DOMINGO III DE CUARESMA, CICLO A

ORACIÓN INICIAL. SALMO 41

8-jesus-and-samaritan-woman-well7Como busca la cierva, corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío;
tiene sed de Dios, del Dios vivo: ¿cuándo entraré a ver el rostro de Dios?
Las lágrimas son mi pan noche y día, mientras todo el día me repiten: « ¿Dónde está tu Dios?»
Recuerdo otros tiempos, y mi alma desfallece de tristeza: cómo marchaba a la cabeza del grupo, hacia la casa de Dios, entre cantos de júbilo y alabanza, en el bullicio de la fiesta.
¿Por qué te acongojas, alma mía, por qué te me turbas? Espera en Dios, que volverás a alabarlo: «Salud de mi rostro, Dios mío.»
Cuando mi alma se acongoja, te recuerdo, desde el Jordán y el Hermón y el Monte Menor.
Una sima grita a otra sima con voz de cascadas: tus torrentes y tus olas me han arrollado.
De día el Señor me hará misericordia, de noche cantaré la alabanza del Dios de mi vida.
Diré a Dios: Roca mía, ¿por qué me olvidas? ¿Por qué voy andando sombrío, hostigado por mi enemigo?
Se me rompen los huesos por las burlas del adversario; todo el día me preguntan: « ¿Dónde está tu Dios?»
¿Por qué te acongojas, alma mía, por qué te me turbas? Espera en Dios, que volverás a alabarlo: «Salud de mi rostro, Dios mío.»

LECTURA DEL SANTO EVANGELIO según San Juan 4, 5-42

samaritana-e1350695049662En aquel tiempo, llegó Jesús a un pueblo de Samaría llamado Sicar, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José: allí estaba el manantial de Jacob. Jesús, cansado del camino, estaba allí sentado junto al manantial. Era alrededor del mediodía. Llega una mujer de Samaría a sacar agua, y Jesús le dice: Dame de beber. (Sus discípulos se habían ido al pueblo a comprar comida). La Samaritana le dice: ¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana? (porque los judíos no se tratan con los samaritanos). Jesús le contesto: Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú, y él te  daría agua viva.  La mujer le dice: Señor, si no tienes cubo y el pozo es hondo, ¿de dónde sacas el agua viva? ¿Eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados? Jesús le contesta: El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré, nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna. La mujer le dice: Señor, dame esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla. 

Señor, veo que tú eres un profeta. Nuestros padres dieron culto en este monte, y vosotros decís que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén. Jesús le dice: Créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén daréis culto al Padre. Vosotros dais culto a uno que no conocéis; nosotros adoramos a uno que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero se acerca la hora, ya está aquí, en que los que quieran dar culto verdadero adoraran al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que le den culto así. Dios es espíritu, y los que le dan culto deben hacerlo en espíritu y verdad. La mujer le dice: Sé que va a venir el Mesías, el Cristo; cuando venga él nos lo dirá todo. Jesús le dice: Soy yo: el que habla contigo.  En aquel pueblo muchos samaritanos creyeron en él. Así, cuando llegaron a verlo los samaritanos, le rogaban que se quedara con ellos. Y se quedó dos días. Todavía creyeron muchos más por su predicación, y decían a la mujer: Ya no creemos por lo que tú dices, nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es de verdad el Salvador del mundo. 

Contexto

Por varios motivos el relato del encuentro de Jesús con la mujer samaritana (Juan 4,5-42), es considerado como uno de los pasajes más leídos y estudiados del Evangelio según san Juan y quizás de todos los evangelios. Presenta el camino que Jesús recorre en el proceso de la conversión de esta mujer, que no tiene nombre.  Parte de una simple conversación sobre el agua-sed, sigue en el proceso más sublime de la oración-la adoración, implica a los habitantes de Sicar, y concluye con el adoctrinamiento a sus discípulos.

Samaría era considerada por el pueblo judía como una región pagana. Sus ciudadanos no tenían comunicación alguna y les estaba prohíbo hasta el saludo. Aunque inicialmente formaban parte del Pueblo de Dios, posteriormente se anclaron en el Pentateuco, y rendía culto a Dios, no en Jerusalén sino en el monte Garizin. Sus habitantes se consideraban familia de los Patriarcas.

Texto.

Jesús y sus discípulos, luego de abandonar Jerusalén, con las desavenencias con los dirigentes religiosos, se dirigen a Galilea, pero Samaría es un paso obligado. Es un día de mucho calor, e intentan refrescarse un poco en el pozo de Sicar, llamado el pozo de Jacob, donde se detuvo Abraham cuando entró por primera vez en la tierra prometida. Era lugar de encuentro y tertulias. Jesús  siente sed, pero no tiene con qué sacar el agua. En esto llega una mujer samaritana con su cántaro a sacar agua, tarea que realizaba a diario. Y aunque judíos y samaritanos no se trataban, Cristo le pide de beber.

A continuación se presenta el itinerario del encuentro de Jesús con la Samaritana.  El diálogo pasa inicialmente por el nivel superficial en la que la Samaritana tiene la voz cantante. Al principio, Jesús ha intentado un encuentro con ella a través de la puerta del trabajo cotidiano (sacar agua), pero no lo ha logrado. Por el momento Cristo es para ella un JUDÍO más, atrevido porque habla con ella y le pide agua, algo prohibido y es  digno de desprecio.

Cristo al escucharla observa que esta mujer vive sedienta del Agua que Él puede ofrecerle. Aquí a provecha Cristo para entrar en un nivel más profundo,  hablando de esa otra agua. “Si supieras quién es el que te dice dame de beber, tú le pedirías y él te daría agua viva”. Mantienen un diálogo apasionante para concluir Cristo con esta afirmación. “El que bebe de esta agua (la que le ha pedido a la mujer) volverá  a tener sed, pero el que beba del agua que yo le daré, nunca más tendrá sed….” Ella, ni corta ni perezosa, le pide que le dé de esa agua que salta hasta la vida eterna, para no tener que venir a diario a esta fuente.

Sin mediar consideración alguna, Cristo le dice: “Anda, llama a  tu marido y vuelve”. Intenta la puerta de la familia (llamar al marido), y tampoco ha tenido resultado. Ella contestará que no tiene marido, porque eran considerados maridos hasta cinco veces que estuviera casada, pero ella ahora, ya no tiene, porque es el sexto. Y siguiendo la narración, queda confundida, perpleja por lo que acaba de escuchar. Y da un segundo paso, reconoce que se encuentra ante un PROFETA.

Ahora ella se dirige hacia el campo religioso, preguntado dónde hay que rendir culto a Dios en Jerusalén o en Garizin, el monte sagrado de los samaritanos. Dónde hay que adorar a Dios. En su angustia existencial de buscar la verdad, no pide favores, pide que la aclare esa duda que ya antes le debía atormentar. Cristo le contesta que ni en  ninguno de los dos montes, porque a Dios “se le adora en Espíritu y Verdad”.  La Samaritana sigue buscando razones y se hace eco de lo que ha escuchado en el pueblo: “Sé que va a venir el Mesías, el Cristo, Él nos lo dirá todo”. Jesús le contesta: “SOY YO, EL QUE HABLA CONTIGO”.

Se olvida ya del cántaro, y corre a  comunicar a sus paisanos lo que ha descubierto: “Vengan a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho; ¿será este el Mesías? Se ha convertido en el mejor de sus apóstoles. La gente va donde Cristo para escucharle directamente, rogándole que se quedara con ellos. Y llegan a la concusión, que “ya no creen por lo que ella les ha dicho, sino porque han descubierto que es el SALVADOR  del mundo”. La samaritana llevó al pueblo al encuentro con Jesús.  Ella dio su testimonio y planteó una pregunta “¿No será el Cristo?”.  El pueblo respondió con su fe: Primero, creyeron en él por las palabras de la mujer que atestiguaba…, pero posteriormente creen por lo que ellos ven y escuchan. ES EL SALVADOR

El creer del pueblo condujo al “permanecer”. De esta manera la fe de los samaritanos se ejercitó como comunión, como relación estrecha con Jesús, insertándolo dentro del tejido urbano: “Le rogaron que se quedara con ellos. Y se quedó allí dos días”. El “permanecer” lleva al pueblo a experimentar directamente lo que la samaritana apenas les daba por referencia.  “Y fueron muchos más lo que creyeron por sus palabras”. La acogida del don, entonces, se convierte en experiencia de salvación.  El reconocimiento de Jesús como “Salvador” es el reconocimiento de que Jesús es el don del amor del Padre “para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna; porque Dios no ha enviado al mundo para juzgar al mundo sino para que se salve por él”.

Mientras los judíos, de quienes viene la salvación, rechazan a Jesús, los samaritanos, los más alejados e ignorantes, resultan ser los que mejor lo acogen y llegan a hacer una experiencia de salvación.

El “agua viva” y el “don” de Jesús. Todos podemos ahora entender junto con la samaritana a dónde está queriendo llegar Jesús.  Él afirma que tiene algo distinto para dar: el “don de Dios” que es la vida en plenitud. Jesús llama a su don “agua viva” (no sólo que da vida sino inagotable)  y “fuente que mana” con tal fuerza (mayor que la de cualquier manantial) que puede extinguir la sed de una vez por todas y dar la vida eterna: “el que beba de esta agua que yo le dé, no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le dé se convertirá en él en fuente de agua que mana para dar vida eterna”.

MEDITACIÓN

El Señor salió al encuentro de la Samaritana, buscó conversación con ella, para ayudarla a encontrarse a sí misma, y yo, ¿me doy cuenta de todo lo que el Señor hace para atraerme a Él, para así Él transformar mi vida?, ¿soy consciente del amor de Dios en mí?, ¿me doy cuenta de todo lo que el Señor hace para ayudarme a encontrar vida en Él?

La Samaritana, siempre buscó evadirse, evitó encontrarse a sí misma. Y si yo miro mi actitud conmigo mismo, ¿me conozco?, ¿sé el motivo de mis males y de mis dificultades, de mis problemas y conflictos?, ¿soy consciente de lo que me sucede y de aquello que me causa dolor o pena, sufrimiento o tristeza?

¿Cuáles son esas cosas que me cuestan conversar o aceptar, reconocer o ver en mi vida? ¿Hay algo en mi o de mí, que me haga sentir mal?, ¿cuál es el motivo? ¿Qué puede hacer el Señor al respecto?, ¿ya lo he conversado con Él y le he hecho sentir lo que estoy viviendo?, ¿le he pedido su ayuda y le he abierto mi corazón para que me sanara de lo que me hace sangrar el corazón?

La Samaritana, una vez que se encontró consigo misma, salió al encuentro de aquellas a quienes evitaba, siendo así, ¿qué podría hacer yo para vivir mi fe y mi seguimiento del Señor con una dimensión mucho más misionera, más comprometida, más vivencial, para dar testimonio del Señor en todo momento y así demostrar con mis actitudes que busco al Señor y que Él me está cambiando la vida?

ORACIÓN

Señor Jesús, Tú has llegado a lo más hondo del corazón de esa Samaritana, y la ayudaste a encontrarse a sí misma, para darse cuenta de su situación y así buscarte a ti, como el que transformas y vivificas, como el que llenas los corazones, como el que das vida y vida en abundancia. “Jesús cansado del camino estaba sentado junto a la fuente. Era aproximadamente el mediodía. Comienzan los misterios: No es en vano que Jesús se cansa; no es en vano que se cansa aquél que es la fuerza de Dios; no es en vano que se cansa aquél que nos restaura cuando estamos cansados, que cuando está presente estamos firmes, y enfermos cuando nos deja. Señor, ayúdanos a descubrir que Tú eres el Dios fuerte y el Dios débil.
Fuerte, porque en el principio era el Verbo y el Verbo estaba junto a Dios y el Verbo era Dios…
“Todo fue hecho por medio de Él y nada se hizo sin Él”. Y sin fatiga lo hizo. Y es eres el Dios débil, porque  “El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros”.  Con San Agustín te decimos: La fuerza de Cristo te creó; la debilidad de Cristo te recreó. La fuerza de Cristo hizo que existiera lo que no era; la debilidad de Cristo hizo que no pereciese lo que era. Con su fuerza nos creó, con su debilidad nos buscó” (Agustín, “Sobre el Evangelio de Juan”, tr. 15,6)

CONTEMPLACIÓN

Pasemos ahora  a la parte contemplativa. Para ello lo mejor es situarnos frente a Cristo: sentir, palpar, escuchar cuanto ocurre en su entorno, primero con la mujer Samaritana, y posteriormente con sus paisanos. Y ahí tratamos de involucrarnos. ¿Cómo puedo sentirme parte de ese mensaje de conversión y adoración? La gracia de Dios me empuja a hacer su recorrido.

 “Señor Jesús, resulta tan curioso como sorprendente tu actitud con esa mujer samaritana, que va a buscar agua al medio día, cuando en tierra caliente, en el desierto a nadie se le ocurriría ir a lugares como esos a esa hora, por el calor que hace. Pero ella va a esa hora y es allí donde Tú le sales al encuentro y eres Tú el que le sacas conversación. Ella busca evadirte, aludiendo que era samaritana. Ahí Tú te das a conocer, como Aquel que da el Agua viva, pero ella, es incapaz de darse cuenta de lo que Tú le estabas diciendo. Tenía la mente, el corazón y el alma tan cerrada, que le impedía encontrarte a ti, tal vez como me ocurre a mí en muchas ocasione. Pero Tú no desististe, sino que ahí buscaste tocar el corazón de esa mujer, preguntándole sobre su marido, y ella nuevamente evadió la conversación, diciendo que no tenía ningún marido. Y es ahí, donde esa mujer se da cuenta de que estaba hablando no con un hombre cualquiera, sino que era un Profeta, porque le había dicho todo lo que ella había hecho. Señor, así como esa Samaritana al encontrarse contigo, se encontró consigo misma y así se volvió misionera, yendo al encuentro de otras personas dando testimonio de lo que Tú habías hecho con ella, de la misma manera te pido Señor, que toques mi corazón y me ayudes a encontrarme conmigo mismo, a no seguir huyendo de mi historia y de mis situaciones, sino que delante de ti, con sinceridad y humildad sepa reconocer lo que he vivido y ante ti, darme cuenta de mis errores y volver a ti, para tener en ti la gracia de volver a comenzar, de volver a vivir, de volver a experimentar tu amor, para volver a ti. Ayúdame a saber encontrarme a mí mismo y así encontrarte a ti. Dame la gracia de experimentar tu amor y tu misericordia, para que sintiendo tu perdón, pueda volver a comenzar, volviendo a vivir, sintiendo tu amor en mi vida”.

ACCIÓN

Para mi examen de conciencia, a la hora de mi reconciliación, aplicar este método, que me lleve a sentirme pecador y así dar el salto de que Tú eres mi Salvador, a quien debo honor, gloria y alabanza.

 

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