¡CRISTO TE AMÓ Y SE ENTREGÓ A LA MUERTE POR TI!
 (Ver Gal 2,20)
 flagelacionMt 26,14-27,66: Gloriémonos en la cruz de Cristo, con una vida continua de santidad
Hoy celebramos con toda solemnidad el misterio grande e inefable de la pasión del Señor. Misterio que, a decir verdad, nunca ha estado lejos ni del altar al que asistimos ni de nuestra boca y frente, para que retengamos siempre en el corazón lo que continuamente nos presentan los sentidos corporales. No obstante, esta solemnidad anual ocupa mucho más a la mente en el recuerdo de tan gran acontecimiento, para que lo que hace muchos años cometió la maldad de los judíos en un único lugar y sus ojos vieron, ahora sea contemplado en todo el orbe de la tierra con la mirada de la fe cual si hubiera tenido lugar hoy mismo. Si aquéllos contemplaban entonces de buen grado el resultado de su crueldad, ¡con cuánto mayor agrado hemos de revocar, ayudados por la memoria, a nuestras mentes lo que piadosamente creemos! Si ellos miraban con placer su maldad, ¿no hemos de recordar nosotros, con gozo mayor aún, nuestra salvación? En aquel único acontecimiento se manifestaban los crímenes actuales de aquéllos y se borraban también los nuestros futuros. Más aún, donde detestamos las maldades cometidas por ellos, allí mismo nos alegramos del perdón de las nuestras. Ellos obraron la maldad, nosotros celebramos la solemnidad; ellos se congregaron porque eran crueles, nosotros porque somos obedientes; ellos se perdieron, nosotros fuimos encontrados; ellos se vendieron, nosotros fuimos rescatados; ellos le miraban para insultarle, nosotros le adoramos llenos de veneración. En consecuencia, Cristo crucificado es, para los infieles, escándalo y necedad; para nosotros, en cambio, el poder y la sabiduría de Dios.
He aquí la debilidad de Dios, que es más fuerte que los hombres, y la necedad de Dios, más sabia que los hombres. El sucederse de los acontecimientos lo mostró con mayor claridad aún. ¿Qué buscaba entonces la ira rabiosa de los enemigos sino arrancar su memoria de la tierra? Pero quien fue crucificado en una sola nación se ha asentado en los corazones de tantas otras; y quien entonces fue entregado a la muerte en un solo pueblo, ahora es adorado por todos. Y, sin embargo, no solamente entonces, sino incluso ahora, leen como ciegos y cantan como sordos lo que la voz profética anunció con tanta antelación que había de suceder: Taladraron mis manos y mis pies, contaron todos mis huesos; ellos, sin embargo, me contemplaron; dividieron mis vestidos y sobre mi túnica echaron suertes. En el evangelio leemos estas cosas cumplidas tal y como fueron anunciadas en el salmo; pero entonces se hacía realidad por las manos de los judíos lo que en balde entraba por sus oídos; y la profetizada pasión del Señor se cumplía tanto más eficazmente cuanto menos la comprendían ellos. Ahora, en cambio, leen que ha sido predicha y reconocen que se ha cumplido, y eligen todavía negar a Cristo, porque ya no pueden volver a darle muerte… Por tanto, amadísimos, celebremos este aniversario con devoción; gloriémonos en la cruz, de Cristo, pero no una sola vez al año, sino con una vida continua de santidad.
San Agustín, Sermón 218 B[fb_button]