el Señor, se vistió, porque estaba sin ropa, y se tiró al agua. 8 Los otros discípulos llegaron a la playa con la barca, arrastrando la red llena de pescados, pues estaban a cien metros escasos de la orilla. 9 Al bajar a tierra, encontraron un fuego encendido, con un pescado encima, y pan. 10Jesús les dijo: Traigan algunos pescados de los que acaban de sacar. 11Simón Pedro subió a la barca y arrastró hasta la playa la red llena de grandes pescados, ciento cincuenta y tres; y aunque eran tantos, la red no se rompió. 15Terminado el desayuno, Jesús le preguntó a Simón Pedro: Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos? Pedro le contestó: Sí, Señor, tú sabes que te quiero. Jesús le dijo: Cuida de mis corderos. 16Volvió a preguntarle: -Simón, hijo de Juan, ¿me amas? Pedro le contestó: Sí, Señor, tú sabes que te quiero. Jesús le dijo: Cuida de mis ovejas. 17Por tercera vez le preguntó: Simón, hijo de Juan, ¿me quieres? Pedro, triste porque le había preguntado por tercera vez si lo quería, le contestó: Señor, tú lo sabes todo: tú sabes que te quiero. Jesús le dijo: Cuida de mis ovejas. 18Te aseguro que cuando eras más joven, te vestías para ir a donde querías; pero cuando ya seas viejo, extenderás los brazos y otro te vestirá, y te llevará a donde no quieras ir. 19Al decir esto, Jesús estaba dando a entender de qué manera Pedro iba a morir y a glorificar con su muerte a Dios. Después le dijo: ¡Sígueme!

Contexto

Pesca-milagrosa-Juan-21En este tercer domingo de Pascua, la Iglesia nos propone nuevamente cómo la Resurrección de Jesús ha de llenarnos de esperanza para una vida nueva, porque la muerte ya no es meta, sino que es punto de inicio de nuestro verdadero existir. Hoy la escena de la Aparición de Cristo se desarrolla en el Cap. 21, que vendría a ser como un añadido posterior, sea por el propio evangelista o alguno de sus discípulos. Da la impresión que el autor del Evangelio quiere insistir más en la Resurrección de  Cristo.  En la semana pasada era Tomás el que “con su incredulidad” atraía a Cristo, hoy es  la figura de Pedro. Jesús se presenta nuevamente a los Apóstoles, esta vez junto al Lago de Tiberíades, y se les presenta en medio de la vida ordinaria, en medio de las labores a las cuales estaban acostumbrados. Ellos que habían dejado de lado el ser pescadores de hombres, a lo que les había llamado Jesús, han vuelto a su oficio de siempre. Cristo se les aparece en la orilla para hacerles ver su error. Se dirige directamente a Pedro para perdonarle su negación y  confiarle el cuidado de la nueva comunidad; lo nombra como el Pastor de su Rebaño, la Piedra sobre la que se apoyará  la Iglesia y como vínculo de unidad.

Comentario al texto

21, 1-4. Jesús se apareció otra vez a sus discípulos, a orillas del Lago de Tiberías… Pedro y los otros seis discípulos salen del encierro del cenáculo y se lanzan fuera, hacia el mar para pescar. Es lo que ellos saben hacer, pero después de toda una noche de fatiga, no pescan nada. El Señor se hace presente en medio de su frustración. Su presencia rompe la oscuridad en la que viven, y aparece la luz. Se hallan ante la experiencia pascual. Jesús está presente, es el Resucitado, pero no lo reconocen inmediatamente, no sabían que era Él, porque se les manifiesta con una presencia espiritual que inicialmente no son capaces de captar.

21, 5-8. Jesús les preguntó: Muchachos, ¿no tienen pescado? Jesús les hace una pregunta rara, que les hace sentir su fracaso como pescadores: ¿No tienen pescado? ¿No tienen nada para comer? Y como si fuera un extraño, pero conocedor del mar, les invita echar otra vez la red a la derecha de la barca. Lo hacen sin protestar, y la obediencia a su Palabra es la pesca superabundante. Todos quedan sorprendidos de lo ocurrido, pero Juan, el discípulo Amado, reconoce al Señor y grita su fe a los otros discípulos ¡Es el Señor! Pedro se adhiere inmediatamente y se arroja al mar para alcanzar lo más pronto a su Señor y Maestro. Este título es un reconocimiento de la divinidad de Jesús y de su humanidad glorificada. Reconocer a Jesús resucitado como el Señor es proclamar que en Él se realiza plenamente el Reino de Dios. Él se nos presenta de muchas formas a través de los acontecimientos cotidianos y extraordinarios de nuestra vida, y por eso es preciso que nos mantengamos atentos para poder reconocerlo y dejar que sea Él verdaderamente el Señor de nuestras vidas.

21, 9-14. Al bajar a tierra, encontraron un fuego encendido… La comida preparada por el Señor nos recuerda la escena de la multiplicación de los panes y de los peces, y nos conduce a la Eucaristía. Se desarrolla esta escena en la orilla del mar, donde Jesús está esperando a los discípulos. Aquí se realiza el banquete: el pan de Jesús está unido a los peces de los discípulos, su vida y su don se convierte en una sola cosa con la vida y el don de ellos. Hoy también el Señor nos pide unir su alimento al nuestro, su vida a la nuestra. Esta palabra, por tanto, nos está diciendo que nos acerquemos a Él, que nos sentemos  a su mesa, y que estemos dispuestos a gastar nuestra vida sirviendo a los hermanos.

3b0a2a0b18254b4d6c0bc83175b2aa0c21, 15-17. Terminado el desayuno, Jesús le preguntó a Simón Pedro…  Jesús manifiesta su amor y misericordia para con Simón Pedro, que lo había negado tres veces durante el proceso de su pasión. Ahora Cristo le interroga por tres veces: “¿me amas?”.  Dice San Agustín: “Ved que el Señor, apareciéndose a los discípulos por segunda vez después de la resurrección, somete al apóstol Pedro a un interrogatorio, y obliga a confesarle su amor por triplicado a quien le negó otras tres veces. Cristo resucitó en la carne, y Pedro en el espíritu, pues como Cristo había muerto en su pasión, así Pedro en su negación. Cristo el Señor resucita de entre los muertos, y con su amor resucitó a Pedro. Averiguó el amor de quien lo confesaba, y le encomendó sus ovejas”… Así en este amor de Cristo, que lo ha llevado a entregarse a la muerte por nosotros, Pedro siguiendo las huellas de su Maestro, y todos los sucesores de Pedro, están llamados en este amor a apacentar a las ovejas. “Pues ¿qué era Pedro, sino una figura de la Iglesia? Por tanto, cuando el Señor interrogaba a Pedro, nos interrogaba a nosotros, interrogaba a la Iglesia” (San Agustín, Sermón 229).

Tres veces le responde Pedro, empleando el título Señor como para que no quede duda del cambio que se opera en su vida. Ya Jesús le había perdonado, cuando en la noche anterior a su muerte en la cruz, se había arrepentido de su infidelidad. Ahora le ofrece la oportunidad de expresar públicamente y por tres veces su confesión, que es confesión de fe, ante la comunidad de los discípulos. También el Señor nos ofrece siempre la oportunidad de reconciliarnos con Él cuando con nuestra conducta sucesivamente lo hemos negado.  Como lo hizo con Simón Pedro, también a cada uno, llamándonos por nuestro nombre, nos dice: ¿me amas?  Y nuestra respuesta debe ser como la de Pedro: “…Señor Tú lo sabes todo, Tú sabes que te quiero…”

21,18. “Y cuando seas viejo otro te ceñirá y te llevará adonde no quieras…”. Este versículo, así como otros muchos parecidos, suele ser incomprensible para muchos creyentes. Es muy difícil  aceptar que en nuestra vida se debe realizar el misterio pascual de Cristo: su pasión y muerte para luego resucitar. Reconocer todo esto no se reduce a la simple afirmación del acontecimiento ni a un sentimiento superficial de gozo por la resurrección. Reconocerlo exige la donación de Sí, que se expresa en la cruz y consiste sobre todo en la decisión y la opción por la vida que en ella se manifiesta. Por eso esta profecía dicha a Pedro: “…otro te ceñirá y te llevará adonde no quieras…” Expresa que Dios, cuando nos fiamos de Él, lleva nuestras vidas por caminos insospechados, siempre para su gloria y nuestro bien.

2, 19: Al decir esto, Jesús estaba dando a entender de qué manera Pedro iba a morir y… le dijo: ¡Sígueme! Pedro ahora se siente seguro. Sabe que seguir al Maestro es estar dispuesto a todo, hasta dar la vida, como de hecho ocurrió. En adelante su vida será  ir por el mundo a anunciar la Buena Noticia de la salvación, será servir a sus hermanos, edificarlos, sin temor a nada ni a nadie. Ahora su fuerza está en el que le perdona, le conforta, y le envía a confirmar a los que han de creer en Jesús. Y responde con toda decisión al “¡Sígueme!”.  ¿Será también  mi decisión: seguir al Señor hasta “dar la vida”, edificando a mis hermanos?

MEDITACIÓN

Ahora es importante que yo me deje interpelar por esta palabra. Necesito que mi vida sea tocada por el Señor. No debo echarme para atrás, esconderme, hacer como que todo va bien, siguiendo sólo los bellos razonamientos de la cabeza.

jesus3¿Tengo el valor de dejarme decir por el Señor que en mí existe el vacío, que es de noche, que no tengo nada entre las manos? ¿Tengo el valor de reconocerme necesitado de Él, de su presencia? ¿Quiero revelarle mi corazón, lo más profundo de mí mismo, lo que trato siempre de ocultar, de negar? ¿Estoy dispuesto a hacer el recorrido de conversión? ¿Me dejo despertar por esta invitación de Jesús? ¿O prefiero seguir escondido, detrás de mis puertas cerradas por el miedo, como estaban los discípulos en el cenáculo? ¿Quiero decidirme a salir, a ir en pos de Jesús, a dejarme enviar por Él?

El Señor le pregunta a Pedro, si lo amaba…, él le responde que le quiere… y si el Señor me preguntara a mí… ¿me amas más que éstos?…, ¿qué le respondo?, ¿en qué y cómo justifico y manifiesto mi respuesta? Mi actitud ante el Señor, ¿es una actitud de vida o mi seguimiento es solo conceptual, de ideas y no de identificación? ¿Estoy dispuesto a dar testimonio de que Jesús está vivo, que resucitó, que está a nuestro lado y que Él es el sentido de todo lo que somos y hacemos?  ¿Qué hago para que el Señor sea cada vez más conocido y así su proyecto se realice?

ORACIÓN

Señor, tu Palabra nos afecta profundamente, porque ya no es solo la historia de Pedro, Juan… sino la nuestra. Queremos que las experiencias vividas por ellos sean adelante nuestras experiencias de conversión, sobre todo la de Pedro, que comienza con la  caída, con la negación y llega a reconocer que Tú eres el Señor, el Dios hecho hombre, muerto y resucitado. Tenemos hambre y sed de Ti y queremos saciarnos en la Fuente de Agua Viva, que es la Eucaristía. Aquí hallaremos la fuerzas para recorrer adecuadamente el camino que nos has trazado, podremos apacentar las ovejas de tu rebaño, porque desde el momento en que te aceptamos, sabemos que nos constituyes en servidores de tu amor. Señor, danos salir de nosotros mismos, a no mirar hacia atrás, a olvidar el pasado amando y sirviendo. Danos. Ayúdanos Señor, a que nuestro volver a ti, esté marcado por el amor y la entrega, por el servicio y la donación a los demás, así como le pediste a Pedro.

CONTEMPLACIÓN 

Concluimos esta experiencia después de escuchar y reflexionar lo que el Señor pide a Pedro y así a cada uno de nosotros

Señor Jesús, sin duda que eres extraordinario, por tu delicadeza y tu sensibilidad en tratar a las personas. Así al encontrarte con Pedro en quien habías confiando, por quién habías pedido e intercedido, para que su fe no desfalleciera, pero que al final te había negado Cuando te encuentras con él, no haces la vista gorda a su error, sino que le invitas a encontrarse a sí mismo, haciéndole recapacitar sobre la actitud que había tenido al negar que te conocía, yendo a lo más profundo de lo que implicaba negarte, como es rechazar tu amor, sustituirte a ti en su vida, haciendo de ti solo un ídolo casual. Para esto, le has invitado a ver su actitud y su disposición,  y le preguntaste si te amaba; en primer lugar, si te amaba más que los otros, después si te amaba, y al final de acuerdo a lo que él te respondía, le preguntaste, si te quería. Pedro, entendió lo que le preguntabas y se puso muy triste y,  con humildad y sencillez, reconoció su fragilidad y te dijo lo que sentía, que Tú bien sabías que te quería, pero fue incapaz de decirte que te amaba, porque amar es actuar como Tú, vivir como Tú, dar la vida como Tú lo has hecho y él bien sabía que no actuó como lo hiciste Tú, por eso, solo te dijo que te quería y nunca te dijo que te amaba.  Pero volviste a confiar en Él, confiándole tu rebaño y ser fundamento de su nueva comunidad.

PROPÓSITO

– No sentirnos nunca seguros de nosotros mismos, somos humanos y podemos caer sino poner nuestra confianza siempre en Él, que nunca fallará.

– Que nuestro amor al Señor sea tan firme que estemos confiados, “quien confía en Él no que defraudado”.

– Después de la Confesión de Pedro, miramos nuestras vidas y veamos ¿qué vamos  a cambiar? ¿De qué manera, con qué actitudes, voy a demostrar mi amor al Señor Jesús?, ¿qué voy a hacer para que mi fe se vuelva actitud y disposición? ¿Qué puedo hacer para que mi amor al Señor, aumente, crezca en calidad y entrega?

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